Soñando uno de tus sueños

Blog de escritura

Soñando uno de tus sueños

El mar y la luna

El mar y la luna

A la noche salía y se quedaba al lado de su balsa. A veces daba una vuelta por la orilla y volvía entonando una canción que ella nunca lograba terminar de escuchar. A lo lejos, el hombre desaparecía de su vista y la dejaba sola.

La Luna se sentía sola e impotente al no poder seguirlo y entristecía. Las aguas se agitaban por su causa y alteraba a todos a su alrededor.

—¿Qué te sucede, Luna?

—Quiero terminar de oír su canción —le dijo al Mar, que en la noche, brillaba. Él quería cumplir su deseo y tuvo una forma de hacerlo. La magia del agua reflejó a la Luna y la arrastró con las olas y la marea.

Índice
Palabras: Noche, canción, magia

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Les comparto este micro que participó del reto de AngelTold, un reto de Twitter donde proponía una consigna y había que escribir un microrrelato o un poema.

Casi se termina octubre y con Noviembre viene el NaNoWriMo. Tengo muchas ganas de participar este año, aunque todavía no sé bien si hacerlo o no por los tiempos y todos mis pendientes.

Todavía queda tiempo, así que ya veremos y les contaré qué tal

¡Un abrazo!

Ellos

Ellos

Ellos habían sacado lo peor de él, lo peor de lo peor. Era el único medico del pueblo, el único y había visto evolucionar la enfermedad desde el día uno. ¡Y no tenía una puta idea de qué podía hacer! Nada. Uno a uno vio a sus pacientes escaparse de sus manos sin que pudiera darles una muerta tranquila: todos sufrieron hasta el último suspiro.

—Incluso tú —dijo ante el cuerpo de su esposa. Ni ella se había salvado. Toshio no la amaba. O quizá sí. No estaba seguro de sus sentimientos ni de su humanidad a esta altura del partido. Se decía que todavía era humano, que todavía algo quedaba de él en ese cuerpo cubierto de sangre. Algo…

Después de experimentar con Kyouko, había quebrado lo último de humanidad que había en él.

O quizá no.

Si él seguía hablándole de ella, del experimento, de aquel ser que había llegado a destruir el pueblo de Sotoba, podría soportarlo y seguir adelante. Kyouko había muerto el día anterior y aunque no enterró su cuerpo, ella seguía muerta. Nunca despertó, lo que despertó fue aquella cosa en el cuerpo de Kyouko, pero no era ella. No podía aceptar que era ella.

Los gritos que escuchó mientras hacia la autopsia no eran de ella ni tampoco esa mirada de sufrimiento. No podía ser ella.

Muroi llegó cuando terminó todo y vio a Toshio manchado en sangre seca y aún sin coagular. Él sacó un cigarrillo y le habló como si no hubiese matado a nadie: Toshio no le había quitado la vida a nadie, a diferencia de los shiki. Y tenía pensado lograr que esa masacre acabara, aunque le costara la vida, que su humanidad ya se había perdido. Pero necesitaba ayuda y Muroi era quién podía dársela. O eso pensó. Pero tal y como se lo esperaba Muroi tomó otro camino que él prefería no ahondar.

Toshio lucharía por el pueblo.

Muroi lucharía por los shiki.

Al quedar solo, volvió a la habitación de operaciones, donde el cadáver del shiki descansaba cubierto de sangre y mutilado. Toshio no había tenido ni una pizca de sensibilidad en abrir y mover de aquí a allá cada órgano, cada nervio. Quería conocer bien a los shiki y cómo funcionaba su organismo y qué es lo que hacia la sangre en ellos, así que tuvo que hacer sacrificios…

Cubrió el cuerpo con una sábana hasta la cabeza. Se quedó viendo la silueta de Kyouko debajo de ella. Dio una calada al cigarrillo y le quitó la sábana hasta el mentón y vio los ojos compungidos de dolor abiertos. Toshio se quedó como ido observándolos. La oscuridad lo engullía dentro de esa pupila rojiza y demoniaca. ¿Por qué? ¿Tenían algún tipo de poder después de haberlos matado? ¿Cómo podría ver de cara a la muerte y seguir siendo una persona normal?

Levantó su mano manchada y cerró los ojos del cuerpo tieso. Metió la mano en el bolsillo y miró a su alrededor. El reflejo del vidrio de la sala de operaciones se devolvió hacia él. Su figura era deplorable. El guardapolvos que alguna vez fue blanco ahora estaba teñido de sangre. Él que alguna vez había jurado ayudar a los demás había infligido dolor.

—Nada será igual, aunque los mate a todos —soltó el humo del cigarrillo y se fijó en el rostro que mostraba el reflejo del vidrio. Ese hombre demacrado por la muerte y la tragedia.

Su reflejo le sonrió.

Toshio dejó caer el pucho de la sorpresa. Miró de nuevo y se vio a él nada más. Necesitaba dormir y descansar, aunque sabía que a su humanidad no la iba a recuperar, a Sotoba lo iba a salvar.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? De nuevo estoy con un reto. En este caso, es el Fictober. En el Club de Lectura de Fanfics, propusieron siete tablas diferentes para hacer este reto y la posibilidad de poder combinar varias de las tablas para poder hacer el reto.

Yo empecé con la tabla de Diálogos de comedia y terror y el reto que proponía era Tu reflejo te sonríe. Lo leí y pensé de manera inmediata en esta serie, así que tenía que escribir sobre ellos.

Iré subiendo de a poco e intercalando entre otras entradas para no saturar con esto el blog.

Espero que lo hayan disfrutado.

¡Un abrazo!

Aunque duela un montón

Aunque duela un montón

Le cambió la púa al tocadiscos y terminó de pulir la madera. Apenas había limpiado la mesa y las espinas del pescado todavía estaban regadas por ahí. Sin embargo, el espacio donde estaba el tocadiscos mientras lo arreglaba, seguía impecable. Ni una escama lo había rozado.

El comedor era el lugar más abandonado, salvo ese metro cuadrado que quedaba como apartado del mundo, como si fuera parte de una realidad aparte. Era donde hacia su trabajo y siempre debía lucir impecable.

Siempre.

Puso su disco favorito, precisamente, el que había desgastado la púa anterior: el “Vals n.2” de Dimitri Shostakovsky con el violín y la orquesta de André Rieu. Mientras sonaba, lo llevó al salón. Abrió la puerta pechándola con la espalda tarareando la melodía con nostálgica alegría. Lo dejó sobre una mesa de caoba que estaba al lado de la chimenea y al voltear, la vio en el suelo. Estaba sentada, con la falda del vestido blanco cubriendo por completo sus piernas y pies y la mirada perdida en las formas que las manchas del piso de mármol formaban.

El corazón de él se saltó un latido y luego de ajustar el pitch para que fuera más lento, se acercó a ella y la tomó de la mano, levantándola del suelo. Puso su otra mano en su omóplato y comenzaron a bailar. Se balancearon levemente y comenzaron a andar en giros por la habitación siguiendo el compás de la música. Sus movimientos eran elegantes, como salidos de una película.

Llegaron a la esquina y ella estiró su pie hacia atrás e hizo un barrido con él y luego, él soltó su mano derecha y estiró su brazo al igual que ella, para volver con él dando giros hasta quedar de espalda a él. Él, posó su mano derecha en su cintura y mantuvo la izquierda en la mano de ella y se balancearon en el lugar dos veces antes de dar una vuelta, girando, moviéndose nuevamente por la habitación. Moverse al compás de la música era como volver al pasado, detener el tiempo y quedar sólo en el tempo de la canción, sin que nada más en el mundo los pudiera molestar. La pista de bailes, la música y ellos dos. No existía nada más perfecto que pudieran disfrutar.

Alzaron sus manos por sobre su cabeza haciendo un medio círculo, él, tomó la izquierda de ella, la hizo girar y volvieron a la posición original, quedando de frente. Manteniendo la mirada, siguieron bailando. Pie derecho al frente, el izquierdo, paso en el aire y volver a comenzar. Era su rutina favorita, la única que no cambiarían. Ahí, bailando, eran dos almas siendo guiadas por la música, cuerpo con cuerpo, al ritmo de sus corazones.

—Es melancólico. Es una canción dedicada a alguien que espera a quien no llega —le decía ella.

Él sonreía, la soltaba y la dejaba contra su pecho para abrazarla sin perder el ritmo de su baile. Volvió a extender su brazo al soltarla y siguió bailando manteniendo la postura, avanzando hasta el otro extremo entre giros gráciles y rápidos cuando se dio cuenta de que la música había dejado de sonar y ella ya no estaba entre sus brazos.

Miró alrededor preocupado y la vio en el suelo. El cabello largo y ondulado había caído sobre su cara y su vestido se extendía por el suelo: no reaccionaba. La música terminó y el cuerpo de ella se desvanecía en el suelo como una luz que, en vez de colarse, se iba por su ventana.

Se apretó la cabeza. La recordaba leyéndolo mientras trabajaba en la carpintería; quitándole los anteojos de culo de botella mientras le decía que se vería más interesante con otro modelo; cuando se le quemaba la comida y le decía que el sabor a quemado era su ingrediente secreto; recordaba que ya no estaba y las lágrimas brotaban y se derramaban en el suelo.

La recordaba en los pasos de vals que jamás volvería a bailar.

Se acercó de nuevo al tocadiscos y acomodó la púa una vez más. Movió el pitch hasta que lo ajustó al mínimo y la canción volvió a sonar. Volteó despacio, moviendo la cabeza de lado mientras él saxo la llamaba: ahí estaba sentada, en medio de la habitación con el vestido blanco y la falda abierta en el suelo. Se acercó entre giros y la tomó de la mano, invitándola a bailar el vals que nunca dejaría de escuchar.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de maravillas. ¿Qué tal los trata octubre? Ya se ha ido el año practicamente y no sé en qué momento han pasado tan rápido los meses.

Este cuento lo escribí el año pasado. El vals de Shostakovsky es una delicia, así que se los dejo en las manos de este talentosísimo hombre.

Espero lo disfruten

¡Un abrazo!

Canción de amor caducada — Capítulo 1

Canción de amor caducada Capítulo 1

Debía haber unas doscientas personas en el salón. Las luces apagadas de las lámparas y sólo aquella máquina de luces de colores iluminaba todo mientras la música con ritmo repetitivo y a un volumen que aturdía retumbaba entre las paredes y la gente. Abel estaba sentado, contra una pared. Acaparó el plato de sanguchitos de miga y miraba a los demás sacudirse al son de la música o de lo que sentían, casi que no podía llamar a esos movimientos un baile al ritmo de la música. Dudaba de poder llamar al ruido que escuchaba música. Para lo único que se había levantado de su cómodo asiento, fue para agarrar el plato de sanguchitos que estaba en la mesa de al lado. Entre la charla y las ganas de bailar, ninguno se había percatado de que la comida desapareció. La oscuridad lo ayudaba a seguir tranquilo con sus planes de comer, cumplir con su asistencia a la fiesta y luego, desaparecer, así como la comida de su plato.

«Lo único que vale la pena de estas reuniones, es la comida» pensó en cuanto terminó de comer y se sacudió las migas de las manos con una prolija tranquilidad y se levantó. Una de las amigas de su hermana lo invitó a bailar apenas vio que hizo un movimiento fuera de su zona de confort, pero terminó siendo rechazada sin mediar palabras mientras él salía a tomar aire en el jardín.

El camino de piedras era iluminado por farolas altas, dándole un aspecto más cálido y colonial. La fragancia de los azahares era el detalle perfecto para pasear en la noche por ahí. Alejado de la fiesta, había un quincho grande con un asador y tres mesas puestas a lo largo en el centro y a la derecha, una verja alta blanca, a juego con el cerámico del piso.

—Apuesto a que prefería un buen asado y una reunión rápida.

La voz femenina lo sorprendió, más bien, lo asustó. Volteó en dirección hacia donde ella estaba y respiró rápido al verla del otro lado de las rejas, apoyada contra ellas. No la había visto hasta que se hizo notar e iba luciendo un vestido que tenía un brillo mucho más intenso con la luz de la luna, como el que solían usar las estrellas de Hollywood cuando iban a sus premiaciones.

—Prefería no venir.

La única razón por la que estaba ahí era su hermana. Si ella no le hubiese insistido toda la bendita semana con su asistencia a la celebración, se habría quedado en casa leyendo o viendo una película antes de ir a dormir.

—Pero ya estás aquí, así que debes divertirte.

La mujer dio la vuelta y entró al quincho quedando en frente de Abel. Él no era tan rápido para hacer las cosas, salvo que estuviera muy motivado y éste no era el caso. Lo tomó de la mano mientras él se quedaba mirando su cabello color calabaza de un tono particularmente brillante mientras el olor a champagne llegaba con fuerza hasta él, mezclado con un perfume dulce, como a vainilla. No podía definirlo bien por el alcohol.

—Lo sé, apesto. Derramaron una copa de champagne encima de mí, pero eso no me impide bailar contigo —dijo animada colocando una de sus manos en su cintura, aunque él estuviera un tanto reacio a aceptarlo.

—No sé bailar.

—Yo tampoco. Improvisaremos —respondió igual de entusiasta ante su negativa, sonriendo alegre haciendo notar los hoyuelos de sus mejillas. Y lo hizo girar con ella.

Abel, rápido y queriendo dejar el baile de lado, apretó la mano en su espalda y la atrajo contra su pecho deteniendo sus pasos en un momento. El olor del champagne se hizo presente de nuevo y sin quererlo, se quedó viendo sus labios en un intenso color magenta, a tono con el vestido púrpura que llevaba ella. Y como si le hubiese dado una descarga, la soltó abruptamente rascando su nuca y mirando hacia otro lado. Él no tenía esas intenciones, sólo salió a tomar aire y no a bailar ni a socializar con nadie. La gente simplemente no se le daba bien.

—¡Bah! ¡Qué aburrido! —exclamó ella con las manos en la cintura con un fuerte suspiro. Y como un soplo de brisa, volvió a acercarse a él, enérgica y negada a obtener una respuesta que no le gustara— caminemos entonces —le dijo tomándolo de la muñeca y llevándolo fuera del quincho.

Los tacones le complicaban caminar por el camino empedrado, así que no tuvo prisas en quitárselos y seguir caminando al lado. Él miraba en silencio cada una de sus movimientos, debía ser una de las interacciones más largas que había tenido con alguien que no fuera de su familia o de su trabajo. Una vez veían su falta de entusiasmo y ganas por seguir cualquier conversación, se terminaban por alejar, ella, por el contrario, insistía en quedarse. Y no entendía las razones.

—Me tengo que ir. Que tenga buenas noches —la miró, agachó la cabeza y se fue.

Aquella reacción volvía a tomarla por sorpresa ¡de la nada se iba! Y sin siquiera entrar a despedirse al salón. Constanza se quedó viendo su espalda y lo siguió. Salieron al camino y ella iba tras sus pasos. Abel ya lo había notado hace rato, pero iba sin decirle nada. Se detuvo y ella hizo lo mismo.

—Esto podría llamarse acoso.

—Podría, pero yo sólo camino en el mismo sentido que usted. No veo como eso pueda ser ilegal —respondió ella con las manos en la espalda, sosteniendo sus zapatos. Llevaba casi un kilómetro caminando descalza detrás de él.

Él volteó a verla con expresión de cansancio ¡qué carácter tenía! Por suerte, él tenía la paciencia de Buda. Hizo un escrutinio amplio aún en la oscuridad de la noche. Sus pies estaban sucios y al ver el camino, también pensó que le debía estar costando caminar, que la ruta era bastante irregular y corría riesgo de lastimarse, especialmente, con la poca visibilidad del suelo, podría encontrar cualquier cosa. Pero veía que su sonrisa seguía intacta como si nada de eso le afectara. Abel movió lentamente la cabeza hacia su hombro y se masajeó el cuello antes de caminar hacia ella, ponerse de espaldas e inclinarse.

—Vamos.

Esa sola palabra la dejó perpleja, mucho más con su actitud.

—Vamos —repitió— te llevaré o te lastimaras —dijo mirando por encima de su hombro.

—¿En serio me vas a llevar a turucuto hasta la parada?

Él asintió y volvió a insistir a llevarla.

—¿No te vas a arrepentir a medio camino?

—No.

—¿Seguro? —insistió ella mientras él rodaba los ojos— está bien, está bien. Pero no quiero reclamos.

Constanza esperara que le dijera algo sobre su peso o que no iba a poder cargarla hasta la parada, pero no sucedió nada de ello. Abel fue tranquilo sin quejarse una sola vez.

—¿Por qué insistes en acercarte?

—¿Eh? ¡Oh, claro! —exclamó ella apoyando el mentón en el hombro de él— parecías triste en la fiesta. Y una fiesta no es precisamente el lugar para estar triste. Quería al menos, sacarte una sonrisa. Pero pareces tener menos humor que las piedras —lo dijo con resignación. Ni siquiera le hablaba como para poder encontrar algo que le gustara y de ahí, averiguar un poco más de él.

Contrario a lo que esperaba, él se rio. Constanza se irguió y se estiró hacia el frente para verlo sonreír, emocionadísima. Pero aquello sólo consiguió que Abel perdiera el equilibrio y cayera al suelo con ella encima, rodando a la vera del camino.

Ambos se quejaron del golpe. Abel, se levantó mientras Constanza alzaba la cabeza y se quitaba el cabello de la cara, lo miró y comenzó a reírse con fuerza. Él quiso contenerse y terminó contagiándose y riendo con ella.

—¡Te reíste! ¡Dos veces! —exclamó orgullosa de su nueva victoria.

Él enseguida enserió y se puso de pie sacudiéndose la tierra, las ramas, evitando mirarla, aunque con todos sus esfuerzos, no logró quitar la sonrisa de su cara.

Le tendió la mano mientras ella acomodaba su vestido y buscaba con la mirada, sin erguirse completamente, sus zapatos. Él encontró uno entre la hierba mientras que el otro, había quedado en el camino.

Seguir andando después de eso no fue tan difícil, aunque era Constanza quien más hablaba de los dos, el camino hasta la parada se hizo demasiado corto y en cuanto llegó el colectivo, llegó la hora de despedirse.

Era momento de volver a casa.

Turucuto: cargar a alguien en la espalda.

¡Hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de maravillas. He tenido esta historia en el otro blog, antes del cambio, así que voy a ir resubiéndola de a poco en el blog.

Además va con alguna corrección y más prolijito.

Espero la disfruten

¡Un abrazo!

Inktober: Anillo

Anillo

«No abras la puerta que el tiempo se escapa» se decía al cerrar con rapidez la puerta al entrar con provisiones. Una vez al mes lo hacía, ya sólo quedaban ellos dos, no hacía falta más. Emmanuel fue el último en morir y Estela no estaba dispuesta a perder a Enrique.

El avión desapareció de su ruta hacía siete meses. Desde la torre de control y todo el sofisticado equipo que tenían para rastrearlos y para comunicarse con ellos, jamás obtuvieron nada. En cuanto pasaron por el anillo de luces rojas en el cielo, justo arriba de las nubes. Ninguno tenía idea de qué era eso y aunque intentaron esquivarlo, el avión fue atraído a ellos como si tuvieran una fuerza magnética atrayéndolo.

Duró apenas tres minutos, 2:57 según el reloj del Capitán y de buenas a primeras, no sucedió nada fuera lo de común. Los sistemas seguían funcionando, el avión no tenía ninguna falla notoria y todos se encontraban bien, asumiendo que había sido uno de esos conocidos espectros rojos que bien habían visto en teoría, pero eran mucho más raros de ver en práctica… especialmente sin una tormenta cerca.

Pero no era un problema, tan sólo sería una anécdota qué contar cuando estuvieran en tierra o al menos, eso es lo que creían: el combustible en su mayoría había desaparecido como si se lo hubiesen drenado, tan sólo les quedaba lo mínimo como para aterrizar y pedir ayuda. Intentaron contactar ayuda por radio, pero no conseguían señal alguna tan sólo estática. Lo peor es que tenían los minutos contados en el aire y sin comunicación ni un aeropuerto cerca, deberían tomar las medidas de emergencia que correspondieran.

Dieron el anuncio del aterrizaje forzado que tendrían que hacer. Y al estar en tierra nada fue mejor. La radio seguía sin funcionar, no había posibilidad de comunicación con nada. Ni señal telefónica, ni internet… ni un alma en los alrededores.

Los minutos se fueron volviendo horas y con ello, la inquietud de los pasajeros se hizo presente.

******

Dos días llevaban ahí. El pánico ya era parte de sus vidas. La bronca, la rabia y la incertidumbre de no saber qué hacer en un caso así. Mantenían a las personas tranquilas lo más que podían, con todas las comodidades que podían brindarles desde su lugar, que a estas alturas no eran muchas realmente.

Pero el verdadero miedo se apoderó de todos cuando pasó algo previsible: alguien estaba dispuesto a dejar el avión, un hombre alto y bien vestido, de traje negro. Había pasado bastante tiempo tranquilo, aunque con el ceño fruncido, aguantando quién sabe cuántos improperios, hasta que finalmente rompió el voto de silencio que tenía, mandó al carajo a todos: azafatas, pasajeros y hasta al mismo piloto y salió por la puerta del avión.

Apenas cruzó la puerta, su cuerpo se desvaneció en un polvillo oscuro que fue arrastrado por el viento, sin dejar rastros de él. Los que lo vieron, cerraron la puerta como si vieran al diablo fuera, entre gritos y respiraciones agitadas, intentaron explicar lo que había sucedido, sin que nadie les creyera, pensando que el hombre podía haberse caído, que estaría en un punto donde no podían verlo, pero ninguno de aquellos que tan sólo escuchaban el relato eran capaces de aceptar algo como eso: era la locura por estar tanto tiempo varados.

Tres personas más, al saber de ello, se ofrecieron a salir a ayudar al pasajero que podría estar herido, sin embargo, sucedió lo mismo: se desvanecieron en el aire.

******

Cuando Estela supo de la noticia del avión desaparecido, se sintió en shock. Había tantas posibilidades y las que predominaban eran las malas: era posible que jamás volviera a saber de Enrique. Pero era terca, era impulsiva y si por medios oficiales no iban a hacer nada ¡ella se inventaría un método! Podía costeárselo y sin pensar en nada más que eso, emprendió su viaje intentando hallar el avión perdido.

Tardó casi cuatro meses hasta que, en uno de sus vuelos, lo vio. O al menos, lo creyó así. Era un avión como cualquier otro, en medio de la nada, justo cercano a la ruta que seguían ellos ¡tenía que ser!

Aterrizó el helicóptero y su pecho se encogió: se había equivocado. El avión que estaba ahí, parecía estar abandonado desde hacía mucho, quizás diez, veinte años como mínimo. Corroído por el tiempo, el óxido, hasta sus ruedas estaban destrozadas al punto de que ya ni lo sostenían. Se aguantó las ganas de llorar dando una vuelta, sosteniéndose el cabello largo ante el viento que soplaba con fuerza, aun así, no era la suficiente como para arrastrar lejos la tristeza que sentía ella.

No había nadie a su alrededor y quizá, por eso, aprovechó a gritar y desahogarse donde nadie la escuchara ni le reprochara que estaba perdiendo el tiempo, que se ilusionaba por tonterías, que jamás iba a saber nada de él.

Sin embargo, su suerte no era tan mala. En medio de sus lamentos. Una bengala cayó delante de ella. Estela abrió los ojos limpiándose las lágrimas. El olor impregnó su nariz y con nuevas esperanzas cobijando su corazón, se puso de pie y miró detrás de ella y en la ventanilla, lo vio. Y fue como si volviera a vivir después de tantos meses de verlo.

Estela corrió hacia el avión y con algo de esfuerzo, logró abrir la puerta corroída por el tiempo. Ya no se preguntaba cómo había llegado ahí ni por qué no había salido a buscarla ¡nada! Sólo le importaba que estaba con bien y no había absolutamente nada más qué contar al respecto. Ingresó al avión y al volver a abrazarlo, sintió como si el aire volviera a circular por sus venas, como si el tiempo hubiese estado detenido todos esos meses y ahora, justo ahora que volvían a estar juntos, el reloj anduviese una vez más…

******

No podían salir. Los cincuenta y cuatro pasajeros que estaban con ellos habían corrido esa suerte. Entre la desesperación, la claustrofobia e incluso, que todo fuera un simple delirio a causa de su encierro, fueron volviéndose polvo. De uno en uno, de a varios, lo cierto es que de ellos sólo quedaban tres: Rita, Enrique y Emmanuel. De los demás no quedaba nada más que el equipaje.

Con Estela, las esperanzas de Rita de salir de ahí la llenaron. No pensó en cómo sólo vio el helicóptero y deseó con toda su alma subir y no volver a poner un pie sobre un avión de nuevo. Y aunque sus compañeros sabían que no era tan sencillo como ella lo hacía ver, no podían sentirse más felices por ver a alguien más con ellos. Los tres sabían que era una posibilidad muy grande que su vida se viera reducida a los restos de ese avión. El tiempo lo consumió por fuera en casi nada, apenas llevaban unos meses perdidos, sin embargo, lo que estaba en su interior se veía inmunizado a esto, como si lograse permanecer cautivo en el interior del avión. Pero salir… era el verdadero peligro.

Le explicaron esto a Estela, las teorías que tenían, ninguna demasiado cuerda, por decirlo de la manera más suave. Más, ella se preocupó en conseguir provisiones, llevarle lo que necesitaran y pensar en una manera de solucionar eso. Accedieron y la despidieron en la puerta.

Ella se iba y Rita no fue capaz de soportarlo, haciéndolos a un lado y corriendo detrás de Estela, salió del avión. Emmanuel quiso detenerla y tanto Enrique como Estela lo vieron desaparecer en el aire desde su lugar.

Algo en Estela se removió al ver una escena digna de una película de terror, se apoderó de ella y corrió al avión, cerrando la puerta de este y revisando que su esposo estuviera bien. No podía permitir que algo así le pasara a Enrique, no a él, no después de todo lo que había pasado para volver a verlo…

******

Cuando las provisiones se acabaron finalmente, ella tuvo que aceptar partir. Estela tenía miedo, no iba a negarlo, se veía reflejado en sus ojos lo que estaba padeciendo al pensar que él podía sufrir el mismo destino en cuanto ella no estuviera y no podía permitírselo. Se quitó el anillo, ese ridículo anillo con la figura de un avión encima, no le gustaba, pero jamás se lo había quitado desde que él se lo dio tan sólo porque era un regalo de él. y ahora, se lo estaba quitando para entregárselo.

—Volveré por él. No salgas —dijo antes de darle un beso en los labios y salir de ahí antes de arrepentirse de lo que estaba haciendo.

Se apresuró todo lo que pudo y cargó todo lo que podía antes de partir y volver al mismo lugar: los restos del avión.

Con el pasar de los días, se fue haciendo costumbre, Estela ya sólo salía para abastecerlos y nada más. El avión se había convertido en su hogar y con eso, ya llevaban un año viviendo juntos de una manera un tanto peculiar.

Enrique tenía dudas al respecto. Desde que la dejó de ver salir salvo para lo necesario, empezaron sus preocupaciones. Estela ya no trabajaba, salvo en acondicionar el avión en lo que hiciera falta. El agua, la electricidad, lo que necesitaran siendo que era la única que podía salir del vehículo, hasta un jardín hizo fuera para tener frutas y verduras frescas, además, de una bonita vista desde la ventana: su vida se había reducido a eso.

—¿No has pensado que hay más que esto? —le preguntó Enrique una noche mientras veían la luna desde la cabina.

—No, estoy bien así.

No dijeron más al respecto. Ella se acurrucó entre sus brazos y cambió de tema sin querer profundizar más. Ella sabía a donde quería llegar y no se lo iba a permitir.

Al despertar en la mañana, vio el desayuno preparado al lado de su cama, una carta que decía “te amo” y una rosa de papel. Estela se levantó sonriendo tan feliz que no cabía en sí misma, hasta que vio a Enrique en la puerta del avión, entonces, todo se esfumó.

Era lo que él quería. Debía seguir su vida, la de él había terminado. Y aunque tenían días maravillosos, sabía que le estaba arrebatando algo que no iba a recuperar nunca más.

—Te amo —dijo él y ante el grito de ella, intentó correr y alcanzarlo antes de que saltara hacia el exterior y de él no quedara más que una rosa y un anillo con el grabado de un avión.

¡Hola, hola, mis amores! ¿Cómo están? Hasta yo me sorprendo de volver a compartir esto. Es un cuento que escribí para el Inktober del 2019, reto que iba a hacer pura y exclusivamente de aviones.

Fue un año de mierda y como escribir de aviones me recordaba a alguien que quería olvidar, lo dejé de lado durante mucho tiempo. Pero, ya no me importa y al leerlo, me di cuenta de que escribí cosas que me encantaron que quiero volver a compartir con ustedes.

Espero que disfrutend de esta historia y de las próximas que subiré.

¡Un abrazo!

Fictober 2021

Fictober 2021
01
Elabora un fanfic con self-insert ¡Qué no te de pena!
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02
¿Por qué no te consientes? Escribe un drabble de tu OTP más antigua
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03
Escoge una de tus canciones favoritas y homenajeala con un bello escrito
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04
¿Crees en las OT3? Si es así ¡Escribe sobre una!
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05
Haz un fic donde todos actuen sumamente OoC, excepto tu protagonista.
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06
Escibe un fanfic en base al último video de Youtube o Tiktok que viste
07
¿Qué tal un crossover? Sí, un crossover escribirás
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08
Escribe una historia que inicie con el desenlace.
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09
Escribe una historia que incluya (al menos) tres líneas de tu canción favorita
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10
"Mi taza está levitando..."
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11
"Ayer fue 31 de octubre. Hoy es 31 de octubre. mañana será 31 de octubre..."
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12
"Está muerto, pero aún puedo escuchar su risa"
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13
"No puedo amarte, si lo hago: morirás"
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14
"Vaya, mi conyuge es un asesino serial"
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15
Abrir la puerta, enfrentarse al terror
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16
Recibir una llamada de (aparentemente) tú mismo
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17
Tu reflejo te sonríe
18
En la niebla se ocultan los seres malditos
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19
Escaleras a ninguna parte
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20
¡Auxilio! un fantasma tiene un crush conmigo
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21
Todos parecen conocerte; tú no sabes quién eres
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22
Sexo ardiente mientras una amenaza circunda a los protagonistas
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23
Si hay algo que tengo claro, es que el pasado no va a cambiar lo que siento en el presente (el hermano de mi mejor amiga de SHiro-kiba)
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24
Ese acontecimiento lo marcó lo suficiente para que creciera comprendiendo que los sacrificios eran necesarios, que la paz no se compraba sólo con batallas y muerte, También con silencio (Ikigai, bella scuwl)
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25
Dejarían cicatrices en este mundo y disfrutarian de hacerlo, Cicatrices de AliPon
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26
Una aplicación predice tu día con precision
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27
Una maldición gitana
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28
Los humanos son aún más terroríficos
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29
Algunos hechizos tardan años en funcionar
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30
Una historia en cuatro escenas
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31
Una historia que incluya tres figuras retóricas
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