Soñando uno de tus sueños

Blog de escritura

Soñando uno de tus sueños

El resplandor de los relámpagos


El cielo lleno de densas nubes negras. Calma total, no había ningún sonido fuera más que el viento agitando las hojas y ramas de los árboles. De pronto, un relámpago iluminaba el cielo y el trueno agitaba el silencio. Tenía todo planeado, pero que la tormenta se hubiera desatado era un regalo divino. Sí, tenía su tormenta artificial con los ventiladores industriales encendidos a máxima potencia y la Sinfonía N° 6 en Fa Mayor, Op. 68 de Beethoven. Siete años de planeación para al fin llevarlo a cabo.

Dormía, Dorotea seguía plácida su siesta y luego de acomodar todo para hacer la perfecta escena e inicio de su vida, fue directo a su habitación. El trueno hizo eco en toda la casa cuando abrió la puerta. El cielo debía ser uno de sus grandes admiradores para darle semejante banda sonora a su mayor acto artístico. Él, se acercó a la cama con el cincel en mano y la contempló dormida. Años odiándola en secreto, sufriendo sus humillaciones, siendo menos por no llevar su sangre, por ser “el hijo de la otra”. Pero ya no podía más.

Quedaron solos en la casa y tomó la decisión final. En el piso de damero estaban sus sueños rotos, aquellos que ella había destruido. Sus juegos de naipes, sus trucos de magia, sus aspiraciones al arte, hasta sus vestimentas de bailarín. Y ahí, sin que nadie pudiera verlo, también estaba su dignidad, una que pensaba recuperar ahora mismo.

Tenía su delantal manchado de pintura puesto, la boina que ella odiaba y el cincel y martillo en mano para atravesarle el corazón. Calculó la distancia y lo clavó justo cuando el rayo iluminó el cielo. Años ella había sido la tormenta, las nubes densas, los truenos y él, era eso, un relámpago intentando hacerse notar, resplandeciendo un instante para que ella lo opacara siempre. Todo eso estaba a punto de acabar.

Ella despertó dando una bocanada de aire y martilló más fuerte. La mano de la mujer se aferró a su delantal y volvió a machacar una y otra y otra vez hasta que lo hundió y lo perdió entre su costillar.

Estaba agitado, con la adrenalina fluyendo por sus venas, con los ojos bien abiertos y las manchas de sangre por la cara, el delantal y toda la cama. La mano de ella lo había soltado hacia rato y ahora, caía por el borde de la cama sin vida. Sus ojos quedaron abiertos y su boca chorreando sangre. Nada de eso le importó. Tiró el martillo a un lado y la levantó de la cama, justo a donde había dejado todo. El piso de damero era una combinación perfecta con su camisón rojo brillante, justo a tono del color de su sombrero. La acomodó en el suelo y le sacó una foto. Tenía una polaroid, así que esperó a que saliera impresa y vio la fotografía con una sonrisa. Dejó la cámara a sus pies y la foto de pie, junto a su sombrero: era un escenario perfecto.

Subió a su habitación a cambiarse y quitarse la sangre. La satisfacción que tenía era única, vibrante: ahora comenzaba su allegro. Agarró la mochila que ya tenía preparada desde antes y salió de la casa. La tormenta ya había cesado, la calma regresaba, su vida comenzaba…

Princesa sirena

 


¿Por qué iba por la playa en medio de la tormenta? Aún cuando sabía que el peligro podía golpearlo de frente. Un rayo, una ola, podría pasar cualquier cosa, incluso, caer y ahogarse en el mar por la borrachera. Pero ni el agua fría que lo golpeaba lo hacía sentir más lúcido. Nada. Ricardo se preguntó por qué lo hacía y no hubo una sola respuesta que pudiera parecerle razonable.

Sólo una melodía.

Una voz dulce y armoniosa sonaba en medio de la tormenta y él se convenció de que las gotas de agua que caían sonaban como un piano que acompañaba la voz. Si los dioses cantaran, juraría que sonarían como ella.

La mujer, sentada en una piedra en la base del peñasco, veía la inmensidad del mar y continuaba su canción como si no existiera problema alguno. Las notas de su voz acompañaban exactamente el compás de la tormenta como si fuera creado por ella.

Se repetía que era el alcohol que había ingerido y se quedó a la orilla, medio tambaleando mientras veía la espalda de ella. El cabello cobre caía y se pegaba a su piel como si fuera a fundirse.

Cuando terminó de cantar, la tormenta se convirtió en lluvia y pronto, paró de llover. Ella volteó hacia la orilla y al ver los ojos brillar como perlas azules en medio de la oscuridad, sintió que la respiración se le cortaba y sosteniendo su garganta con las manos heladas, intentó atrapar el aire sin éxito, desplomándose en la arena mojada al perder el conocimiento.

El frío le pasó factura y con un fuerte temblor, tanteó a su alrededor buscando la sabana y se encontró la arena húmeda debajo de él.

—¡Qué bien! —Escuchó una voz femenina a su lado, abriendo los ojos con esfuerzo. El sol le molestaba y la cruda le estaba pasando factura. Por un momento, creyó ver el cabello cobrizo que recordaba de la noche, de aquella mujer cantante, sin embargo, al enfocar mejor su vista, encontró a una mujer diferente. Si tenía que definir su color, diría que sus rizos eran del mismo color de la arena bajo el sol. Los ojos azules lo miraron con emoción al verlo despertar y sentarse mientras se frotaba la sien—. ¿Te sientes bien? ¿Te acompaño a algún lado?

Las preguntas se repitieron en su cabeza mientras pensaba en una respuesta e intentaba recordar cómo había llegado ahí. Sólo podía pensar en lo bonita que era y lo mucho que le dolía la cabeza.

—Tengo sed —fue todo lo que dijo y se puso de pie intentando hacer memoria. Pero tambaleó y la mujer lo ayudó a ponerse de pie y a mantenerse lo más estable que su cuerpo le permitiera. Era la peor cruda de su vida, incluso, no se sentía como una cruda. Era como si sus sentidos no estuvieran del todo correctos.

—Vivo cerca, puedes quedarte ahí si quieres —se ofreció ella con una sonrisa. Al mirarla, se sintió encandilado, como si ella tuviera brillo propio. Tuvo que cerrar los ojos un momento, era como ver al sol directo, sin anteojos ni protección alguna.

—Maldita borrachera —murmuró frotándose los ojos con los dedos, tomó aire y volvió a enfrentar la inmensidad del mundo y sólo se arrepintió de ello. Se sentía peor.

Así, terminó por aceptar la invitación de ella, le pediría un café y luego, se iría a su casa a dormir el resto del día.

Elody era el nombre de su nueva amiga. Lo recibió muy amable en su casa y le hizo un café, también, le sirvió un par de tortillas finas que acababa de calentar en el brasero. Tenían un olor increíble y aunque no se sentía del todo bien, la gula lo pudo y le dio una buena mordida a la comida.

Se quedó hasta el mediodía hablando con ella. Su voz le resultaba relajante y a pesar de su malestar, era divertido hablar con Elody. Se sentía como si la conociera de toda la vida lo que era realmente extraño al ser una mujer que había conocido en la playa, esperando que un borracho despertara. Pero eso fue lo único que no le preguntó y sólo lo recordó mientras iba en el taxi ¿cuál era la razón por la que ella se había quedado?

Le dio su numero y quedaron en verse al día siguiente, en una fiesta con sus amigos, así que oportunidad no le iba a faltar. Por ahora, sólo quería llegar a dormir el resto del día.

******

La fiesta era mucho más tranquila de lo que él acostumbraba a presenciar. Ricardo esa noche fue con su novia, Fernanda. Lo cierto es que había hablado de todo con Elody, excepto la parte donde no contó cuál era su relación sentimental y creyó ver un rastro de decepción cuando presentó a Fernanda con ella. Pero fue tan rápido que no supo qué tan cierto fue. Elody sonrió como lo hizo antes y les entregó un par de collares de flores de papel y sorbetes de colores, invitándolos a que fueran a la barra a comer y beber lo que quisieran.

La casa estaba en la playa, lo que Ricardo notó fue que estaba muy cerca del lugar donde se había desmayado, de hecho, se lo podía ver a la perfección desde donde estaban. Había un pequeño balcón donde estaban algunas mesas con bebidas y cocteles, cerca del DJ, quien de la música tropical había pasado a poner cumbias viejitas.

—A la medianoche habrá un concurso de baile. Hay premios —les contó Elody y tomó de la mano a Fernanda— ¿quieren verlos? Vamos, les va a encantar. Así se esfuerzan en la pista —guiñó el ojo y miró al cielo. La luna llena brillaba en la noche.

—¿En serio podemos verlo? —preguntó Ricardo.

—Claro que sí. Nadie se va a enterar —insistió Elody y los llevó al interior de la casa, hacia la habitación que estaba al final del pasillo.

Los demás invitados quedaron hablando y bailando, sin importarles qué sucedía con ellos tres, así que era fácil moverse.

Mientras se dirigían hacia la habitación, se cortó la luz. Elody paró en secó y abrazó el brazo de Ricardo con fuerza.

—No me gusta la oscuridad. Le tengo miedo —balbuceó de manera entrecortada, con un leve temblor en su cuerpo.

—¿Fernanda? —llamó a su novia, pero no hubo respuesta.

La oscuridad era su primer aliado.

Las criaturas de la playa, las segundas.

La garganta de Fernanda se llenó de agua, aunque escupía, seguía apareciendo. Crecía y llenaba su garganta, nariz y vías respiratorias como si su cuerpo produjera el agua. Tanteó en la oscuridad y los cangrejos se habían camuflado con la pared, estiraron sus tenazas y la atraparon.

Elody se quedó quieta junto a Ricardo, aunque a diferencia de él, ella sí podía ver lo que sucedía. Y hasta que Fernanda no dejó de forcejear, no dejó de mirar.

Estiró su mano y rozó sus uñas por los labios de él.

—¿Te preocupa Fernanda? —preguntó soplando en el oído de él.

—¿Qué Fernanda?

Elody se rio feliz y apoyó la cabeza en el brazo de él.

—Vamos a dar un paseo por la playa —dijo melodiosamente como una canción.

Ricardo asintió y la siguió. La luz volvió y dejaron atrás el cadáver de Fernanda, lleno de cortadas de los cangrejos, quienes ya habían desaparecido después de cumplir su cometido.

Bajaron hacia la playa y Elody se quitó los zapatos dejándolos en la arena, agarró de la mano a Ricardo y lo hizo caminar hacia el mar. El agua fría rozaba sus pies y poco a poco, comenzaban a hundirse en el agua. La luna llena los iluminaba y vigilaba por igual. El cuerpo de Elody cambió en cuanto estuvieron sumergidos hasta la cintura. Su piel antes blanca había tomado un tono verdoso tornasol, lleno de escamas que brillaban en diferentes colores a la luz de la luna.

Pronto se deshizo de la ropa humana quedando con el torso al descubierto mientras su cabello cobre se mecía al ritmo de las olas, comenzó a cantar una vez más. Durante la luna llena, los poderes de las sirenas eran más fuerte, durante esas noches, podían alimentarse de los hombres y robarle los años de vida que le quedaban para absorberlos ella. Así su reino se había construido durante siglos y aunque las leyendas los pintaban como monstruos terribles, ellas eran hermosas y podrían mezclarse con facilidad entre los humanos para conseguir a sus presas. Lo cierto es que ninguna leyenda hablaba de los hechizos tan fuertes que manejaban las sirenas y lo poderosas que podían ser bajo la influencia de la luna nueva.

Los humanos, erróneamente creían que sólo las brujas podrían hacer uso de la magia. Realmente, los brujos habían aprendido de ellas, de los seres del bosque y de la noche. Sin embargo, con el tiempo los humanos también se olvidaron de los peligros que afectan a su especie y transformaron todo en simples supersticiones, el mejor disfraz para cualquiera de ellos.

Ricardo estaba bajo su hechizo, hipnotizado por su voz, por su belleza, por su encanto de sirena. Lo había estado desde la tormenta cuando lo llevó hasta ella con su canto, pero aún era débil. De hecho, en días donde la luna los influenciaba, con solo su voz podría hacerlo caer bajo su hechizo, sin necesitar siquiera su canto. Pero era tradición para las sirenas cantar para celebrar sus logros, así, sus víctimas no se resistían y permanecían casi intactos al terminar de alimentarse.

—¿Me amas? —le preguntó nadando a su alrededor.

—Como nunca he amado a nadie en mi vida —respondió él con un tono de voz monótono. Elody se regodeó de alegría y restregó su rostro por su pecho.

—Yo sólo quiero ser amada —y mientras lo decía, él la abrazaba. Era un rito que tenía siempre antes de comer. Le gustaba sentirse especial, deseada, especialmente, si alguien era feliz sin ella. Había algo que le impedía ver la felicidad ajena como algo bueno y a como diera lugar, ella debía ser la causa de su última sonrisa.

Y cuando los veía sonriendo, agradecía…

Por la comida.

Las uñas de Elody recorrieron la camisa con tres botones abiertos y cortó los restantes, saltando al agua y chapoteando hasta hundirse en el agua. Recorrió los pectorales y al enderezar su mano, sus uñas brillaron como bisturíes en la noche, horadando el pecho justo en el corazón, hasta arrancarlo de cuajo y quedarse con él en su mano.

Ricardo seguía de pie frente a ella. Los labios rosados ahora estaban teñidos de sangre, tambaleando por el agua.

Elody lo observó, era lindo después de todo. Y mientras se deleitaba con su belleza, le dio el primer mordisco al corazón. Luego el segundo y antes del cuarto, lo engulló completo, relamiéndose los labios con la lengua, luego, saboreó la sangre en sus dedos y sin soltar a Ricardo, lo llevó nadando a la profundidad del mar, dejando una mancha de sangre en el camino que se iba disolviendo a medida que las olas mecían el agua. Aún así, era mucho peso y también, era demasiado grande. Elody sabía que no encajaría tan bien en su colección así, por lo que una vez más, afiló sus uñas contra la carne del cuello y despegó la cabeza de un solo manotazo. Su cuerpo y su cabello también se mancharon con sangre y resto de las vísceras que salpicaron por el desmembramiento.

Con la cabeza en sus manos, Elody delineó las mejillas y le dio un beso en los labios, relamiendo la sangre que quedaba en ellos hasta dejarlos limpios.

Luego, se hundió en el mar, nadando hacia la oscuridad más profunda, acomodando la cabeza de su ultimo amante en un estante de piedra, donde se pudrían junto a tantos otros hombres que habían cometido el pecado de hablar con ella.

Elody nadaría a su alrededor y les contaría historias de cómo se habían enamorado y cuan feliz la hacían. Hasta que tocara la próxima luna llena y saliera a enamorar a otro hombre para convertirse en una parte de ella.




¡Hola, hola, mis soñadores! ¿Cómo están? Sobre la hora, pero llego con el reto de Abracadabra de Pasión por los fanfics. El reto consistía en escribir una historia basada en uno o más elementos de los que nos proponían.

Siendo sinceros, escribí esto varias veces y llegué a más de 30k (tengo para una novelita xD), así que opté por hacer un último intento y escribir lo primero que saliera. Y acabé hablando de sirenas XD quería usar alguna leyenda argenta, pero no es que nos caractericemos por las sirenas (?).

Elegí usar: oscuridad, ritual y luna llena. Quería meter brujos, pero no se dio, será en otra oportunidad xD

Espero que les haya gustado.

¡Un abrazo!

Criminales

Criminales

«No creo que vuelva a amar a alguien de esta manera» piensa él mientras la ve tomar el colectivo en la terminal.

«¿Me extrañará lo suficiente como para cumplir su promesa?» se pregunta ella mientras lo ve a través de la ventana. Levanta la mano, saluda antes de que el vehículo arranque y se aleje, quizá para siempre de esa plataforma.

Es él la razón por la que llora mientras se acomoda el cabello y espera que apaguen las luces y nadie la vea entre todos los pasajeros. Aunque también llora por otra persona: la que la espera en casa.

Piensa en él y contiene las lágrimas y el quizá que su mente va construyendo.

«Quiero verte» con ese mantra en la cabeza, fue rezando alegrarse por su encuentro. Quiere verlo y confirmar que nada había cambiado y que su aventura en la ciudad no los afecta en lo absoluto. Quería verlo y saber que lo ama solo con mirarlo. Escuchar su voz que revolotea su corazón como mariposa en primavera.

Antes de entender su propio corazón, ya estaba bailando al ritmo que otros labios cantaban. Y llegar a casa fue enfrentar una fuerte decepción de sí misma.

«Estamos bien» se dice cada vez que ve a su novio. Debe amarlo. Es un buen hombre, amable, la ama con locura y la apoya. Le da seguridad y la colma de felicidad ¿Por qué no se siente así? ¿Culpa? ¿Desamor? ¿Debe aminorar la carga de su conciencia y contarle todo? Lo piensa y está segura de que eso sólo iba a estropear su futuro.

«Si el mundo terminara mañana, no dudaría en abrazarte para siempre» las palabras de Adriel invaden sus sentimientos y vencen a la poca razón que le queda mientras está con su novio.

Se convence de que esa relación es la que le conviene porque lo ama y es feliz. Se lo repite una y otra vez sin saber si ella misma lo siente o solo es una dulce mentira para cubrir las heridas que causaría.

Ha pasado un tiempo desde que no sabe de Adriel. Y a lo mejor es para bien. Él está casado y le llevaba casi quince años. Eran generaciones diferentes, ¡Pero ¡qué bien se había sentido! La experiencia de un hombre que sabe lo que quiere, que la complace y que tiene clara la vida eran atrapantes y seductoras.

Las manos grandes y en las que ya se vislumbraba algunos años le mostraban caminos que no sabía que existían. Su voz gruesa repitiendo su nombre teñido de pasión cobraba otro sentido.

—Nahir —escucha la voz en su mente y se mezcla con la realidad: su novio la llama mientras los recuerdos indecorosos vuelven a encerrarse tras esa puerta que juró nunca volver a abrir.

—Sí —un monosílabo escueto pronuncian sus labios sin mirarlo. La vergüenza se mantiene en sus ojos y hasta que la sensación de la yema de los dedos en sus brazos, los besos en su cuello y el hechizo que lanzaba con su mirada no desaparecieran por completo, lo evitaría otros cinco, diez minutos—. Iré a comprar la cena —… quizá, media hora más para juntar valor y volver a la normalidad.

El teléfono suena en el bolsillo camino al supermercado y ella tiembla. Se siente como si hubiese cometido un crimen ¿La traición lo es? Llevará unida a Adriel el resto de su vida con esposas invisibles que ninguno de los dos podrá cortar.

Y mientras, el teléfono sigue sonando en su mano mirando hipnótica la pantalla.

—Cariño —escucha la voz de su novio, apacible y reconfortante, tanto así que solo remueve más la culpa—. No hay azúcar, si puedes comprar ya que estás de paso.

—Lo haré.

La conversación se torna diferente. El teléfono no sonará por Adriel. Ella tiene la llave que le permitirá encerrar todos esos recuerdos tortuosos tras una puerta que no abrirá por el resto de la eternidad.

Será feliz con la vida que tiene de una vez por todas. Él se lo merece, lo necesita y lo vale. Sujetar su mano el resto del camino es justo lo que necesita. Así, vuelve a casa sin haber comprado nada, solo con la irremediable sensación de que debe correr hacia sus brazos o lo perderá para siempre. Y apenas abre la puerta, le dice lo mucho que lo ama y que los meses lejos la hicieron sentir mal. Lo extrañó a mares y no sabe cómo demostrarlo.

Así, el secreto de que alguna vez fue una criminal queda sepultado. Jamás será contado y vivirá con el peso de haber roto una confianza que no se merecía, pero lo compensará haciéndolo feliz el resto de su vida.

******

Meses más tarde él la invita a la ciudad. Un fin de semana solo para ellos dos. Le pedirá que use su mejor vestido e irán a un sitio elegante a comer.

Ella nunca lo sabrá: Adriel la vio toda la noche desde el otro lado del restaurante mientras un piano nostálgico e inquieto sonaba de fondo.

Ambos toman caminos diferentes acompañados de otras personas. Y ninguno tendrá el valor de verse una vez más.

Ella es feliz con alguien más. Sonríe como si la vida fuera hermosa aún estando lejos.

Y él lo hace con su mujer.

Dos felicidades incomprensibles y pasajeras que deberán cuidar por siempre.

Al terminar la velada, Adriel sale con su esposa y mientras esperan un auto, él saca su celular y borra su contacto. Las cadenas invisibles seguirán, pero él no las cortará, solo las esconderá el tiempo que haga falta.

Y como si no hubiera una batalla de emociones en él, abraza a su esposa y cuando para el coche, le abre la puerta y la ayuda a entrar.

Jamás le contará de su actuar, de la traición, de que una vez fue criminal.

Sólo se queda con el quizá, el recuerdo y la vida que tiene armada y no puede romper. Aunque sabe que nada volverá a ser igual. Pero ya habían elegido sus caminos con otras personas que amar…

¡Hola, hola, mis queridos soñadores! ¿Cómo están? Terminé el cuento de trasnoche y me di con que la confesión que elegí no cumplía con la consigna que habían puesto XD siento que este reto no está hecho para mí. Es el tercer cuento que escribo sin éxito. Pero ¡bue! Ya está hecho, me encanta y aunque no participe, lo comparto.

Igual, por si quieren sumarse, les cuento. El reto consistía en elegir una confesión de Pasión por los fanfics y escribir un fanfic, crossover u original inspirándose en la confesión. Yo elegí la de "Hombre maduro" que implicaba además una infidelidad —sumenle que Fujita Maiko y Daisuke Hirakawa me traen loca con sus canciones sobre infidelidades—, tenía que escribirlo sí o sí.

Espero que les haya gustado y si el tiempo se me da —y los modos también—, quizá llegue con otra confesión más.

¡Un abrazo!

Premonición

Premonición

¿Qué hago vestido así? Esta falda con volados, las bucaneras largas y blancas, hasta esta blusa escotada que deja ver mi pecho y vello. Me he dejado crecer el cabello gracias a esto y ahora, llevo dos hermosas coletas a los lados junto con una tupida y varonil barba. Parece el comienzo de un chiste, sé que muchos pensaran eso en cuanto me vean salir vestido de esta forma ¿Qué hace un hombre de casi treinta y seis, vestido de niña de ocho? Pues, se los diré: trabajo.

Trabajo en una cafetería y yo soy el promotor de la misma. Me paro en la puerta, luciendo mi bella sonrisa y me encargo de atraer a la clientela. ¡Y vienen! Las mesas están llenas cada día gracias a mi encanto. Sí, debo admitir que jamás pensé que esto fuera a funcionar. Cuando llegué al país, pensé que era algo… demasiado fuera de lo común y que no llamaría la atención en lo absoluto, en todo caso, que acabaría buscándome otro trabajo al poco tiempo por el fracaso de éste. Pero puedo decir orgullosamente que hace seis años que trabajo de esto. Vivo bien, pago mis deudas y realmente, a nadie parece importarle aquí si uso un vestido como si uso un pantalón. Me gusta porque la ropa es ropa y nada más.

Era miembro de una banda antes de que el vocalista decidiera hacer su carrera de solista. La banda se disolvió, como todas las bandas. Generalmente, cuando se pierde un miembro, la banda tiene pocas posibilidades de seguir, al menos, fue nuestro caso que entre buscarnos otro vocalista o separarnos, prefirieron separarse. Yo ya sabía que se iban a separar, lo vi con bastante tiempo por lo que ya tenía planes.

Me pasé viajando durante unos tres años buscando en qué orientar mi vida. La música sigue siendo algo que me gusta mucho y pensaba que podría vivir de ello tranquilamente. Soy baterista, el baterista suele ser una parte fundamental de una banda, pero generalmente, somos pocos. Puedes conseguir a veinte vocalistas, guitarristas y bajistas, pero la batería, cuesta hallarla quizás, porque no destaca, que te sientas al fondo, detrás de la batería que no tiene el gran encanto de la guitarra y la presencia del cantante, pero haces tu parte en la banda, que sin percusión no es lo mismo la música. A mí me gusta. Aun así, no terminé de fijo en ningún lado, decidí seguir viajando sin atarme a nada, hasta que me até a algo. Fue cuando me robaron en el aeropuerto. No me di cuenta de que me arrebataron la billetera hasta que fue demasiado tarde. Pero corrí con suerte, alguien me tendió una mano en ese momento y aunque no sé quién fue quién me robó hasta la fecha, sé que gracias a eso, comencé mi vida de manera fija aquí. Conseguí este trabajo, una casa y una vida muy agradable. Todo por ese pequeño percance.

Parece la vida de cualquier otra persona, común y corriente o al menos, eso pudiera llegar a ser. Pero tengo un don, un don que a veces, es increíblemente molesto, como todo don, imagino, nunca he hablado con nadie acerca de esto más que con ustedes. Bueno, la cosa es que… ¿cómo se los digo? Puedo ver el futuro. A veces de manera muy sutil, como en un sueño, que suele ser mucho más tranquilo que darle un folleto a un hombre y quedarte como si hubiese visto y saludado a Ryuk caminando por la ciudad. Sí, Ryuk es ese personaje tan simpático de Death Note, ése con el que no puedes disimular que has visto algo fuera de este mundo. Puede ser por cosas importantes o que al menos, a ti te parezcan importantes. Me habría servido para evitar que me robaran, aunque no sucedió en ese entonces, sí más tarde cuando evité un accidente con un chico en bicicleta. A veces es útil, a veces, es inconsistente. A veces, sólo molesta. Pero mientras digo buenos días y los invito a tomar nuestra especialidad de café con crema batida y caramelo, puedo ver que el hombre que se sentó a leer el periódico en el rincón de la esquina, caerá dentro de una hora por un ataque cardíaco del que no podrá reponerse. De todas formas, le digo a Yuri que por las dudas, tenga discado el número de emergencias en su teléfono unos quince minutos antes de las diez. Las ambulancias son rápidas, eso lo sé.

Y mientras entono la melodía súper simpática y pegadiza que suena por el estéreo, veo que la chica que acaba de entrar va a ser despedida de su trabajo y volverá en la noche a tomar una copa de chocolate y vainilla con una amiga, llorando por lo ocurrido. Se los dije, a veces es inútil esto. Y a veces, no ocurre nada por largos períodos de tiempo. El universo parece una perfecta confabulación para agobiarme en los días más complicados.

Me voy sin cambiarme al terminar mi turno. Podía haberlo hecho, pero Yuri estaba usando el baño para cambiarse el traje, por lo que simplemente, preferí no demorarme más tiempo e ir a tomar el subte de esta manera ¿a quién le podía importar? A mí no, eso era seguro. Y contando que los zapatos que llevo hoy no tienen tacones, puedo andar tranquilo sin preocuparme de que voy a estar casi cuarenta minutos de pie en tacones.

Al bajarme, me voy por un camino diferente al que suelo tomar todas las noches. Debería seguir tres cuadras a la izquierda al salir del subte, me voy hacia la derecha, al konbini a comprar algo para la cena: hoy no cocino.

Hubiese sido un día de lo más común si no me topara con esa chica al salir de la tienda: vi algo, porque no podía finalizar el día sin tener algo más en mi cabeza. La seguí ¿qué le iba a decir? ¿Qué dos hombres la iban a atacar camino a su casa y que posiblemente, no regrese ilesa? No, no podía. Que una lolita con barba te intercepte en la calle para decirte que dos hombres te van a atacar y posiblemente, te maten en el camino no es algo que quieres escuchar a las nueve de la noche. Así que hice como que andaba paseando por ahí, lo más disimuladamente posible que puede ser un hombre que anda vestido de mujer, por supuesto. Fue hasta que llegó a la intercepción de mi visión que vi correr a uno y a sabiendas de que el bento que acababa de comprar acabaría arruinado, corrí hacia él, empujando a la chica antes de que la tocara y dándole una poderosa patada al criminal. ¡Jah! ¿Qué se siente que una lolita te deje marcado sus zapatos en tu cara?

El otro tenía una punta y estaba listo para atacarme, pero lo detuve de la muñeca, le torcí el brazo en la espalda, posiblemente, no haya medido mi fuerza y se haya desgarrado, un pequeñísimo percance. Pero la muchacha estaba bien, con un moretón a causa mía, pero estaba bien.

—Repórtalos a la policía, por favor —le pedí. No sé dónde quedó mi celular después de esto, pero confiaba que ella pudiera llamarlos desde el suyo, mientras yo me quedaría ahí hasta que vinieran. No les dije, pero estudié artes marciales apenas acabé mi curso de idiomas. Y lo bien que hice.

En cuanto acabó la llamada, que casi me arrepentí de no haberla hecha yo, pues la voz de ella temblaba, le pregunté cómo se sentía. La notaba un poco más calmada que antes, aun así, la veía pálida todavía. Un buen susto se debe haber llevado.

La policía llegó rápido y nos vimos desocupados más rápidamente después de eso.

—¿Dónde vives? Te acompañaré —le dije ofreciéndome con una grata sonrisa, pero ella aun nerviosa, me respondió que no sabía. Menudo susto se debió haber llevado con todo eso.

No tenía mucho más qué hacer que invitarla a mi casa o dejarla con la policía. Realmente, la segunda idea parecía mucho más viable, pero no estaba seguro de que fuera a tranquilizarse al estar con aquellas dos personas. Aunque decidió seguirme, lo que me hizo pensar que realmente, había entrado en shock y no tenía idea de dónde estaba parada.

El día finalizó con ella durmiendo en mi cama, apenas me ha hablado, pero se la ve más calma, mientras, yo veo un programa de variedades en la sala, comiendo un onigiri que no parece onigiri. Les dije, esto tiene sus ventajas y desventajas, aunque a veces, son más buenas que malas.

Konbini: Abreviación japonesa de Convenience Store, una especie de supermercado, la diferencia es que tiene absolutamente todo, todo lo que puedas necesitar, desde la comida lista para cinco minutos en el microondas, diarios, lápices, estuches escolares, barbijos, hasta baños abiertos al público. Eso sí, un poquito más caros que el supermercado normal.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de las mil maravillas. Traigo un cuentito viejito que pienso usar para el reto de este mes en Pasión por los fanfics, que este personaje da para mucho y lo he tenido bastante abandonado ¡Y de paso, le doy nombre! XD

Espero que lo hayan disfrutado.

¡Un abrazo!

La torre de los cuentos #3

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Gato malo

Gato malo

Gato malo, gato malo. Escuchaba siempre esas palabras de él. Gato malo, gato malo, sal de este tejado. Héctor, el gato, caminaba con la cola erguida y los bigotes medio chamuscados como si no le importara nada de lo que decían los humanos. A veces, por sólo molestar a aquellos que los trataban mal, se sentaba a maullar en el techo del vecino hasta que se aburría y se iba, pero dejaba con los nervios a flor de piel a sus enemigos. Y hasta aturdidos por sus fuertes y agudos maullidos.

Gato malo eres, gato malo mueres.

Héctor lo ignoraba. Contaba con un secreto que lo volvían de un vil gato callejero a un joven candente por el que todos se sacarían el sombrero. Héctor como gato era tremendo, pero como humano, no había palabras para describirlo ni existía alguien que pudiera contenerlo.

Hurtaba, mentía y seducía a cuanta jovencita se encontraba. Como gato se paseaba con la cola erguida y el pecho inflado. Como humano, con sonrisa galante y porte elegante.

Héctor, el gato, siempre iba muy confiado, sin esperar que nadie pudiera pararlo o siquiera, sospechar que podría ser un simple gato. Hasta que conoció a Ada, aquella que fue capaz de acabar con su magia.

Ada fue engatusada con sus palabras y la llevó a su lecho como a tantas otras damas, sin querer volver a saber nada de ella cuando el deseo carnal se acababa.

Se marchó con la intención de no volverla a contactar. Pero a Ada no la iba a humillar y con el deseo de volver a verlo, recorrió cada oscuro callejón, calle y bar que encontró, esperando a Héctor hallar una vez más.

Ada no era una mujer enamorada, sino una muy enojada. Y con ese sentimiento guiando sus pasos, fue a dar con su paradero.

Héctor ni la recordaba, había tantas humanas como gatas en sus hazañas ¿Le sonaba familiar al menos su cara?

A su mente no venía absolutamente nada.

Ada no perdonó tal atrocidad: la había herido y ella, estaba dispuesta a todo, hasta a matar si llegara a faltar. Pero hubo una idea que le pareció mucho mejor.

Héctor sintió su vello erizarse y comenzó a alejarse. Saltó la barra del bar en el que se hallaba y por la puerta trasera halló su escape. Pero era imposible huir de ella: Ada tenía magia y no de la mala como Héctor. Éste, escurridizo, se perdió como un gato callejero.

El ojo mágico de ella lo encontró y lo persiguió como si en vez de gato, Héctor fuera el ratón. Aterrado se sintió al ver un destello de brillo amarillo en los ojos de la mujer y nuevamente, con el pelaje erizado y los bigotes chamuscados tensos, saltó hacia el techo y corrió tejado por tejado.

Héctor estaba cansado y un poco borracho cuando ella le saltó en frente y lo detuvo.

Gato malo: por fin te he atrapado.

Ada lo tomó de la cola y se la cortó: el gato no volvería a usar sus poderes ni volvería a seducir mujeres.

Humillado, pero con fuerza para pelear, la arañó, saltó a su cara y en el cuello la mordió.

Héctor, apenas en unos segundos, de su vista desapareció y sólo el silencio se rompió cuando Ada se quejó por la herida que el gato dejó.

La moraleja que Héctor, el gato, nos deja es que se cumple el dicho: quien mal anda, mal acaba. Héctor es sólo un simple gato callejero, según los cuentos.

Gato malo, gato malo, has quedado abandonado.

Pero hay quienes son más optimista y no creen en los cuentos, sólo en ese gato callejero, esperando cobrar venganza… cuando llegue su momento.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Traigo cuento y con doss retos en uno. Junté la del cuento (que terminó casi en fábula).

Uno de los retos es del Grupo Pasión por los fanfics (perdón, siempre acabo en los originales XD) y el otro es de los 52 retos que tenía pendientes de terminar. Uno menos en el tintero.

Espero que les guste y superen las rimas al estilo Dr. Zeus XD (?)

¡Un abrazo!

Prueba de valor

Prueba de valor
El siguiente contenido presenta material explítico, sexual y/o violento no apto para menores de 18 años o personas sensibles.

Parte de la casa se estaba desarmando. Como si las partes tuvieran vida propia, iban danzando en círculos y tomando forma de alguien parte por parte y de forma perfecta: era Renato, un esqueleto, que acababa de despertarse de su sueño. Se estiró haciendo crujir sus huesos y detectando de que uno de ellos estaba en el lugar equivocado cuando su mano cayó al suelo.

—Debes dejar de dormir de esa manera —dijo una voz que salía de la ventana… más bien, era la ventana la que estaba hablándole— ¿desde cuándo los muertos duermen?

—¿Acaso crees que debemos soportarlos a ustedes todo el día? Es nuestro momento de desconexión —le explicó Renato buscando el sombrero que había dejado en la hamaca. Se lo colocó y bajó las escaleras y en la entrada de la casa, estaban tres mujeres (tres esqueletos igual que él) con bikinis y pamelas de colores tomando el sol de la mañana. Y a unos cincuenta metros de ella, se sentían voces y risas, no eran nada más ni nada menos que Ernesto, Pascual y María, que habían encontrado la forma de divertirse nuevamente.

Ernesto había atado una soga a la chimenea y el otro extremo iba hasta la columna que tenía el buzón de cartas, en bajada. Así, los tres se estaban lanzando como si fuera una tirolesa. Pascual se lanzó y se estrelló con la columna, salpicando huesos por todos lados y volando un par de falanges al sombrero de Renato.

—¡Tengan más cuidado! Arruinan mi estilo —se quejó sacudiendo el sombrero. Luego, abrió las rejas y salió hasta el árbol donde había unas macetas con manos humanas que eran cubiertas poco a poco por una Santa Rita fucsia. Vio las flores y se sintió pletórico sentándose a contemplarlas sobre una de las raíces que sobresalía del suelo.

Era un día casi normal en la casa, todo tenía la misma vida de siempre. Los ronquidos de la ventana, el monólogo de la encimera de la cocina y una tierna melodía en el piano que el hechicero tocaba. A su lado, apoyada en la caja de resonancia, con una palidez sepulcral y la piel pegada a los huesos como si estuviera a nada de descomponerse, ella lo escuchaba tocar el piano. Incluso el sonido parecía capaz de desarmarla, pero estaba a su lado, sonriendo.

—Pronto llegaran —dijo el hechicero haciendo silencio un momento.

Ella volteó y la cortina se corrió sola dejándola ver a través de la ventana. Dos personas se acercaban por el camino de tierra con una calabaza en sus manos. Más o menos, deberían tener unos dieciséis o diecisiete años.

—Podría ser más de uno al año esta vez —dijo el hechicero y puso unas hojas en el atril con una nueva canción.

Beethoven los iba a hipnotizar. Así, la música sonó y atravesó las paredes y todo quedó en silencio. Los esqueletos estaban inmóviles en la postura en la que habían quedado antes y todo parecía haber perdido su magia y vida.

—Qué tétrica decoración —dijo uno de los muchachos frente a la puerta.

—Es lo de menos. Consigamos algo del interior de la casa y regresemos —respondió dándole la calabaza a su compañero. Subió los escalones que rechinaron de manera estridente y le pusieron los pelos de punta. Su compañero no quería subir, intentaba convencerlo de regresar de alguna manera, pero él estaba dispuesto a cumplir con la prueba.

Se contaba en el pueblo que la casa estaba maldita y que para poder llevarse algo de la casa sin ser maldecidos también, debían dejar una calabaza en la cocina. Era la famosa prueba de valor que nadie quería realizar. Pero ellos cambiarían la historia de una buena vez por todas.

Ignorando el miedo de su compañero, Ricardo lo agarró del brazo y lo jaló hacia el interior de la casa. Una gran ventisca de polvo se levantó cuando abrieron la puerta, les causó tos a ambos tomándose un momento para recuperarse y seguir con su camino hacia la cocina.

Ricardo sacó una linterna y fue marcando el paso a su amigo de a poco. El piso hacia un sonido tétrico al pisarlo, digno de una película de terror. Mientras Daniel, su amigo, iba mirando por encima de su hombro con la sensación de que algo los estaba siguiendo.

Llegaron al final del pasillo y encontraron unas escaleras caracol y una puerta hacia su derecha. Ricardo estiró la mano para entrar, pero la perilla se giró sola y la puerta se abrió, así, al entrar, una linterna a alcohol se encendió y alumbró toda la habitación.

—Por favor, salgamos de aquí —suplicó Daniel con un temblor muy fuerte en su voz, haciéndolo tartamudear.

—Casi lo logramos, no nos vamos a ir malditos de aquí —lo animó Ricardo. Y lo empujó dentro de la sala. Era el comedor y a unos diez metros, estaba la cocina.

Ricardo llevó a Daniel hasta ahí cuando una de las tablas del suelo se levantó e hizo tropezar a Daniel. La calabaza se escapó de sus manos y rodó por el suelo. Afortunadamente no se había dañado ni partido.

—¡Idiota! ¿Cómo te vas a tropezar con el aire?

—No, una tabla… —se cortó mirando el suelo llano una vez más. No había nada que sobresaliera.

—No importa. Elige algo, hay que probará que estuvimos aquí —dijo Ricardo acercándose a una vitrina donde estaba la vajilla.

Así, ninguno se concentró en lo que sucedía en la cocina, mientras las maderas del piso se desprendían y se unían a un tronco, formando sus piernas y brazos. Por último, un cuchillo salió del cajón e hizo unos agujeros en la calabaza formando los ojos y una sonrisa. El muñeco de tablones que se había formado antes agarró la calabaza y la puso en la parte superior como si fuera su cabeza.

—Es hora de comenzar —dijo moviendo los labios en pico y luego, ladeó su cabeza comprobando que todo estaba en orden.

El muñeco de calabaza salió de la cocina y agarró a Daniel por la espalda. La madera se había roto en varios listones formando sus dedos, clavándolos en los hombros del muchacho y levantándolo del suelo, aterrado y gritando. La boca de la calabaza se abrió hasta que la cabeza de Daniel entró en su boca y entonces, la cerró y cortó su cuello como si fuera una guillotina. La sangre escurrió y salpicó en varias direcciones, entonces, las velas que había en las paredes a medio consumir se encendieron iluminando la escena completa.

Ricardo retrocedió sin poder hablar hasta golpearse con la pared. Miró alrededor buscando escapar, sin éxito. El empapelado de la pared se levantó en tiras y lo apresó, envolviéndolo cual momia dejando solo su cabeza al descubierto. Así, vio como la calabaza drenó la sangre del cuerpo de su compañero y cuando no quedó nada en él. Fue cuando soltó el cuerpo y caminó chirriando los pies de madera hasta que llegó a Ricardo. Como si tuviera vida propia, el empapelado se estiró sosteniéndolo a la altura de los brazos de aquel ser y en cuanto lo recibió, el papel se retrajo y volvió a su sitio original, como si nunca hubiese sucedido nada.

Ricardo encontró la muerte sin poder hacer nada más que gritar. Y en cuanto su cuerpo quedó en el mismo estado que el de su amigo, la calabaza lo tiró al suelo. Corrió la mesa y descubrió un circulo mágico debajo de ella y ahí, en el centro, se paró y clavó los pies en él. La sangre empezó a descender de la cabeza de la calabaza hacia sus pies y pasó por todo el circulo mágico y fue iluminando poco a poco la casa. Partículas de luz se fueron elevando del suelo de a poco e inyectándose en todos los objetos y seres de la casa y fuera de ella. La magia alcanzaba hasta un kilometro alrededor. Así mismo, la mujer en los huesos que estaba en la habitación del piano, fue recobrando más una apariencia humana y sana. Su cabello blanco y pajoso volvió a tomar color rojo vibrante, sus labios se formaron y su cuerpo cobró forma gracias a los músculos que volvían a aparecer. La casa entera brilló en tonos rojos durante unos cinco minutos, hasta que la calabaza se deshizo y cayeron sólo unas semillas al suelo. Los tablones se separaron y volvieron al lugar donde estaban antes en la cocina.

Los esqueletos se movieron de nuevo, las risas colmaron la casa. El monólogo de la cocina se repitió una vez más. La biblioteca abrió un libro y lo hizo cobrar vida en la sala de estar. Algunos otros esqueletos fueron a desenterrar muertos y a traerlos a disfrutar de la noche mientras el hechicero le daba un beso a la mujer al lado del piano y volvía a tocar una canción.

Renato se estiró y entró a la casa donde y fue a donde estaban las semillas de calabaza.

—Este año son varias ¡Vamos a jugar lotería! —dijo ilusionado y fue a buscar el juego mientras María y Pascual armaban las mesas afuera y el jolgorio no daba tregua.

La maldición de la casa no los iba a separar. Una ofrenda al año era suficiente, con dos, estaban colmados. El hechicero y su amada vivirían un poco más. Los muertos y la casa se divertirían mientras pudieran.

La magia no se iba a esfumar.

Más de cien mentiras — Parte II

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Más de cien mentiras — Parte II

Las calles estaban ajetreadas como cualquier otro día, pero había algo diferente y podía decirse, peligroso. Él podía sentirlo a la distancia y no tardó en confirmarlo. Cuatro policías perseguían a un hombre que portaba una espada. Él iba a seguir su camino dejando a los oficiales hacer su trabajo cuando reconoció a aquel que corría. El hombre, ágil, subió a un puesto, saltó por el techo y siguió corriendo por ese camino. Saitou lo siguió con la mirada y sonrió.

—Cambio de planes —dijo girando sobre sus talones y echándose a correr tan rápido como podía, alcanzándolo con facilidad. Kenshin, Sanosuke y los policías lo seguían manteniendo la distancia de Saitou, parecía que ninguno estaba al nivel de esos dos—. Baja de ahí, Shinpachi.

El fugitivo se detuvo clavando las getas en las tejas, sosteniendo la espada en su cintura. Él, lo miró fijo, tomándose unos minutos para averiguar cómo lo conocía. Shinpachi, al igual que Saitou, había cambiado su identidad al dejar el Shinsengumi siendo conocido ahora como Sugimura Yoshie.

—Espera, ¿Saitou? —se inclinó aún en el techo y enfocó mejor su vista en él, bajando de un salto, lo miró con una jovial sonrisa y le dio una palmada alegre de verlo después de más de diez años—. No esperaba verte aquí ¡y trabajando de policía! —dijo en tono cantarín cuando vio más de cerca su uniforme. A todo eso, sus compañeros y los policías que lo perseguían se acercaron hasta donde estaban ellos—. Debo irme —y casi listo para seguir corriendo, Saitou lo agarró del haori y lo detuvo.

—Yo me haré cargo. Vuelvan a su trabajo —ordenó Saitou apenas vio a los oficiales golpeando con el pulgar su espada y con la mirada afilada, listo para poner a su lugar al que quisiera responderle. Ellos, rápido, hicieron el saludo correspondiente y se marcharon dejando a Saitou con el fugitivo.

Estaba seguro de que podía serle de ayuda. Shinpachi era uno de los mejores y lo prefería a él antes que a mil militares modernos. Se bastaba y se sobraba con él y Himura como para necesitar más.

—Si estás dispuesto a ayudarme, puedo conseguirte un permiso de portación —negoció rápido Saitou.

—¿Puedes hacer eso? —preguntó Kenshin confundido.

—Me necesitan, no podrán negarme algo como eso —aseguró convencido de que iba a conseguirlo. Saitou era un engranaje importante para el gobierno, quizá no de manera pública ya que la mayor parte de su trabajo era secreto, y por eso mismo, podía asegurarlo. No iban a conseguir a nadie como él. De hecho, de no ser por él, ni siquiera hubiesen encontrado a Battousai y logrado que peleé contra Shishio. Entre tantas otras cosas, un simple permiso era pan comido.

—Bien, por los viejos tiempos ¿qué necesitas? —Se animó con rapidez Shinpachi. Aunque tuvieron que cambiar de lugar para poder hablar de manera más tranquila y privada. Saitou los llevó a un restaurante y pidió tener una habitación privada para poder hablar mejor con ellos.

Por lo que Shinpachi le contaba, quería tener la posibilidad de una vida pacifica con su familia. Tenía una esposa y un hijo y debido a su pasado como Shinsengumi, todavía tenía problemas, cambiando varias veces de identidad hasta llegar a Hokkaido, sin éxito de nuevo, ya que había encontrado a Saitou. Sin embargo, podía ser la mejor carta que se le presentara ya que éste podría ayudarlo a obtener lo que tanto quería: una vida sencilla.

—Así que Hijikata-san estaba vivo y planea una revolución —dijo bebiendo el té después de terminar de comer y escuchar toda la historia—. ¿Tenemos posibilidad de vencerlo aún con tu brazo así? —señaló su brazo izquierdo.

—Estoy seguro de que lo lograremos. Tenemos a Battousai de nuestro lado. Y Chou debería volver hoy con el resto del Juppongatana. Los que están vivos al menos —contó Saitou. A pesar de no conocer al líder, ya tenía un plan bastante bien trazado al saber los movimientos de los rebeldes y tener que enfrentarse con el mismo que había partido su espada y había dejado su brazo de esa manera. Por ahora, sólo necesitaban un buen plan y conocer bien la ubicación de su base de operaciones, aunque tenía un plan para encontrarlo de manera sencilla gracias a su esposa.

—¡Oye! También estoy aquí —renegó Sanosuke señalándose con el pulgar.

—Lo sé —respondió Saitou con total tranquilidad, haciendo enfadar más aún a Sanosuke por ello—. Lo importante ahora es lograr que no se extienda más allá de Hokkaido.

—¿Cómo piensas actuar? —preguntó Shinpachi— Hijikata era bueno con sus estrategias, tenemos que estar a la altura.

—Le tenderemos una trampa—contó confiado Saitou. No había buscado a su esposa para nada y sabiendo que Hijikata lo buscaba, pensaba usarlo a su favor—. Ven mañana a la oficina de la policía metropolitana. Hablaremos mejor ahí.

Con eso, habían perdido bastante tiempo y no iban a llegar a la prisión, sin embargo, Saitou se sentía mucho más confiado y saboreando la victoria con su nuevo aliado. De no haber muerto Okita, hubiese estado mucho mejor de tenerlo en sus líneas, aunque a diferencia de su líder, él mismo había velado la muerte de Okita a causa de la tuberculosis y no de las batallas que habían lidiado.

Se acercó a la mesera antes de irse, pagó la cuenta y pidió dos raciones para llevar, dirigiéndose de nuevo hacia la oficina, teniendo que apurarse para que la lluvia no los alcanzara. Apenas había comenzado como una llovizna, pero con el pasar del tiempo, se intensificó, apresurándose para llegar a su lugar de trabajo. Así, la idea de buscar una posada había quedado descartada.

—Traje la cena —dijo entrando a la habitación acompañado de Kenshin y Sanosuke y vieron a Tokio trepada en una silla limpiando los cuadros de la pared. En realidad, todo había sido limpiado por ella y organizado también. La mujer se estaba aburriendo y uno de los pocos pasatiempos que había podido ejercer ahí era eso.

Saitou se frotó la cara y suspiró dejando la comida sobre la mesa y yendo hacia donde estaba ella. La agarró de la cintura con su brazo sano y la dejó en el suelo. Luego, se sentó en el sillón con ella a su lado y quitó la envoltura de la comida antes de que se enfriara por completo. Por la ventana de esa sala, se veían los refucilos en el cielo y los relámpagos que hacían brillar todo como si fuera pleno día. Así, la idea de salir un poco más tarde a buscar un lugar más cómodo donde pudiera quedarse su esposa, había quedado descartada.

Él no tenía problemas de dormir en el suelo, en un sillón o mismo, de pie. No era ni la primera ni la última vez que lo haría. Sin embargo, permitir que ella pasara por algo así estaba fuera de discusión.

Aun así, el sillón de esa sala era cómodo y estaba la chimenea para mantener el ambiente cálido, así que era lo mejor para quedarse ahí.

Tokio comió con entusiasmo y luego, él dejó que se recostara sobre su regazo después de contarle que Chou no había aparecido en toda la tarde.

Tokio se quedó dormida casi un momento después de recostarse. Saitou se preocupó por ella. Había hecho todo ese camino sola, sin descansar ni comer y tampoco podría descansar adecuadamente sin un futon. Le preocupaba su salud y la de su hijo.

—¿Dónde la conociste? Seguro la raptaste de alguna buena familia —dijo Sanosuke con burla.

¿Dónde la había conocido? Qué buena pregunta. La mayoría tardaba en aceptar que era su esposa y no decían más nada. Otros ni siquiera se atrevían a preguntar por respeto o miedo a él.

—Después de la batalla de Aizu.

—¿Acaso la salvaste? —se rio Sanosuke cuando lo dijo. No podía imaginar a Saitou acercándose a una mujer, tampoco salvándola, pero sonaba más lógico que cortejarla.

—No, estaba enterrando cadáveres —Sanosuke hizo gesto de miedo y asco y luego, miró a la mujer que dormía en el regazo de Saitou. No acababa de creer que alguien tan bonita y femenina estuviera enterrando cadáveres.

—Fue cuando el gobierno prohibió enterrar a los guerreros de Aizu y los dejó colgando seis meses antes de darle sepultura —contó Kenshin serio.

Sí, había sido en ese mismo momento. Tokio iba a diario a encender un incienso y a rezar por los guerreros que eran exhibidos ahí. Sin importarle el olor putrefacto de los cadáveres o la severa y horrible descomposición que sufrían. Podía decir que tenía más corazón y estómago que muchos de sus novatos.

Ella no sólo ponía todo su esfuerzo para descolgar los cadáveres que colgaban, sino que también ayudó a cargarlos y cavar las tumbas para cada uno de ellos. Tokio era pequeña, delgada, pero una mujer con mucha tenacidad y fortaleza. Saitou la vio a lo lejos y se acercó a ella, ayudándola a cargar el cuerpo envuelto en un manto de lino para conservar sus retos lo mejor posible al transportarlos.

No se habían visto nunca, él sólo hizo aquello: se acercó y cargó el cuerpo, preguntando sólo donde debía llevarlo. El olor a podrido del cuerpo y toda la fauna que habitaba en el cadáver no eran un impedimento para la mujer. Tampoco iba a serlo para él. Gracias a Saitou, habían logrado terminar mucho más rápido. Pocos hombres habían tenido el estómago suficiente para hacer aquella tarea. Cavar las tumbas era algo sencillo y había muchos dispuestos a ello. Algunos con toda la buena voluntad, no pudieron soportar el olor y acabaron vomitando o se dejaron llevar por el asco.

—Sólo queda uno —dijo ella entonces y antes de bajarlo, rezó y le pidió disculpas por algo de lo que ella no era responsable. Había hecho el mismo ritual con todos. Saitou la esperaba, ella agarraba la tela y él cargaba el cuerpo hasta envolverlo bien y llevarlo.

Luego, participó de la ceremonia que hicieron los monjes del templo y recién fue cuando se tomó un descanso. Saitou iba a marcharse, pero Tokio detuvo su partida notando que tenía una herida en el brazo y se había abierto manchando su haori. Y le pidió que se quedara un poco más para poder curar su herida.

Saitou dejó esos recuerdos atrás y volvió a ver a la mujer que descansaba sobre su regazo. Ahora dudaba de mandarla de nuevo a la casa. Eiji estaba trabajando con los militares y él con la aparición repentina de Hijikata y como estratega de la rebelión de Hokkaido, no quería dejar nada al azar. Consideraba a la policía y los guerreros de Matsudaira buenos, pero no estaba seguro de dejar a su esposa a su cuidado.

—Pueden irse si quieren. No llevaré a Tokio con este clima —dijo Saitou mirando por la ventana. Había tormenta y aunque podía llevarla en el carruaje, con la lluvia y la oscuridad, podrían tener un accidente.

—No creo que debamos salir —dijo Kenshin pensando lo mismo que Saitou.

—Duerman. Mañana hablaremos de nuestro próximo movimiento —les ordenó a sus dos compañeros. Se quitó la chaqueta de los hombros y cubrió con ella a su esposa mientras él sacaba un cigarrillo y recordó que ella lo regañó porque no era bueno para el bebé. Entonces, lo volvió a guardar. Cuando estuviera solo, fumaría de nuevo. Por ahora, sólo debía aguantar hasta salir por la mañana.

—Chie, quiero uvas —murmuró en sueños Tokio horas más tarde. Sanosuke dormía en el suelo y Kenshin contra la ventana. La lluvia había disminuido hasta convertirse en una leve llovizna— Chie —susurró abriendo los ojos. Se los frotó y bostezó dándose cuenta de que no estaba en su casa, sino, en la oficina de Saitou.

—Vuelve a dormir —dijo él acomodando su chaqueta para que no se destapara.

—Hajime ¿No has dormido?

—Estoy bien.

Tokio no creía en esas palabras, así que se sentó e hizo que él se recostara en su regazo.

—Si llega a pasar algo, te despertaré —aseguró ella acariciando su cabeza—. Descansa.

Saitou le dedicó una mirada tierna antes de cerrar los ojos y quedarse dormido. Tokio siguió acariciando su cabeza largo rato hasta dirigir la vista hacia la ventana. Esperaba que no hubiesen tenido nuevos problemas en la casa y que todos estuvieran bien. En un principio, sabía que Hajime iba a tratarla así, pero no podía dejar que la sorpresa fuera un factor a favor de Toshi-kun. Se sintió peor al recordarlo. Ella era su amiga, pero Hajime lo admiraba por sus sólidos ideales, verlo ahora así no sería bueno para él. Sabía lo que iba a afectarlo y quería darle todo el tiempo posible para asimilarlo.

En lo poco que pudiera hacer ella, lo haría que si bien, podía contar con Eiji, no quería poner una carga extra sobre sus hombros. Saitou tampoco lo habría aceptado.

—Jefe —llegó Chou quejándose de que seguía lloviendo. Pronto vio a Tokio sosteniendo a Saitou en su regazo. Éste, apenas sintió la puerta, abrió los ojos y se irguió momentos después mientras su esposa lo veía. Saitou se sentó a su lado y miró a su empleado— conseguí que todos vinieran. A más tardar, en la noche llegaran —advirtió orgulloso de su tarea y luego de dar el reporte, anunció iba a irse a dormir hasta la noche, cuando todos estuvieran reunidos.

Tokio se puso de pie y caminó un poco por la habitación para estirar un poco las piernas y de nuevo, la puerta se abrió y pensó que Chou se había olvidado de algo, pero a quién vio fue a Shinpachi.

—Me dijeron que aquí… —habló rápido y apenas vio a Tokio se interrumpió, acercándose a ella y abrazándola efusivamente— ¡Tokio! Sigues metida en problemas por tu marido —apenas pronunció esas palabras, fue separado rápidamente por Saitou, que se colocó en medio de su esposa y Shinpachi.

—Es lindo verte tan bien, Shinpachi.

—Esta será mi última misión como Shinpachi. Ahora soy Sugimura Yoshie. Con suerte, no volveré a estar involucrado en una batalla luego de esto —aseguró con una sonrisa alegre—. Verte de nuevo habría sido genial en otro momento. Te aseguro que te llevarías de maravilla con mi esposa —él siguió hablándole a pesar de la actitud sobreprotectora que tenía Saitou con ella, Shinpachi siempre había sido así, uno de los pocos que era capaz de ignorar la presencia de Saitou de esa manera. Aunque lo respetaba, quizá por eso siempre habían tenido una buena relación a pesar de todo.

Pronto, fueron llegando uno a uno los miembros del Juppongatana. La sala se volvió animada entre la adrenalina de una nueva batalla que prometía, ser intensa, como ninguno había tenido durante todos esos años.

Saitou también estaba emocionado por ello. Cada vez tenía más confianza en que iban a ganar y proteger la nueva era que estaban construyendo.

Si todo salía bien, él sería la carnada y luego de llevar a cabo su plan, esa, sería la última batalla a librar.

La última antes de su tan ansiada paz.

Más de cien mentiras — Parte I

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Más de cien mentiras

—Ha… Fujita —entró la mujer a la oficina, siendo interceptada por un hombre. Oficialmente, Saitou había cambiado su nombre a Fujita Goro, adoptando el apellido de la madre de Tokio y al casarse, ella también lo mantuvo. Lo cierto es que era la forma más fácil de abandonar su pasado como Shinsengumi y vivir sin las sombras que éste traería. Los enemigos no podrían hallarlo con facilidad y cuando lo hicieran, ya estaría preparado para ello.

—Los civiles no pueden entrar —la interceptó un uniformado. Tokio sostuvo su naginata y esperó a ver sus movimientos antes de hacer nada.

—Soy la esposa de Fujita Goro.

Había otro hombre más y cuando esté quiso agarrar su brazo, Tokio giró la naginata entre sus manos y golpeó en el estómago con la parte posterior del arma. Hizo un juego de manos y volteó el arma para darle en el mentón con el canto, liberándose con facilidad de los dos.

—Me vas a dejar sin hombres —dijo Saitou viéndola atacarlos con una tranquilidad muy propia de él. Kenshin y Sanosuke estaban con él, pero sólo se quedaron viendo a la mujer actuar asombrados y preocupados también.

—Hajime —la mujer se irguió esquivando a los hombres que estaban inconscientes en el suelo. Tiró su arma y corrió a examinar el brazo herido— ¿Qué te sucedió? ¿Hace cuánto estás así? ¿Te vio un médico? Esto está mal vendado —se quejó— no me digas que solo te atendiste tú mismo.

En la batalla de hacia un par de días, Saitou había quedado con el brazo herido. Tokio sabía que estaba en una misión complicada considerando los ataques que había en Hokkaido. No imaginó que él pudiera salir herido.

—Estoy bien, es tolerable.

—Siéntate —le ordenó ella y él, obediente sacó la silla detrás del escritorio y se sentó. La mujer quitó el pañuelo de su hombro y con cuidado, fue quitando la venda del brazo.

—Saitou, ¿Quién es? —preguntó Kenshin.

—Es mi esposa, Fujita Tokio.

—¡¿Ella es tu esposa?! —gritaron los dos al unísono. La mujer apenas miró a los dos y continúo quitando el vendaje.

—¿Estás casado? No puede ser que alguien como tú tenga a una mujer como ella —dijo Sanosuke sin salir de su asombro. Los rasgos finos y la delicadeza que se veía en el porte de la mujer no se comparaban en nada a lo tosco y cínico de él.

—Soy su esposa —respondió ella sin dejar de prestar atención al brazo de su esposo. Lo palpó y por lo que veía, solo tenía una fisura y no una fractura, lo que la dejaba más tranquila al respecto, pero igual, la preocupaba.

—¿Eiji fue a verte?

—No, vine por mi propia cuenta. No sabía que te encontraría así —aseguró ella. El trabajo de Saitou hacía tiempo había dejado de ser tan brutal como para temer por su vida, pero sabía que nunca dejaba de correr riesgos por su oficio. Y nunca lo dejaría hasta que se retirara y eso no lo creía posible, no al menos a corto plazo.

Ella alzó la vista y terminó de anudar la venda en su brazo y volvió a atarlo con el pañuelo. Luego, quedó de rodillas en el suelo, tal como había estado antes, con las manos en las rodillas de su esposo. Luego, dirigió la vista hacia Sanosuke y Kenshin.

—Son de confianza. El enano es Battousai, el cabeza de gallo es Sagara Sanosuke —señaló con la mirada a ambos y Tokio se relajó dispuesta a contar su razón para estar ahí.

Kenshin apenas sonrió avergonzado por esa presentación, más, Sanosuke no estaba no muy feliz por cómo lo trataba, pero sus quejas se detuvieron en cuanto ella empezó a hablar.

—La casa fue atacada —dijo ella— todos están bien. Entre la policía y los miembros de la casa, pusimos orden. He reforzado la seguridad antes de venir hasta aquí —. Él levantó el cabello que cubría su cuello y vio una herida en la piel de la mujer— no es nada —aseguró restándole importancia y continuó— no habría razón para venir aquí por algo como eso, pero… Toshi-kun estuvo ahí. Él quiere reclutarte, por las buenas o las malas.

—¿Toshi-kun? —preguntó Sanosuke confundido.

—Hijikata Toshizo, el que alguna vez fue uno de los fundadores del Shinsengumi —aclaró Tokio.

—¿Y te refieres a él de forma tan informal? —se quejó Sanosuke. Era el líder de Saitou, uno de los mejores, un maestro de la estrategia y de la espada, con ideales muy fuertes e inquebrantables.

—Éramos amigos —respondió ella con total naturalidad.

—Hasta su muerte —agregó Saitou y al ver la expresión de su esposa.

La batalla de Hakodate había sido la última del Shinsengumi. Hijikata sabía que iba a morir después de que Kondou se rindiera y fuera ejecutado. Matsumoto, el médico del escuadrón les había transmitido las últimas palabras que le dijo Toshizo a él antes de partir. Saitou y parte del Shinsengumi estaba con el clan Aizu, el resto, fue a la batalla de Hakodate dispuestos a dar todo por su país.

En aquel entonces, Saitou y Tokio abandonaron el clan Aizu temporalmente y se mudaron a Tokyo, lejos de la capital. Saitou nuevamente había cambiado su nombre y la mantenía a ella desligada de él mismo para no girar las miradas hacia ella, sólo era una simple enfermera a ojos de los demás. Hasta que se casaron. Matsudaira fue quien ofició su boda. Después de dos años de vivir en la revuelta que era el paso de la era Tokugawa a la era Meiji, ambos habían decidido sentar cabezas.

Matsudaira había adoptado a Tokio después de que su padre muriera, convirtiéndose en su protegida durante muchos años, hasta que al fin, consideró digno a Saitou para verla alejarse de su hogar.

—Hajime, podremos casarnos este mes —le dijo ella feliz cuando recibió la carta de Matsudaira Katamori y la leyó en frente de él. Podrían ir al templo el fin de semana y hacer sus votos. Él, le había escrito específicamente en la carta que sólo fueran a verlo, en el clan se iban a encargar de todos los preparativos para ello—. ¿No estás feliz por eso? Seré tu esposa —se alegró tanto abrazándolo, ya sin importarle la guerra, el clan o algo más en la vida. Tokio lucía realmente feliz y era por él. Saitou no había pensado que alguna vez podía ser el motivo de felicidad de alguien. Pero sucedió. Y era increíble sentirse así.

—Seré tu esposo —confirmó él y sólo la hizo emocionar más, pidiendo que fueran a celebrar a algún lugar bonito antes de partir hacia Tonan, lugar donde se había mudado el clan después de la batalla que les había costado todo.

Partieron al amanecer. El viaje fue realmente corto. Un poco por la emoción que vivía Tokio mientras caminaban hacia Tonan y el hecho de hacer la caminata en compañía, hacia todo más ligero. Él no se arrepentía de haber hecho esa elección. Y mientras pudiera verla así de feliz, no iba a arrepentirse de nada.

—Hajime.

—Dime.

—Un día quiero un jardín tan bello como este. Donde nos sentemos los dos a mirar las flores y tomar el té después de un largo día. Tú volverás de tu trabajo, te quitarás el uniforme y usarás una bonita yukata que yo coseré.

—¿Harás mi ropa?

—La de los dos —aseguró ella. No se lo había dicho porque siempre estaba pendiente de los heridos que de su ropa. Era una buena costurera, excelente. Su abuela le había enseñado a pesar de la ceguera y desde entonces, eso le había servido demasiado. No sólo por la ropa, sino cuando empezó a estudiar medicina, los puntos para la sutura eran mucho más delicados y poco notorios, algo de lo que ella siempre se jactaría. Ahora, que en el clan había un médico más experimentado que ella, no hacia falta. Al menos, eso le había dicho Katamori: no hacía falta que ella ensuciara sus manos con sangre, propia o ajena de nuevo. Así, la dejaba libre de todo.

—¿Y en qué trabajaré? Veo que has planificado mucho —se rio Saitou con las manos dentro de las mangas del haori.

—No lo sé. Lo que no te haga renunciar a tus ideas —le dijo ella con total soltura. Hubo algo que hizo clic en él en ese entonces. La espada lo era todo para él, pero más importante era su ideal de justicia al que no renunciaría nunca. Nunca pensó en el después, acomodarse a la nueva era de paz era algo difícil habiendo sido un samurái. Él solo sabía que no iba a renunciar a su espada y era feliz de que su esposa lo entendiera tan bien.

Fue poco tiempo más tarde que terminó con un trabajo en la policía metropolitana, estableciéndose con su esposa ya como Fujita Goro. El Shinsengumi no existía, sin embargo, en Saitou no había muerto todavía. Pero, su vida de mentiras estaba ahí, en la pendiente. Saitou ya no tendría que inventar identidad tras otra para vivir. Ahora sólo era Fujita Goro, sin embargo, su pasado y su presente no eran tan diferentes al tener que moverse entre las sombras. Más de cien mentiras le esperaban y la única verdad era aquella que tenía con aquella mujer: lo único que debía proteger siempre de todo.

—Una vez que eres un Shinsengumi, mueres siéndolo. Yo soy un lobo de Mibu y nada me hará cambiar —le dijo antes de aceptar el trabajo a su nuevo jefe. Así consiguió el permiso para portar la espada japonesa que tanto le gustaba y ejercer su cargo. Aunque estuvo mucho tiempo entre las sombras al ser uno de los mejores espías que podía tener el gobierno, jamás vendió sus principios y si tuvo que derramar sangre por aquellos que atentaban contra la paz y la justicia, a su pesar de haber combatido alguna vez juntos, nunca dudó en matarlos. Incluso, si algunos eran miembros del antiguo Shinsengumi.

Ahora, no iba a ser diferente. Tokio lo sabía y lo entendía también.

—Siempre quise luchar contra el líder —sonrió Saitou con la templanza de su rostro a flor de piel— espero que los años no le hayan jugado en contra como a Battousai.

—Agradecería que no llames así —dijo Kenshin algo incómodo con ese nombre.

—Espera, ¿estás dispuesto a matar a tu antiguo amigo? —dijo Sanosuke molesto ante aquella frialdad que emanaba en su voz.

—Es mi trabajo enfrentarlo —respondió Saitou con calma— no acepté este trabajo para que alguien deshonre todo lo que he hecho para mantener esta nueva era.

—¿No dirás nada? —le preguntó Saitou a Tokio y ella alzó la vista hacia su esposo con una sonrisa.

—Toshi-kun murió el 20 de junio. Visitamos su tumba y le rendimos nuestro respeto entonces— y dirigió la mirada hacia Sanosuke—. Lo siento, Sagara-san. Ha pasado mucho tiempo, apenas volví a verlo hoy y no puedo decir que esa persona sea la misma de hace diez años. Prefiero pensar que él murió de manera honoraria en el campo de batalla peleando por su país a que se haya corrompido por el tiempo y el odio y ahora, busque matarnos.

No hubo momento para decir más nada. Tal y como Saitou no se enceguecía por la venganza, su esposa parecía ir por el mismo camino. Aunque ella nunca había luchado al mismo grado que él. Tampoco había disfrutado de las batallas como su esposo, por el contrario, para Tokio era algo pura y estrictamente necesario para los tiempos que vivieron. Pero cuando era momento, no dudaba en desenfundar su naginata y luchar espalda con espalda con él. Ni lo haría. Si había algo que le sobraba a Tokio era valor para enfrentarse a quién hiciera falta y proteger a los suyos. Ella, en cada lucha siempre tuvo el mismo objetivo: cuidar a todo los que pudiera, aunque fuera ella quién tuviera que teñir sus manos de sangre. Quizá parecía muy complejo, pero al llegar al campo de batalla, sólo había una decisión que tomar: eran ellos o ella. Y siempre tomaba la misma decisión.

—Volveré a casa —dijo ella poniéndose de pie y acomodando su hakama.

—Te quedarás —advirtió Saitou.

—¿Por qué? —respondió ella desafiante. No tenía una razón para quedarse con él ahora que ya le había advertido de Hijikata, por el contrario, sí tenía razones para regresar a la mansión por si volvía a ese lugar.

—Has andado todo el día, luchado sin importar tu estado. Y no has comido nada. Te quedarás aquí —aseveró él preocupado por su esposa. La conocía y sabía de sus extensas jornadas sin descanso. Imaginó que así como sucedió todo, salió a su búsqueda, tal así que no se había curado la herida del cuello—. Tenemos que salir, cuando regresemos, buscaré una posada. Chou regresará enseguida, quédate con él y pídele que te traiga algo para curarte esa herida —señaló su cuello.

Saitou levantó la naginata del suelo y la dejó contra la pared. Ya había dado órdenes a todos sus hombres que cuidaran de su esposa en su ausencia, mientras tanto, Tokio quedó en la sala anexa, sola.

Ellos tres se dirigían hacia la prisión de Hokkaido. Saitou tenía trabajo qué hacer ahí y podía negociar con alguno de los reclusos por acortar su sentencia a cambio de colaborar con el gobierno. Si Hijikata era quién estaba detrás de todos los incidentes de Hokkaido, no podía cometer un solo error. Aunque si los años le habían pasado tanto como a Kenshin, no tenía mucho de qué preocuparse, pero hasta confirmarlo, no iba a dejar cabos sueltos. Los ataques iban a seguir sucediéndose y toda la estabilidad que habían conseguido podría irse a pique en un ratito. Si bien, Hokkaido no era la capital, era un punto crucial en su estrategia para expandirse y causar problemas en todo Japón. Y Saitou iba a hacer todo para impedir que siguiera escalando.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de las mil maravillas. Les traigo fic nuevo de Rurouni Kenshin, con promesa de continuación en algún momento, sólo estará dividido en partes porque es larguísimo(?) En sí, por ahora es autoconclusivo, pero me gustaría relatar la batalla entre Saitou Y Hijikata, sólo tengo que armarlo bien y hacer algún dibujo bonito al respecto ;)

Este fic surge en parte por un reto del Club de Lectura donde había que escribir una historia con saltos temporales, pero sin la división de los saltos temporales (ni espacio, iconos, nada por el estilo), sino que fluyera en la misma narración todo lo relatado. Costó un Perú, pero aquí está, espero no sea confuso.

Tokio en sí, no es un personaje original. Se la menciona una vez en Rurouni Kenshin y vuelve a salir mencionada en Hokkaido, sin embargo, Watsuki jamás la dibujo. Y como jamás lo hizo, me tomé toda la libertad de hacer un dibujo de ella y meterla en la historia.

En fin, me despido, espero estén de diez.

¡Un abrazo!

Cómo calentar su corazón

Cómo calentar su corazón

Ella llega a la casa. Ha hecho frio, el agua nieve la ha atrapado en la calle y le ha dejado el cabello y el abrigo mojado. Se lo quita, se desarma la cola de caballo, sacude su cabello y lo peina con los dedos. Enciende la chimenea y se frota las manos esperando entrar en calor. Ahí se ve el dedo anular. Se ha olvidado el anillo en el bolsillo. Vuelve, caminando casi de puntitas en el piso frío, busca en el bolsillo y lo encuentra con una sonrisa. Lo coloca en su dedo y lo mira pletórica. No quiere que la llamen mujer infiel, por eso se quita el anillo para hacer el amor con otro.

Sopla el aliento en sus manos y luego, va a la cocina. Enciende la radio y cambia de emisora hasta que deja el insípido noticiero y encuentra música con la que bailar. Su esposo está por llegar y ella no ha preparado la comida. Lo ama, pero tiene amor para alguien más. Su corazón es demasiado grande para una sola persona. Pero está segura de que él no lo entendería, así que es la esposa perfecta, la que brilla y le da vida. La que calienta su corazón después de una fría ventisca.

Escucha la puerta abrirse y corre a recibirlo. Descalza, él no escucha sus pasos en la alfombra, pero espera con ansias ver su silueta cruzar el pasillo y que sus labios tibios rocen los suyos. Él tiene las manos frías, ella las frota y sonríe.

—Enseguida estará la comida. Ve a ducharte.

Él usa el mismo perfume que su amante. Ella los fue cambiando, los fue moldeando en gustos para no levantar sospechas, para estar cómoda con los dos. Así, él siente el aroma a arce y chocolate y piensa que se quedó dormida en su lado de la cama o buscó su abrigo para no extrañarlo durante el día. No sabe que ella sale y busca más aventuras de las que es capaz de aguantar. A ella le gusta la adrenalina, el sabor de la mentira y una farsa para montar. Pero también la estabilidad de la casa y el hogar. Ama como los ojos cafés destellan al mirarla y la agarra de la cintura como si fuera de su propiedad. Le encanta saberse suya, la estabilidad de él, el temple que le da. Pero a veces, necesita un sacudón de energías, que la despierten de una cachetada y la hagan sentir diferente.

Y entonces sale.

El vigor de él no se parece en nada al de su esposo; y a veces sí. A veces hay algo de él que le recuerda a su marido y cuando eso sucede, vuelve a casa y se pone el anillo para volver a cumplir el rol del que a veces sale.

Está incompleta, pero no. Ella sabe dónde buscar las piezas que le faltan. La única constante es él, las demás cambian, el anillo se lo recuerda. Está segura de que lo eligió a él por algo más, no sólo para ser la cara visible al mundo de su felicidad. No. Hay algo más en él, que la hace bailar en la tristeza y la alegría; sabe que después de los vientos que arremolinan los sentimientos tempestuosos, él estará ahí llamándola querida como todos los días. A la noche, su aliento a café coñac la invitará a acompañarlo una vez más, él dejará el libro que leía y beberá de golpe el último trago de su vaso y el próximo beso sabrá a café coñac. Ella se emborrachará de pasión y todo lo que pasó antes no será más que la hojarasca que el viento se lleva en la mañana.

No habrá más que ellos dos esa noche.

Aunque siempre haya alguien más en su cama.

¡Buenas, mis queridos soñadores! ¿Cómo están? ¡Cuento nuevo! Cortito, rápido, no quería perderme los retos, pero tampoco me iba a quedar con las ganas de escribirlo. Estoy en el Camp del NaNo y me tiene de lleno con mi novela, espero finalmente terminar el borrador ¡Vamos por los 50 mil! Aunque espero darme tiempo para pasar por aquí y visitar blogs también.

Este reto es parte del grupo Pasión por los fanfic's - Round two de Facebook. En realidad, es una combinación de dos retos. El miércoles propusieron un reto para escribir un drabble en presente. La verdad es que tenía todo para escribirlo, pero me dormí mal y ya no terminé nada.

¡Pero aquí está! ¿Por qué dos retos? Porque está el reto Jhonny Depp en el que había que escribir una historia con infidelidad, maltrato, manipulación y bueno, todas esas cosas turbias que rodean el caso de Jhonny. Yo elegí la infidelidad y algo de manipulación. La verdad es que iba a contar un poco más, pero me parece que así quedó perfecto.

¡Quién sabe! A futuro quizá.

Espero lo hayan disfrutado.

¡Un abrazo!