Soñando uno de tus sueños

Blog de escritura

Soñando uno de tus sueños

El resplandor de los relámpagos


El cielo lleno de densas nubes negras. Calma total, no había ningún sonido fuera más que el viento agitando las hojas y ramas de los árboles. De pronto, un relámpago iluminaba el cielo y el trueno agitaba el silencio. Tenía todo planeado, pero que la tormenta se hubiera desatado era un regalo divino. Sí, tenía su tormenta artificial con los ventiladores industriales encendidos a máxima potencia y la Sinfonía N° 6 en Fa Mayor, Op. 68 de Beethoven. Siete años de planeación para al fin llevarlo a cabo.

Dormía, Dorotea seguía plácida su siesta y luego de acomodar todo para hacer la perfecta escena e inicio de su vida, fue directo a su habitación. El trueno hizo eco en toda la casa cuando abrió la puerta. El cielo debía ser uno de sus grandes admiradores para darle semejante banda sonora a su mayor acto artístico. Él, se acercó a la cama con el cincel en mano y la contempló dormida. Años odiándola en secreto, sufriendo sus humillaciones, siendo menos por no llevar su sangre, por ser “el hijo de la otra”. Pero ya no podía más.

Quedaron solos en la casa y tomó la decisión final. En el piso de damero estaban sus sueños rotos, aquellos que ella había destruido. Sus juegos de naipes, sus trucos de magia, sus aspiraciones al arte, hasta sus vestimentas de bailarín. Y ahí, sin que nadie pudiera verlo, también estaba su dignidad, una que pensaba recuperar ahora mismo.

Tenía su delantal manchado de pintura puesto, la boina que ella odiaba y el cincel y martillo en mano para atravesarle el corazón. Calculó la distancia y lo clavó justo cuando el rayo iluminó el cielo. Años ella había sido la tormenta, las nubes densas, los truenos y él, era eso, un relámpago intentando hacerse notar, resplandeciendo un instante para que ella lo opacara siempre. Todo eso estaba a punto de acabar.

Ella despertó dando una bocanada de aire y martilló más fuerte. La mano de la mujer se aferró a su delantal y volvió a machacar una y otra y otra vez hasta que lo hundió y lo perdió entre su costillar.

Estaba agitado, con la adrenalina fluyendo por sus venas, con los ojos bien abiertos y las manchas de sangre por la cara, el delantal y toda la cama. La mano de ella lo había soltado hacia rato y ahora, caía por el borde de la cama sin vida. Sus ojos quedaron abiertos y su boca chorreando sangre. Nada de eso le importó. Tiró el martillo a un lado y la levantó de la cama, justo a donde había dejado todo. El piso de damero era una combinación perfecta con su camisón rojo brillante, justo a tono del color de su sombrero. La acomodó en el suelo y le sacó una foto. Tenía una polaroid, así que esperó a que saliera impresa y vio la fotografía con una sonrisa. Dejó la cámara a sus pies y la foto de pie, junto a su sombrero: era un escenario perfecto.

Subió a su habitación a cambiarse y quitarse la sangre. La satisfacción que tenía era única, vibrante: ahora comenzaba su allegro. Agarró la mochila que ya tenía preparada desde antes y salió de la casa. La tormenta ya había cesado, la calma regresaba, su vida comenzaba…

Princesa sirena

 


¿Por qué iba por la playa en medio de la tormenta? Aún cuando sabía que el peligro podía golpearlo de frente. Un rayo, una ola, podría pasar cualquier cosa, incluso, caer y ahogarse en el mar por la borrachera. Pero ni el agua fría que lo golpeaba lo hacía sentir más lúcido. Nada. Ricardo se preguntó por qué lo hacía y no hubo una sola respuesta que pudiera parecerle razonable.

Sólo una melodía.

Una voz dulce y armoniosa sonaba en medio de la tormenta y él se convenció de que las gotas de agua que caían sonaban como un piano que acompañaba la voz. Si los dioses cantaran, juraría que sonarían como ella.

La mujer, sentada en una piedra en la base del peñasco, veía la inmensidad del mar y continuaba su canción como si no existiera problema alguno. Las notas de su voz acompañaban exactamente el compás de la tormenta como si fuera creado por ella.

Se repetía que era el alcohol que había ingerido y se quedó a la orilla, medio tambaleando mientras veía la espalda de ella. El cabello cobre caía y se pegaba a su piel como si fuera a fundirse.

Cuando terminó de cantar, la tormenta se convirtió en lluvia y pronto, paró de llover. Ella volteó hacia la orilla y al ver los ojos brillar como perlas azules en medio de la oscuridad, sintió que la respiración se le cortaba y sosteniendo su garganta con las manos heladas, intentó atrapar el aire sin éxito, desplomándose en la arena mojada al perder el conocimiento.

El frío le pasó factura y con un fuerte temblor, tanteó a su alrededor buscando la sabana y se encontró la arena húmeda debajo de él.

—¡Qué bien! —Escuchó una voz femenina a su lado, abriendo los ojos con esfuerzo. El sol le molestaba y la cruda le estaba pasando factura. Por un momento, creyó ver el cabello cobrizo que recordaba de la noche, de aquella mujer cantante, sin embargo, al enfocar mejor su vista, encontró a una mujer diferente. Si tenía que definir su color, diría que sus rizos eran del mismo color de la arena bajo el sol. Los ojos azules lo miraron con emoción al verlo despertar y sentarse mientras se frotaba la sien—. ¿Te sientes bien? ¿Te acompaño a algún lado?

Las preguntas se repitieron en su cabeza mientras pensaba en una respuesta e intentaba recordar cómo había llegado ahí. Sólo podía pensar en lo bonita que era y lo mucho que le dolía la cabeza.

—Tengo sed —fue todo lo que dijo y se puso de pie intentando hacer memoria. Pero tambaleó y la mujer lo ayudó a ponerse de pie y a mantenerse lo más estable que su cuerpo le permitiera. Era la peor cruda de su vida, incluso, no se sentía como una cruda. Era como si sus sentidos no estuvieran del todo correctos.

—Vivo cerca, puedes quedarte ahí si quieres —se ofreció ella con una sonrisa. Al mirarla, se sintió encandilado, como si ella tuviera brillo propio. Tuvo que cerrar los ojos un momento, era como ver al sol directo, sin anteojos ni protección alguna.

—Maldita borrachera —murmuró frotándose los ojos con los dedos, tomó aire y volvió a enfrentar la inmensidad del mundo y sólo se arrepintió de ello. Se sentía peor.

Así, terminó por aceptar la invitación de ella, le pediría un café y luego, se iría a su casa a dormir el resto del día.

Elody era el nombre de su nueva amiga. Lo recibió muy amable en su casa y le hizo un café, también, le sirvió un par de tortillas finas que acababa de calentar en el brasero. Tenían un olor increíble y aunque no se sentía del todo bien, la gula lo pudo y le dio una buena mordida a la comida.

Se quedó hasta el mediodía hablando con ella. Su voz le resultaba relajante y a pesar de su malestar, era divertido hablar con Elody. Se sentía como si la conociera de toda la vida lo que era realmente extraño al ser una mujer que había conocido en la playa, esperando que un borracho despertara. Pero eso fue lo único que no le preguntó y sólo lo recordó mientras iba en el taxi ¿cuál era la razón por la que ella se había quedado?

Le dio su numero y quedaron en verse al día siguiente, en una fiesta con sus amigos, así que oportunidad no le iba a faltar. Por ahora, sólo quería llegar a dormir el resto del día.

******

La fiesta era mucho más tranquila de lo que él acostumbraba a presenciar. Ricardo esa noche fue con su novia, Fernanda. Lo cierto es que había hablado de todo con Elody, excepto la parte donde no contó cuál era su relación sentimental y creyó ver un rastro de decepción cuando presentó a Fernanda con ella. Pero fue tan rápido que no supo qué tan cierto fue. Elody sonrió como lo hizo antes y les entregó un par de collares de flores de papel y sorbetes de colores, invitándolos a que fueran a la barra a comer y beber lo que quisieran.

La casa estaba en la playa, lo que Ricardo notó fue que estaba muy cerca del lugar donde se había desmayado, de hecho, se lo podía ver a la perfección desde donde estaban. Había un pequeño balcón donde estaban algunas mesas con bebidas y cocteles, cerca del DJ, quien de la música tropical había pasado a poner cumbias viejitas.

—A la medianoche habrá un concurso de baile. Hay premios —les contó Elody y tomó de la mano a Fernanda— ¿quieren verlos? Vamos, les va a encantar. Así se esfuerzan en la pista —guiñó el ojo y miró al cielo. La luna llena brillaba en la noche.

—¿En serio podemos verlo? —preguntó Ricardo.

—Claro que sí. Nadie se va a enterar —insistió Elody y los llevó al interior de la casa, hacia la habitación que estaba al final del pasillo.

Los demás invitados quedaron hablando y bailando, sin importarles qué sucedía con ellos tres, así que era fácil moverse.

Mientras se dirigían hacia la habitación, se cortó la luz. Elody paró en secó y abrazó el brazo de Ricardo con fuerza.

—No me gusta la oscuridad. Le tengo miedo —balbuceó de manera entrecortada, con un leve temblor en su cuerpo.

—¿Fernanda? —llamó a su novia, pero no hubo respuesta.

La oscuridad era su primer aliado.

Las criaturas de la playa, las segundas.

La garganta de Fernanda se llenó de agua, aunque escupía, seguía apareciendo. Crecía y llenaba su garganta, nariz y vías respiratorias como si su cuerpo produjera el agua. Tanteó en la oscuridad y los cangrejos se habían camuflado con la pared, estiraron sus tenazas y la atraparon.

Elody se quedó quieta junto a Ricardo, aunque a diferencia de él, ella sí podía ver lo que sucedía. Y hasta que Fernanda no dejó de forcejear, no dejó de mirar.

Estiró su mano y rozó sus uñas por los labios de él.

—¿Te preocupa Fernanda? —preguntó soplando en el oído de él.

—¿Qué Fernanda?

Elody se rio feliz y apoyó la cabeza en el brazo de él.

—Vamos a dar un paseo por la playa —dijo melodiosamente como una canción.

Ricardo asintió y la siguió. La luz volvió y dejaron atrás el cadáver de Fernanda, lleno de cortadas de los cangrejos, quienes ya habían desaparecido después de cumplir su cometido.

Bajaron hacia la playa y Elody se quitó los zapatos dejándolos en la arena, agarró de la mano a Ricardo y lo hizo caminar hacia el mar. El agua fría rozaba sus pies y poco a poco, comenzaban a hundirse en el agua. La luna llena los iluminaba y vigilaba por igual. El cuerpo de Elody cambió en cuanto estuvieron sumergidos hasta la cintura. Su piel antes blanca había tomado un tono verdoso tornasol, lleno de escamas que brillaban en diferentes colores a la luz de la luna.

Pronto se deshizo de la ropa humana quedando con el torso al descubierto mientras su cabello cobre se mecía al ritmo de las olas, comenzó a cantar una vez más. Durante la luna llena, los poderes de las sirenas eran más fuerte, durante esas noches, podían alimentarse de los hombres y robarle los años de vida que le quedaban para absorberlos ella. Así su reino se había construido durante siglos y aunque las leyendas los pintaban como monstruos terribles, ellas eran hermosas y podrían mezclarse con facilidad entre los humanos para conseguir a sus presas. Lo cierto es que ninguna leyenda hablaba de los hechizos tan fuertes que manejaban las sirenas y lo poderosas que podían ser bajo la influencia de la luna nueva.

Los humanos, erróneamente creían que sólo las brujas podrían hacer uso de la magia. Realmente, los brujos habían aprendido de ellas, de los seres del bosque y de la noche. Sin embargo, con el tiempo los humanos también se olvidaron de los peligros que afectan a su especie y transformaron todo en simples supersticiones, el mejor disfraz para cualquiera de ellos.

Ricardo estaba bajo su hechizo, hipnotizado por su voz, por su belleza, por su encanto de sirena. Lo había estado desde la tormenta cuando lo llevó hasta ella con su canto, pero aún era débil. De hecho, en días donde la luna los influenciaba, con solo su voz podría hacerlo caer bajo su hechizo, sin necesitar siquiera su canto. Pero era tradición para las sirenas cantar para celebrar sus logros, así, sus víctimas no se resistían y permanecían casi intactos al terminar de alimentarse.

—¿Me amas? —le preguntó nadando a su alrededor.

—Como nunca he amado a nadie en mi vida —respondió él con un tono de voz monótono. Elody se regodeó de alegría y restregó su rostro por su pecho.

—Yo sólo quiero ser amada —y mientras lo decía, él la abrazaba. Era un rito que tenía siempre antes de comer. Le gustaba sentirse especial, deseada, especialmente, si alguien era feliz sin ella. Había algo que le impedía ver la felicidad ajena como algo bueno y a como diera lugar, ella debía ser la causa de su última sonrisa.

Y cuando los veía sonriendo, agradecía…

Por la comida.

Las uñas de Elody recorrieron la camisa con tres botones abiertos y cortó los restantes, saltando al agua y chapoteando hasta hundirse en el agua. Recorrió los pectorales y al enderezar su mano, sus uñas brillaron como bisturíes en la noche, horadando el pecho justo en el corazón, hasta arrancarlo de cuajo y quedarse con él en su mano.

Ricardo seguía de pie frente a ella. Los labios rosados ahora estaban teñidos de sangre, tambaleando por el agua.

Elody lo observó, era lindo después de todo. Y mientras se deleitaba con su belleza, le dio el primer mordisco al corazón. Luego el segundo y antes del cuarto, lo engulló completo, relamiéndose los labios con la lengua, luego, saboreó la sangre en sus dedos y sin soltar a Ricardo, lo llevó nadando a la profundidad del mar, dejando una mancha de sangre en el camino que se iba disolviendo a medida que las olas mecían el agua. Aún así, era mucho peso y también, era demasiado grande. Elody sabía que no encajaría tan bien en su colección así, por lo que una vez más, afiló sus uñas contra la carne del cuello y despegó la cabeza de un solo manotazo. Su cuerpo y su cabello también se mancharon con sangre y resto de las vísceras que salpicaron por el desmembramiento.

Con la cabeza en sus manos, Elody delineó las mejillas y le dio un beso en los labios, relamiendo la sangre que quedaba en ellos hasta dejarlos limpios.

Luego, se hundió en el mar, nadando hacia la oscuridad más profunda, acomodando la cabeza de su ultimo amante en un estante de piedra, donde se pudrían junto a tantos otros hombres que habían cometido el pecado de hablar con ella.

Elody nadaría a su alrededor y les contaría historias de cómo se habían enamorado y cuan feliz la hacían. Hasta que tocara la próxima luna llena y saliera a enamorar a otro hombre para convertirse en una parte de ella.




¡Hola, hola, mis soñadores! ¿Cómo están? Sobre la hora, pero llego con el reto de Abracadabra de Pasión por los fanfics. El reto consistía en escribir una historia basada en uno o más elementos de los que nos proponían.

Siendo sinceros, escribí esto varias veces y llegué a más de 30k (tengo para una novelita xD), así que opté por hacer un último intento y escribir lo primero que saliera. Y acabé hablando de sirenas XD quería usar alguna leyenda argenta, pero no es que nos caractericemos por las sirenas (?).

Elegí usar: oscuridad, ritual y luna llena. Quería meter brujos, pero no se dio, será en otra oportunidad xD

Espero que les haya gustado.

¡Un abrazo!

Criminales

Criminales

«No creo que vuelva a amar a alguien de esta manera» piensa él mientras la ve tomar el colectivo en la terminal.

«¿Me extrañará lo suficiente como para cumplir su promesa?» se pregunta ella mientras lo ve a través de la ventana. Levanta la mano, saluda antes de que el vehículo arranque y se aleje, quizá para siempre de esa plataforma.

Es él la razón por la que llora mientras se acomoda el cabello y espera que apaguen las luces y nadie la vea entre todos los pasajeros. Aunque también llora por otra persona: la que la espera en casa.

Piensa en él y contiene las lágrimas y el quizá que su mente va construyendo.

«Quiero verte» con ese mantra en la cabeza, fue rezando alegrarse por su encuentro. Quiere verlo y confirmar que nada había cambiado y que su aventura en la ciudad no los afecta en lo absoluto. Quería verlo y saber que lo ama solo con mirarlo. Escuchar su voz que revolotea su corazón como mariposa en primavera.

Antes de entender su propio corazón, ya estaba bailando al ritmo que otros labios cantaban. Y llegar a casa fue enfrentar una fuerte decepción de sí misma.

«Estamos bien» se dice cada vez que ve a su novio. Debe amarlo. Es un buen hombre, amable, la ama con locura y la apoya. Le da seguridad y la colma de felicidad ¿Por qué no se siente así? ¿Culpa? ¿Desamor? ¿Debe aminorar la carga de su conciencia y contarle todo? Lo piensa y está segura de que eso sólo iba a estropear su futuro.

«Si el mundo terminara mañana, no dudaría en abrazarte para siempre» las palabras de Adriel invaden sus sentimientos y vencen a la poca razón que le queda mientras está con su novio.

Se convence de que esa relación es la que le conviene porque lo ama y es feliz. Se lo repite una y otra vez sin saber si ella misma lo siente o solo es una dulce mentira para cubrir las heridas que causaría.

Ha pasado un tiempo desde que no sabe de Adriel. Y a lo mejor es para bien. Él está casado y le llevaba casi quince años. Eran generaciones diferentes, ¡Pero ¡qué bien se había sentido! La experiencia de un hombre que sabe lo que quiere, que la complace y que tiene clara la vida eran atrapantes y seductoras.

Las manos grandes y en las que ya se vislumbraba algunos años le mostraban caminos que no sabía que existían. Su voz gruesa repitiendo su nombre teñido de pasión cobraba otro sentido.

—Nahir —escucha la voz en su mente y se mezcla con la realidad: su novio la llama mientras los recuerdos indecorosos vuelven a encerrarse tras esa puerta que juró nunca volver a abrir.

—Sí —un monosílabo escueto pronuncian sus labios sin mirarlo. La vergüenza se mantiene en sus ojos y hasta que la sensación de la yema de los dedos en sus brazos, los besos en su cuello y el hechizo que lanzaba con su mirada no desaparecieran por completo, lo evitaría otros cinco, diez minutos—. Iré a comprar la cena —… quizá, media hora más para juntar valor y volver a la normalidad.

El teléfono suena en el bolsillo camino al supermercado y ella tiembla. Se siente como si hubiese cometido un crimen ¿La traición lo es? Llevará unida a Adriel el resto de su vida con esposas invisibles que ninguno de los dos podrá cortar.

Y mientras, el teléfono sigue sonando en su mano mirando hipnótica la pantalla.

—Cariño —escucha la voz de su novio, apacible y reconfortante, tanto así que solo remueve más la culpa—. No hay azúcar, si puedes comprar ya que estás de paso.

—Lo haré.

La conversación se torna diferente. El teléfono no sonará por Adriel. Ella tiene la llave que le permitirá encerrar todos esos recuerdos tortuosos tras una puerta que no abrirá por el resto de la eternidad.

Será feliz con la vida que tiene de una vez por todas. Él se lo merece, lo necesita y lo vale. Sujetar su mano el resto del camino es justo lo que necesita. Así, vuelve a casa sin haber comprado nada, solo con la irremediable sensación de que debe correr hacia sus brazos o lo perderá para siempre. Y apenas abre la puerta, le dice lo mucho que lo ama y que los meses lejos la hicieron sentir mal. Lo extrañó a mares y no sabe cómo demostrarlo.

Así, el secreto de que alguna vez fue una criminal queda sepultado. Jamás será contado y vivirá con el peso de haber roto una confianza que no se merecía, pero lo compensará haciéndolo feliz el resto de su vida.

******

Meses más tarde él la invita a la ciudad. Un fin de semana solo para ellos dos. Le pedirá que use su mejor vestido e irán a un sitio elegante a comer.

Ella nunca lo sabrá: Adriel la vio toda la noche desde el otro lado del restaurante mientras un piano nostálgico e inquieto sonaba de fondo.

Ambos toman caminos diferentes acompañados de otras personas. Y ninguno tendrá el valor de verse una vez más.

Ella es feliz con alguien más. Sonríe como si la vida fuera hermosa aún estando lejos.

Y él lo hace con su mujer.

Dos felicidades incomprensibles y pasajeras que deberán cuidar por siempre.

Al terminar la velada, Adriel sale con su esposa y mientras esperan un auto, él saca su celular y borra su contacto. Las cadenas invisibles seguirán, pero él no las cortará, solo las esconderá el tiempo que haga falta.

Y como si no hubiera una batalla de emociones en él, abraza a su esposa y cuando para el coche, le abre la puerta y la ayuda a entrar.

Jamás le contará de su actuar, de la traición, de que una vez fue criminal.

Sólo se queda con el quizá, el recuerdo y la vida que tiene armada y no puede romper. Aunque sabe que nada volverá a ser igual. Pero ya habían elegido sus caminos con otras personas que amar…

¡Hola, hola, mis queridos soñadores! ¿Cómo están? Terminé el cuento de trasnoche y me di con que la confesión que elegí no cumplía con la consigna que habían puesto XD siento que este reto no está hecho para mí. Es el tercer cuento que escribo sin éxito. Pero ¡bue! Ya está hecho, me encanta y aunque no participe, lo comparto.

Igual, por si quieren sumarse, les cuento. El reto consistía en elegir una confesión de Pasión por los fanfics y escribir un fanfic, crossover u original inspirándose en la confesión. Yo elegí la de "Hombre maduro" que implicaba además una infidelidad —sumenle que Fujita Maiko y Daisuke Hirakawa me traen loca con sus canciones sobre infidelidades—, tenía que escribirlo sí o sí.

Espero que les haya gustado y si el tiempo se me da —y los modos también—, quizá llegue con otra confesión más.

¡Un abrazo!

Premonición

Premonición

¿Qué hago vestido así? Esta falda con volados, las bucaneras largas y blancas, hasta esta blusa escotada que deja ver mi pecho y vello. Me he dejado crecer el cabello gracias a esto y ahora, llevo dos hermosas coletas a los lados junto con una tupida y varonil barba. Parece el comienzo de un chiste, sé que muchos pensaran eso en cuanto me vean salir vestido de esta forma ¿Qué hace un hombre de casi treinta y seis, vestido de niña de ocho? Pues, se los diré: trabajo.

Trabajo en una cafetería y yo soy el promotor de la misma. Me paro en la puerta, luciendo mi bella sonrisa y me encargo de atraer a la clientela. ¡Y vienen! Las mesas están llenas cada día gracias a mi encanto. Sí, debo admitir que jamás pensé que esto fuera a funcionar. Cuando llegué al país, pensé que era algo… demasiado fuera de lo común y que no llamaría la atención en lo absoluto, en todo caso, que acabaría buscándome otro trabajo al poco tiempo por el fracaso de éste. Pero puedo decir orgullosamente que hace seis años que trabajo de esto. Vivo bien, pago mis deudas y realmente, a nadie parece importarle aquí si uso un vestido como si uso un pantalón. Me gusta porque la ropa es ropa y nada más.

Era miembro de una banda antes de que el vocalista decidiera hacer su carrera de solista. La banda se disolvió, como todas las bandas. Generalmente, cuando se pierde un miembro, la banda tiene pocas posibilidades de seguir, al menos, fue nuestro caso que entre buscarnos otro vocalista o separarnos, prefirieron separarse. Yo ya sabía que se iban a separar, lo vi con bastante tiempo por lo que ya tenía planes.

Me pasé viajando durante unos tres años buscando en qué orientar mi vida. La música sigue siendo algo que me gusta mucho y pensaba que podría vivir de ello tranquilamente. Soy baterista, el baterista suele ser una parte fundamental de una banda, pero generalmente, somos pocos. Puedes conseguir a veinte vocalistas, guitarristas y bajistas, pero la batería, cuesta hallarla quizás, porque no destaca, que te sientas al fondo, detrás de la batería que no tiene el gran encanto de la guitarra y la presencia del cantante, pero haces tu parte en la banda, que sin percusión no es lo mismo la música. A mí me gusta. Aun así, no terminé de fijo en ningún lado, decidí seguir viajando sin atarme a nada, hasta que me até a algo. Fue cuando me robaron en el aeropuerto. No me di cuenta de que me arrebataron la billetera hasta que fue demasiado tarde. Pero corrí con suerte, alguien me tendió una mano en ese momento y aunque no sé quién fue quién me robó hasta la fecha, sé que gracias a eso, comencé mi vida de manera fija aquí. Conseguí este trabajo, una casa y una vida muy agradable. Todo por ese pequeño percance.

Parece la vida de cualquier otra persona, común y corriente o al menos, eso pudiera llegar a ser. Pero tengo un don, un don que a veces, es increíblemente molesto, como todo don, imagino, nunca he hablado con nadie acerca de esto más que con ustedes. Bueno, la cosa es que… ¿cómo se los digo? Puedo ver el futuro. A veces de manera muy sutil, como en un sueño, que suele ser mucho más tranquilo que darle un folleto a un hombre y quedarte como si hubiese visto y saludado a Ryuk caminando por la ciudad. Sí, Ryuk es ese personaje tan simpático de Death Note, ése con el que no puedes disimular que has visto algo fuera de este mundo. Puede ser por cosas importantes o que al menos, a ti te parezcan importantes. Me habría servido para evitar que me robaran, aunque no sucedió en ese entonces, sí más tarde cuando evité un accidente con un chico en bicicleta. A veces es útil, a veces, es inconsistente. A veces, sólo molesta. Pero mientras digo buenos días y los invito a tomar nuestra especialidad de café con crema batida y caramelo, puedo ver que el hombre que se sentó a leer el periódico en el rincón de la esquina, caerá dentro de una hora por un ataque cardíaco del que no podrá reponerse. De todas formas, le digo a Yuri que por las dudas, tenga discado el número de emergencias en su teléfono unos quince minutos antes de las diez. Las ambulancias son rápidas, eso lo sé.

Y mientras entono la melodía súper simpática y pegadiza que suena por el estéreo, veo que la chica que acaba de entrar va a ser despedida de su trabajo y volverá en la noche a tomar una copa de chocolate y vainilla con una amiga, llorando por lo ocurrido. Se los dije, a veces es inútil esto. Y a veces, no ocurre nada por largos períodos de tiempo. El universo parece una perfecta confabulación para agobiarme en los días más complicados.

Me voy sin cambiarme al terminar mi turno. Podía haberlo hecho, pero Yuri estaba usando el baño para cambiarse el traje, por lo que simplemente, preferí no demorarme más tiempo e ir a tomar el subte de esta manera ¿a quién le podía importar? A mí no, eso era seguro. Y contando que los zapatos que llevo hoy no tienen tacones, puedo andar tranquilo sin preocuparme de que voy a estar casi cuarenta minutos de pie en tacones.

Al bajarme, me voy por un camino diferente al que suelo tomar todas las noches. Debería seguir tres cuadras a la izquierda al salir del subte, me voy hacia la derecha, al konbini a comprar algo para la cena: hoy no cocino.

Hubiese sido un día de lo más común si no me topara con esa chica al salir de la tienda: vi algo, porque no podía finalizar el día sin tener algo más en mi cabeza. La seguí ¿qué le iba a decir? ¿Qué dos hombres la iban a atacar camino a su casa y que posiblemente, no regrese ilesa? No, no podía. Que una lolita con barba te intercepte en la calle para decirte que dos hombres te van a atacar y posiblemente, te maten en el camino no es algo que quieres escuchar a las nueve de la noche. Así que hice como que andaba paseando por ahí, lo más disimuladamente posible que puede ser un hombre que anda vestido de mujer, por supuesto. Fue hasta que llegó a la intercepción de mi visión que vi correr a uno y a sabiendas de que el bento que acababa de comprar acabaría arruinado, corrí hacia él, empujando a la chica antes de que la tocara y dándole una poderosa patada al criminal. ¡Jah! ¿Qué se siente que una lolita te deje marcado sus zapatos en tu cara?

El otro tenía una punta y estaba listo para atacarme, pero lo detuve de la muñeca, le torcí el brazo en la espalda, posiblemente, no haya medido mi fuerza y se haya desgarrado, un pequeñísimo percance. Pero la muchacha estaba bien, con un moretón a causa mía, pero estaba bien.

—Repórtalos a la policía, por favor —le pedí. No sé dónde quedó mi celular después de esto, pero confiaba que ella pudiera llamarlos desde el suyo, mientras yo me quedaría ahí hasta que vinieran. No les dije, pero estudié artes marciales apenas acabé mi curso de idiomas. Y lo bien que hice.

En cuanto acabó la llamada, que casi me arrepentí de no haberla hecha yo, pues la voz de ella temblaba, le pregunté cómo se sentía. La notaba un poco más calmada que antes, aun así, la veía pálida todavía. Un buen susto se debe haber llevado.

La policía llegó rápido y nos vimos desocupados más rápidamente después de eso.

—¿Dónde vives? Te acompañaré —le dije ofreciéndome con una grata sonrisa, pero ella aun nerviosa, me respondió que no sabía. Menudo susto se debió haber llevado con todo eso.

No tenía mucho más qué hacer que invitarla a mi casa o dejarla con la policía. Realmente, la segunda idea parecía mucho más viable, pero no estaba seguro de que fuera a tranquilizarse al estar con aquellas dos personas. Aunque decidió seguirme, lo que me hizo pensar que realmente, había entrado en shock y no tenía idea de dónde estaba parada.

El día finalizó con ella durmiendo en mi cama, apenas me ha hablado, pero se la ve más calma, mientras, yo veo un programa de variedades en la sala, comiendo un onigiri que no parece onigiri. Les dije, esto tiene sus ventajas y desventajas, aunque a veces, son más buenas que malas.

Konbini: Abreviación japonesa de Convenience Store, una especie de supermercado, la diferencia es que tiene absolutamente todo, todo lo que puedas necesitar, desde la comida lista para cinco minutos en el microondas, diarios, lápices, estuches escolares, barbijos, hasta baños abiertos al público. Eso sí, un poquito más caros que el supermercado normal.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de las mil maravillas. Traigo un cuentito viejito que pienso usar para el reto de este mes en Pasión por los fanfics, que este personaje da para mucho y lo he tenido bastante abandonado ¡Y de paso, le doy nombre! XD

Espero que lo hayan disfrutado.

¡Un abrazo!

La torre de los cuentos #3

El soñador sin párpados de Roberto J. Rodríguez
Pago
1,10 USD
Sean Bienvenidos, entonces, a la ficción, damas, caballeros, niños, animales y seres de otros mundos. ¡El espectáculo va a comenzar! Asómense a la ventana de mi cabeza. Les prometo espejos distorsionados y vidas del revés. En este segundo volumen podrás leer otros tres relatos de terror. El primero de ellos te mostrará las andanzas de un mimo encerrado en una habitación color salmón; en el segundo te adentrarás en la estepa rusa y conocerás de primera mano una historia de amor, sangre y muerte; y en el tercero serás testigo de la conversación de dos mitos del celuloide.
Pago
Pago social
De terror y fantasía: colección de relatos Vol. 1 es una pequeña selección de historias que bailan entre géneros, coqueteando algunas con la ilusión mágica y otras acercándose más al miedo, aunque siempre buscando un punto de oscuridad que invitan al desasosiego. Este volumen cuenta con seis relatos, todos escritos por Jorge Pérez García.
TacoAguja de varios autores
Pago
Pago social
Despecho, venganza, amor, deseo, diversión, investigación, sufrimiento, miedo y juegos. 14 escritoras para leer, releer, temer y aprender. Aquí no hay reinas ni hadas ni princesas. Hay mujeres; madres, hijas, hermanas, primas, maestras, amas de casa, amantes. Un libro de hoy para hoy y para siempre. Porque ser mujer no es solamente una cuestión biológica, es un hecho social e histórico, y hay muchos golpes para devolverle todavía a la historia de la mujer. Ellas dan el primero, ese que dice a la vida "no soy lo que decís que soy".
Muna Baena de Lorena Gil Rey y Lorena Raven
Pago
Gratis
Ha pasado casi un año desde que Susana vio morir a sus padres en un accidente de tráfico provocado por ella. Desde aquel 31 de octubre es incapaz de perdonarse y se encuentra sumergida en delirios en los que algunas sombras sin definir quieren atraparla. Su marido Tobías, que siempre pensó que la amaría hasta la muerte, empieza a dudar de sus sentimientos debido a la presión de los ataques de locura de Susana. La hija de ambos, Lila, comienza a tener miedo de su madre a la que parece no reconocer a cada día que pasa. En un último intento por superar la crisis por la que pasan, Tobías lleva a su familia al bosque, lejos, a una cabaña alejada de todo. De nuevo, el día 31 está cerca y los espectros que acosan a Susana aparecerán con más fuerza la noche en la que los dos planos de la realidad se juntan.

Gato malo

Gato malo

Gato malo, gato malo. Escuchaba siempre esas palabras de él. Gato malo, gato malo, sal de este tejado. Héctor, el gato, caminaba con la cola erguida y los bigotes medio chamuscados como si no le importara nada de lo que decían los humanos. A veces, por sólo molestar a aquellos que los trataban mal, se sentaba a maullar en el techo del vecino hasta que se aburría y se iba, pero dejaba con los nervios a flor de piel a sus enemigos. Y hasta aturdidos por sus fuertes y agudos maullidos.

Gato malo eres, gato malo mueres.

Héctor lo ignoraba. Contaba con un secreto que lo volvían de un vil gato callejero a un joven candente por el que todos se sacarían el sombrero. Héctor como gato era tremendo, pero como humano, no había palabras para describirlo ni existía alguien que pudiera contenerlo.

Hurtaba, mentía y seducía a cuanta jovencita se encontraba. Como gato se paseaba con la cola erguida y el pecho inflado. Como humano, con sonrisa galante y porte elegante.

Héctor, el gato, siempre iba muy confiado, sin esperar que nadie pudiera pararlo o siquiera, sospechar que podría ser un simple gato. Hasta que conoció a Ada, aquella que fue capaz de acabar con su magia.

Ada fue engatusada con sus palabras y la llevó a su lecho como a tantas otras damas, sin querer volver a saber nada de ella cuando el deseo carnal se acababa.

Se marchó con la intención de no volverla a contactar. Pero a Ada no la iba a humillar y con el deseo de volver a verlo, recorrió cada oscuro callejón, calle y bar que encontró, esperando a Héctor hallar una vez más.

Ada no era una mujer enamorada, sino una muy enojada. Y con ese sentimiento guiando sus pasos, fue a dar con su paradero.

Héctor ni la recordaba, había tantas humanas como gatas en sus hazañas ¿Le sonaba familiar al menos su cara?

A su mente no venía absolutamente nada.

Ada no perdonó tal atrocidad: la había herido y ella, estaba dispuesta a todo, hasta a matar si llegara a faltar. Pero hubo una idea que le pareció mucho mejor.

Héctor sintió su vello erizarse y comenzó a alejarse. Saltó la barra del bar en el que se hallaba y por la puerta trasera halló su escape. Pero era imposible huir de ella: Ada tenía magia y no de la mala como Héctor. Éste, escurridizo, se perdió como un gato callejero.

El ojo mágico de ella lo encontró y lo persiguió como si en vez de gato, Héctor fuera el ratón. Aterrado se sintió al ver un destello de brillo amarillo en los ojos de la mujer y nuevamente, con el pelaje erizado y los bigotes chamuscados tensos, saltó hacia el techo y corrió tejado por tejado.

Héctor estaba cansado y un poco borracho cuando ella le saltó en frente y lo detuvo.

Gato malo: por fin te he atrapado.

Ada lo tomó de la cola y se la cortó: el gato no volvería a usar sus poderes ni volvería a seducir mujeres.

Humillado, pero con fuerza para pelear, la arañó, saltó a su cara y en el cuello la mordió.

Héctor, apenas en unos segundos, de su vista desapareció y sólo el silencio se rompió cuando Ada se quejó por la herida que el gato dejó.

La moraleja que Héctor, el gato, nos deja es que se cumple el dicho: quien mal anda, mal acaba. Héctor es sólo un simple gato callejero, según los cuentos.

Gato malo, gato malo, has quedado abandonado.

Pero hay quienes son más optimista y no creen en los cuentos, sólo en ese gato callejero, esperando cobrar venganza… cuando llegue su momento.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Traigo cuento y con doss retos en uno. Junté la del cuento (que terminó casi en fábula).

Uno de los retos es del Grupo Pasión por los fanfics (perdón, siempre acabo en los originales XD) y el otro es de los 52 retos que tenía pendientes de terminar. Uno menos en el tintero.

Espero que les guste y superen las rimas al estilo Dr. Zeus XD (?)

¡Un abrazo!

Prueba de valor

Prueba de valor
El siguiente contenido presenta material explítico, sexual y/o violento no apto para menores de 18 años o personas sensibles.

Parte de la casa se estaba desarmando. Como si las partes tuvieran vida propia, iban danzando en círculos y tomando forma de alguien parte por parte y de forma perfecta: era Renato, un esqueleto, que acababa de despertarse de su sueño. Se estiró haciendo crujir sus huesos y detectando de que uno de ellos estaba en el lugar equivocado cuando su mano cayó al suelo.

—Debes dejar de dormir de esa manera —dijo una voz que salía de la ventana… más bien, era la ventana la que estaba hablándole— ¿desde cuándo los muertos duermen?

—¿Acaso crees que debemos soportarlos a ustedes todo el día? Es nuestro momento de desconexión —le explicó Renato buscando el sombrero que había dejado en la hamaca. Se lo colocó y bajó las escaleras y en la entrada de la casa, estaban tres mujeres (tres esqueletos igual que él) con bikinis y pamelas de colores tomando el sol de la mañana. Y a unos cincuenta metros de ella, se sentían voces y risas, no eran nada más ni nada menos que Ernesto, Pascual y María, que habían encontrado la forma de divertirse nuevamente.

Ernesto había atado una soga a la chimenea y el otro extremo iba hasta la columna que tenía el buzón de cartas, en bajada. Así, los tres se estaban lanzando como si fuera una tirolesa. Pascual se lanzó y se estrelló con la columna, salpicando huesos por todos lados y volando un par de falanges al sombrero de Renato.

—¡Tengan más cuidado! Arruinan mi estilo —se quejó sacudiendo el sombrero. Luego, abrió las rejas y salió hasta el árbol donde había unas macetas con manos humanas que eran cubiertas poco a poco por una Santa Rita fucsia. Vio las flores y se sintió pletórico sentándose a contemplarlas sobre una de las raíces que sobresalía del suelo.

Era un día casi normal en la casa, todo tenía la misma vida de siempre. Los ronquidos de la ventana, el monólogo de la encimera de la cocina y una tierna melodía en el piano que el hechicero tocaba. A su lado, apoyada en la caja de resonancia, con una palidez sepulcral y la piel pegada a los huesos como si estuviera a nada de descomponerse, ella lo escuchaba tocar el piano. Incluso el sonido parecía capaz de desarmarla, pero estaba a su lado, sonriendo.

—Pronto llegaran —dijo el hechicero haciendo silencio un momento.

Ella volteó y la cortina se corrió sola dejándola ver a través de la ventana. Dos personas se acercaban por el camino de tierra con una calabaza en sus manos. Más o menos, deberían tener unos dieciséis o diecisiete años.

—Podría ser más de uno al año esta vez —dijo el hechicero y puso unas hojas en el atril con una nueva canción.

Beethoven los iba a hipnotizar. Así, la música sonó y atravesó las paredes y todo quedó en silencio. Los esqueletos estaban inmóviles en la postura en la que habían quedado antes y todo parecía haber perdido su magia y vida.

—Qué tétrica decoración —dijo uno de los muchachos frente a la puerta.

—Es lo de menos. Consigamos algo del interior de la casa y regresemos —respondió dándole la calabaza a su compañero. Subió los escalones que rechinaron de manera estridente y le pusieron los pelos de punta. Su compañero no quería subir, intentaba convencerlo de regresar de alguna manera, pero él estaba dispuesto a cumplir con la prueba.

Se contaba en el pueblo que la casa estaba maldita y que para poder llevarse algo de la casa sin ser maldecidos también, debían dejar una calabaza en la cocina. Era la famosa prueba de valor que nadie quería realizar. Pero ellos cambiarían la historia de una buena vez por todas.

Ignorando el miedo de su compañero, Ricardo lo agarró del brazo y lo jaló hacia el interior de la casa. Una gran ventisca de polvo se levantó cuando abrieron la puerta, les causó tos a ambos tomándose un momento para recuperarse y seguir con su camino hacia la cocina.

Ricardo sacó una linterna y fue marcando el paso a su amigo de a poco. El piso hacia un sonido tétrico al pisarlo, digno de una película de terror. Mientras Daniel, su amigo, iba mirando por encima de su hombro con la sensación de que algo los estaba siguiendo.

Llegaron al final del pasillo y encontraron unas escaleras caracol y una puerta hacia su derecha. Ricardo estiró la mano para entrar, pero la perilla se giró sola y la puerta se abrió, así, al entrar, una linterna a alcohol se encendió y alumbró toda la habitación.

—Por favor, salgamos de aquí —suplicó Daniel con un temblor muy fuerte en su voz, haciéndolo tartamudear.

—Casi lo logramos, no nos vamos a ir malditos de aquí —lo animó Ricardo. Y lo empujó dentro de la sala. Era el comedor y a unos diez metros, estaba la cocina.

Ricardo llevó a Daniel hasta ahí cuando una de las tablas del suelo se levantó e hizo tropezar a Daniel. La calabaza se escapó de sus manos y rodó por el suelo. Afortunadamente no se había dañado ni partido.

—¡Idiota! ¿Cómo te vas a tropezar con el aire?

—No, una tabla… —se cortó mirando el suelo llano una vez más. No había nada que sobresaliera.

—No importa. Elige algo, hay que probará que estuvimos aquí —dijo Ricardo acercándose a una vitrina donde estaba la vajilla.

Así, ninguno se concentró en lo que sucedía en la cocina, mientras las maderas del piso se desprendían y se unían a un tronco, formando sus piernas y brazos. Por último, un cuchillo salió del cajón e hizo unos agujeros en la calabaza formando los ojos y una sonrisa. El muñeco de tablones que se había formado antes agarró la calabaza y la puso en la parte superior como si fuera su cabeza.

—Es hora de comenzar —dijo moviendo los labios en pico y luego, ladeó su cabeza comprobando que todo estaba en orden.

El muñeco de calabaza salió de la cocina y agarró a Daniel por la espalda. La madera se había roto en varios listones formando sus dedos, clavándolos en los hombros del muchacho y levantándolo del suelo, aterrado y gritando. La boca de la calabaza se abrió hasta que la cabeza de Daniel entró en su boca y entonces, la cerró y cortó su cuello como si fuera una guillotina. La sangre escurrió y salpicó en varias direcciones, entonces, las velas que había en las paredes a medio consumir se encendieron iluminando la escena completa.

Ricardo retrocedió sin poder hablar hasta golpearse con la pared. Miró alrededor buscando escapar, sin éxito. El empapelado de la pared se levantó en tiras y lo apresó, envolviéndolo cual momia dejando solo su cabeza al descubierto. Así, vio como la calabaza drenó la sangre del cuerpo de su compañero y cuando no quedó nada en él. Fue cuando soltó el cuerpo y caminó chirriando los pies de madera hasta que llegó a Ricardo. Como si tuviera vida propia, el empapelado se estiró sosteniéndolo a la altura de los brazos de aquel ser y en cuanto lo recibió, el papel se retrajo y volvió a su sitio original, como si nunca hubiese sucedido nada.

Ricardo encontró la muerte sin poder hacer nada más que gritar. Y en cuanto su cuerpo quedó en el mismo estado que el de su amigo, la calabaza lo tiró al suelo. Corrió la mesa y descubrió un circulo mágico debajo de ella y ahí, en el centro, se paró y clavó los pies en él. La sangre empezó a descender de la cabeza de la calabaza hacia sus pies y pasó por todo el circulo mágico y fue iluminando poco a poco la casa. Partículas de luz se fueron elevando del suelo de a poco e inyectándose en todos los objetos y seres de la casa y fuera de ella. La magia alcanzaba hasta un kilometro alrededor. Así mismo, la mujer en los huesos que estaba en la habitación del piano, fue recobrando más una apariencia humana y sana. Su cabello blanco y pajoso volvió a tomar color rojo vibrante, sus labios se formaron y su cuerpo cobró forma gracias a los músculos que volvían a aparecer. La casa entera brilló en tonos rojos durante unos cinco minutos, hasta que la calabaza se deshizo y cayeron sólo unas semillas al suelo. Los tablones se separaron y volvieron al lugar donde estaban antes en la cocina.

Los esqueletos se movieron de nuevo, las risas colmaron la casa. El monólogo de la cocina se repitió una vez más. La biblioteca abrió un libro y lo hizo cobrar vida en la sala de estar. Algunos otros esqueletos fueron a desenterrar muertos y a traerlos a disfrutar de la noche mientras el hechicero le daba un beso a la mujer al lado del piano y volvía a tocar una canción.

Renato se estiró y entró a la casa donde y fue a donde estaban las semillas de calabaza.

—Este año son varias ¡Vamos a jugar lotería! —dijo ilusionado y fue a buscar el juego mientras María y Pascual armaban las mesas afuera y el jolgorio no daba tregua.

La maldición de la casa no los iba a separar. Una ofrenda al año era suficiente, con dos, estaban colmados. El hechicero y su amada vivirían un poco más. Los muertos y la casa se divertirían mientras pudieran.

La magia no se iba a esfumar.