Soñando uno de tus sueños

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Soñando uno de tus sueños

Más de cien mentiras — Parte II

El siguiente contenido presenta material explítico, sexual y/o violento no apto para menores de 18 años o personas sensibles.
Más de cien mentiras — Parte II

Las calles estaban ajetreadas como cualquier otro día, pero había algo diferente y podía decirse, peligroso. Él podía sentirlo a la distancia y no tardó en confirmarlo. Cuatro policías perseguían a un hombre que portaba una espada. Él iba a seguir su camino dejando a los oficiales hacer su trabajo cuando reconoció a aquel que corría. El hombre, ágil, subió a un puesto, saltó por el techo y siguió corriendo por ese camino. Saitou lo siguió con la mirada y sonrió.

—Cambio de planes —dijo girando sobre sus talones y echándose a correr tan rápido como podía, alcanzándolo con facilidad. Kenshin, Sanosuke y los policías lo seguían manteniendo la distancia de Saitou, parecía que ninguno estaba al nivel de esos dos—. Baja de ahí, Shinpachi.

El fugitivo se detuvo clavando las getas en las tejas, sosteniendo la espada en su cintura. Él, lo miró fijo, tomándose unos minutos para averiguar cómo lo conocía. Shinpachi, al igual que Saitou, había cambiado su identidad al dejar el Shinsengumi siendo conocido ahora como Sugimura Yoshie.

—Espera, ¿Saitou? —se inclinó aún en el techo y enfocó mejor su vista en él, bajando de un salto, lo miró con una jovial sonrisa y le dio una palmada alegre de verlo después de más de diez años—. No esperaba verte aquí ¡y trabajando de policía! —dijo en tono cantarín cuando vio más de cerca su uniforme. A todo eso, sus compañeros y los policías que lo perseguían se acercaron hasta donde estaban ellos—. Debo irme —y casi listo para seguir corriendo, Saitou lo agarró del haori y lo detuvo.

—Yo me haré cargo. Vuelvan a su trabajo —ordenó Saitou apenas vio a los oficiales golpeando con el pulgar su espada y con la mirada afilada, listo para poner a su lugar al que quisiera responderle. Ellos, rápido, hicieron el saludo correspondiente y se marcharon dejando a Saitou con el fugitivo.

Estaba seguro de que podía serle de ayuda. Shinpachi era uno de los mejores y lo prefería a él antes que a mil militares modernos. Se bastaba y se sobraba con él y Himura como para necesitar más.

—Si estás dispuesto a ayudarme, puedo conseguirte un permiso de portación —negoció rápido Saitou.

—¿Puedes hacer eso? —preguntó Kenshin confundido.

—Me necesitan, no podrán negarme algo como eso —aseguró convencido de que iba a conseguirlo. Saitou era un engranaje importante para el gobierno, quizá no de manera pública ya que la mayor parte de su trabajo era secreto, y por eso mismo, podía asegurarlo. No iban a conseguir a nadie como él. De hecho, de no ser por él, ni siquiera hubiesen encontrado a Battousai y logrado que peleé contra Shishio. Entre tantas otras cosas, un simple permiso era pan comido.

—Bien, por los viejos tiempos ¿qué necesitas? —Se animó con rapidez Shinpachi. Aunque tuvieron que cambiar de lugar para poder hablar de manera más tranquila y privada. Saitou los llevó a un restaurante y pidió tener una habitación privada para poder hablar mejor con ellos.

Por lo que Shinpachi le contaba, quería tener la posibilidad de una vida pacifica con su familia. Tenía una esposa y un hijo y debido a su pasado como Shinsengumi, todavía tenía problemas, cambiando varias veces de identidad hasta llegar a Hokkaido, sin éxito de nuevo, ya que había encontrado a Saitou. Sin embargo, podía ser la mejor carta que se le presentara ya que éste podría ayudarlo a obtener lo que tanto quería: una vida sencilla.

—Así que Hijikata-san estaba vivo y planea una revolución —dijo bebiendo el té después de terminar de comer y escuchar toda la historia—. ¿Tenemos posibilidad de vencerlo aún con tu brazo así? —señaló su brazo izquierdo.

—Estoy seguro de que lo lograremos. Tenemos a Battousai de nuestro lado. Y Chou debería volver hoy con el resto del Juppongatana. Los que están vivos al menos —contó Saitou. A pesar de no conocer al líder, ya tenía un plan bastante bien trazado al saber los movimientos de los rebeldes y tener que enfrentarse con el mismo que había partido su espada y había dejado su brazo de esa manera. Por ahora, sólo necesitaban un buen plan y conocer bien la ubicación de su base de operaciones, aunque tenía un plan para encontrarlo de manera sencilla gracias a su esposa.

—¡Oye! También estoy aquí —renegó Sanosuke señalándose con el pulgar.

—Lo sé —respondió Saitou con total tranquilidad, haciendo enfadar más aún a Sanosuke por ello—. Lo importante ahora es lograr que no se extienda más allá de Hokkaido.

—¿Cómo piensas actuar? —preguntó Shinpachi— Hijikata era bueno con sus estrategias, tenemos que estar a la altura.

—Le tenderemos una trampa—contó confiado Saitou. No había buscado a su esposa para nada y sabiendo que Hijikata lo buscaba, pensaba usarlo a su favor—. Ven mañana a la oficina de la policía metropolitana. Hablaremos mejor ahí.

Con eso, habían perdido bastante tiempo y no iban a llegar a la prisión, sin embargo, Saitou se sentía mucho más confiado y saboreando la victoria con su nuevo aliado. De no haber muerto Okita, hubiese estado mucho mejor de tenerlo en sus líneas, aunque a diferencia de su líder, él mismo había velado la muerte de Okita a causa de la tuberculosis y no de las batallas que habían lidiado.

Se acercó a la mesera antes de irse, pagó la cuenta y pidió dos raciones para llevar, dirigiéndose de nuevo hacia la oficina, teniendo que apurarse para que la lluvia no los alcanzara. Apenas había comenzado como una llovizna, pero con el pasar del tiempo, se intensificó, apresurándose para llegar a su lugar de trabajo. Así, la idea de buscar una posada había quedado descartada.

—Traje la cena —dijo entrando a la habitación acompañado de Kenshin y Sanosuke y vieron a Tokio trepada en una silla limpiando los cuadros de la pared. En realidad, todo había sido limpiado por ella y organizado también. La mujer se estaba aburriendo y uno de los pocos pasatiempos que había podido ejercer ahí era eso.

Saitou se frotó la cara y suspiró dejando la comida sobre la mesa y yendo hacia donde estaba ella. La agarró de la cintura con su brazo sano y la dejó en el suelo. Luego, se sentó en el sillón con ella a su lado y quitó la envoltura de la comida antes de que se enfriara por completo. Por la ventana de esa sala, se veían los refucilos en el cielo y los relámpagos que hacían brillar todo como si fuera pleno día. Así, la idea de salir un poco más tarde a buscar un lugar más cómodo donde pudiera quedarse su esposa, había quedado descartada.

Él no tenía problemas de dormir en el suelo, en un sillón o mismo, de pie. No era ni la primera ni la última vez que lo haría. Sin embargo, permitir que ella pasara por algo así estaba fuera de discusión.

Aun así, el sillón de esa sala era cómodo y estaba la chimenea para mantener el ambiente cálido, así que era lo mejor para quedarse ahí.

Tokio comió con entusiasmo y luego, él dejó que se recostara sobre su regazo después de contarle que Chou no había aparecido en toda la tarde.

Tokio se quedó dormida casi un momento después de recostarse. Saitou se preocupó por ella. Había hecho todo ese camino sola, sin descansar ni comer y tampoco podría descansar adecuadamente sin un futon. Le preocupaba su salud y la de su hijo.

—¿Dónde la conociste? Seguro la raptaste de alguna buena familia —dijo Sanosuke con burla.

¿Dónde la había conocido? Qué buena pregunta. La mayoría tardaba en aceptar que era su esposa y no decían más nada. Otros ni siquiera se atrevían a preguntar por respeto o miedo a él.

—Después de la batalla de Aizu.

—¿Acaso la salvaste? —se rio Sanosuke cuando lo dijo. No podía imaginar a Saitou acercándose a una mujer, tampoco salvándola, pero sonaba más lógico que cortejarla.

—No, estaba enterrando cadáveres —Sanosuke hizo gesto de miedo y asco y luego, miró a la mujer que dormía en el regazo de Saitou. No acababa de creer que alguien tan bonita y femenina estuviera enterrando cadáveres.

—Fue cuando el gobierno prohibió enterrar a los guerreros de Aizu y los dejó colgando seis meses antes de darle sepultura —contó Kenshin serio.

Sí, había sido en ese mismo momento. Tokio iba a diario a encender un incienso y a rezar por los guerreros que eran exhibidos ahí. Sin importarle el olor putrefacto de los cadáveres o la severa y horrible descomposición que sufrían. Podía decir que tenía más corazón y estómago que muchos de sus novatos.

Ella no sólo ponía todo su esfuerzo para descolgar los cadáveres que colgaban, sino que también ayudó a cargarlos y cavar las tumbas para cada uno de ellos. Tokio era pequeña, delgada, pero una mujer con mucha tenacidad y fortaleza. Saitou la vio a lo lejos y se acercó a ella, ayudándola a cargar el cuerpo envuelto en un manto de lino para conservar sus retos lo mejor posible al transportarlos.

No se habían visto nunca, él sólo hizo aquello: se acercó y cargó el cuerpo, preguntando sólo donde debía llevarlo. El olor a podrido del cuerpo y toda la fauna que habitaba en el cadáver no eran un impedimento para la mujer. Tampoco iba a serlo para él. Gracias a Saitou, habían logrado terminar mucho más rápido. Pocos hombres habían tenido el estómago suficiente para hacer aquella tarea. Cavar las tumbas era algo sencillo y había muchos dispuestos a ello. Algunos con toda la buena voluntad, no pudieron soportar el olor y acabaron vomitando o se dejaron llevar por el asco.

—Sólo queda uno —dijo ella entonces y antes de bajarlo, rezó y le pidió disculpas por algo de lo que ella no era responsable. Había hecho el mismo ritual con todos. Saitou la esperaba, ella agarraba la tela y él cargaba el cuerpo hasta envolverlo bien y llevarlo.

Luego, participó de la ceremonia que hicieron los monjes del templo y recién fue cuando se tomó un descanso. Saitou iba a marcharse, pero Tokio detuvo su partida notando que tenía una herida en el brazo y se había abierto manchando su haori. Y le pidió que se quedara un poco más para poder curar su herida.

Saitou dejó esos recuerdos atrás y volvió a ver a la mujer que descansaba sobre su regazo. Ahora dudaba de mandarla de nuevo a la casa. Eiji estaba trabajando con los militares y él con la aparición repentina de Hijikata y como estratega de la rebelión de Hokkaido, no quería dejar nada al azar. Consideraba a la policía y los guerreros de Matsudaira buenos, pero no estaba seguro de dejar a su esposa a su cuidado.

—Pueden irse si quieren. No llevaré a Tokio con este clima —dijo Saitou mirando por la ventana. Había tormenta y aunque podía llevarla en el carruaje, con la lluvia y la oscuridad, podrían tener un accidente.

—No creo que debamos salir —dijo Kenshin pensando lo mismo que Saitou.

—Duerman. Mañana hablaremos de nuestro próximo movimiento —les ordenó a sus dos compañeros. Se quitó la chaqueta de los hombros y cubrió con ella a su esposa mientras él sacaba un cigarrillo y recordó que ella lo regañó porque no era bueno para el bebé. Entonces, lo volvió a guardar. Cuando estuviera solo, fumaría de nuevo. Por ahora, sólo debía aguantar hasta salir por la mañana.

—Chie, quiero uvas —murmuró en sueños Tokio horas más tarde. Sanosuke dormía en el suelo y Kenshin contra la ventana. La lluvia había disminuido hasta convertirse en una leve llovizna— Chie —susurró abriendo los ojos. Se los frotó y bostezó dándose cuenta de que no estaba en su casa, sino, en la oficina de Saitou.

—Vuelve a dormir —dijo él acomodando su chaqueta para que no se destapara.

—Hajime ¿No has dormido?

—Estoy bien.

Tokio no creía en esas palabras, así que se sentó e hizo que él se recostara en su regazo.

—Si llega a pasar algo, te despertaré —aseguró ella acariciando su cabeza—. Descansa.

Saitou le dedicó una mirada tierna antes de cerrar los ojos y quedarse dormido. Tokio siguió acariciando su cabeza largo rato hasta dirigir la vista hacia la ventana. Esperaba que no hubiesen tenido nuevos problemas en la casa y que todos estuvieran bien. En un principio, sabía que Hajime iba a tratarla así, pero no podía dejar que la sorpresa fuera un factor a favor de Toshi-kun. Se sintió peor al recordarlo. Ella era su amiga, pero Hajime lo admiraba por sus sólidos ideales, verlo ahora así no sería bueno para él. Sabía lo que iba a afectarlo y quería darle todo el tiempo posible para asimilarlo.

En lo poco que pudiera hacer ella, lo haría que si bien, podía contar con Eiji, no quería poner una carga extra sobre sus hombros. Saitou tampoco lo habría aceptado.

—Jefe —llegó Chou quejándose de que seguía lloviendo. Pronto vio a Tokio sosteniendo a Saitou en su regazo. Éste, apenas sintió la puerta, abrió los ojos y se irguió momentos después mientras su esposa lo veía. Saitou se sentó a su lado y miró a su empleado— conseguí que todos vinieran. A más tardar, en la noche llegaran —advirtió orgulloso de su tarea y luego de dar el reporte, anunció iba a irse a dormir hasta la noche, cuando todos estuvieran reunidos.

Tokio se puso de pie y caminó un poco por la habitación para estirar un poco las piernas y de nuevo, la puerta se abrió y pensó que Chou se había olvidado de algo, pero a quién vio fue a Shinpachi.

—Me dijeron que aquí… —habló rápido y apenas vio a Tokio se interrumpió, acercándose a ella y abrazándola efusivamente— ¡Tokio! Sigues metida en problemas por tu marido —apenas pronunció esas palabras, fue separado rápidamente por Saitou, que se colocó en medio de su esposa y Shinpachi.

—Es lindo verte tan bien, Shinpachi.

—Esta será mi última misión como Shinpachi. Ahora soy Sugimura Yoshie. Con suerte, no volveré a estar involucrado en una batalla luego de esto —aseguró con una sonrisa alegre—. Verte de nuevo habría sido genial en otro momento. Te aseguro que te llevarías de maravilla con mi esposa —él siguió hablándole a pesar de la actitud sobreprotectora que tenía Saitou con ella, Shinpachi siempre había sido así, uno de los pocos que era capaz de ignorar la presencia de Saitou de esa manera. Aunque lo respetaba, quizá por eso siempre habían tenido una buena relación a pesar de todo.

Pronto, fueron llegando uno a uno los miembros del Juppongatana. La sala se volvió animada entre la adrenalina de una nueva batalla que prometía, ser intensa, como ninguno había tenido durante todos esos años.

Saitou también estaba emocionado por ello. Cada vez tenía más confianza en que iban a ganar y proteger la nueva era que estaban construyendo.

Si todo salía bien, él sería la carnada y luego de llevar a cabo su plan, esa, sería la última batalla a librar.

La última antes de su tan ansiada paz.

Más de cien mentiras — Parte I

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Más de cien mentiras

—Ha… Fujita —entró la mujer a la oficina, siendo interceptada por un hombre. Oficialmente, Saitou había cambiado su nombre a Fujita Goro, adoptando el apellido de la madre de Tokio y al casarse, ella también lo mantuvo. Lo cierto es que era la forma más fácil de abandonar su pasado como Shinsengumi y vivir sin las sombras que éste traería. Los enemigos no podrían hallarlo con facilidad y cuando lo hicieran, ya estaría preparado para ello.

—Los civiles no pueden entrar —la interceptó un uniformado. Tokio sostuvo su naginata y esperó a ver sus movimientos antes de hacer nada.

—Soy la esposa de Fujita Goro.

Había otro hombre más y cuando esté quiso agarrar su brazo, Tokio giró la naginata entre sus manos y golpeó en el estómago con la parte posterior del arma. Hizo un juego de manos y volteó el arma para darle en el mentón con el canto, liberándose con facilidad de los dos.

—Me vas a dejar sin hombres —dijo Saitou viéndola atacarlos con una tranquilidad muy propia de él. Kenshin y Sanosuke estaban con él, pero sólo se quedaron viendo a la mujer actuar asombrados y preocupados también.

—Hajime —la mujer se irguió esquivando a los hombres que estaban inconscientes en el suelo. Tiró su arma y corrió a examinar el brazo herido— ¿Qué te sucedió? ¿Hace cuánto estás así? ¿Te vio un médico? Esto está mal vendado —se quejó— no me digas que solo te atendiste tú mismo.

En la batalla de hacia un par de días, Saitou había quedado con el brazo herido. Tokio sabía que estaba en una misión complicada considerando los ataques que había en Hokkaido. No imaginó que él pudiera salir herido.

—Estoy bien, es tolerable.

—Siéntate —le ordenó ella y él, obediente sacó la silla detrás del escritorio y se sentó. La mujer quitó el pañuelo de su hombro y con cuidado, fue quitando la venda del brazo.

—Saitou, ¿Quién es? —preguntó Kenshin.

—Es mi esposa, Fujita Tokio.

—¡¿Ella es tu esposa?! —gritaron los dos al unísono. La mujer apenas miró a los dos y continúo quitando el vendaje.

—¿Estás casado? No puede ser que alguien como tú tenga a una mujer como ella —dijo Sanosuke sin salir de su asombro. Los rasgos finos y la delicadeza que se veía en el porte de la mujer no se comparaban en nada a lo tosco y cínico de él.

—Soy su esposa —respondió ella sin dejar de prestar atención al brazo de su esposo. Lo palpó y por lo que veía, solo tenía una fisura y no una fractura, lo que la dejaba más tranquila al respecto, pero igual, la preocupaba.

—¿Eiji fue a verte?

—No, vine por mi propia cuenta. No sabía que te encontraría así —aseguró ella. El trabajo de Saitou hacía tiempo había dejado de ser tan brutal como para temer por su vida, pero sabía que nunca dejaba de correr riesgos por su oficio. Y nunca lo dejaría hasta que se retirara y eso no lo creía posible, no al menos a corto plazo.

Ella alzó la vista y terminó de anudar la venda en su brazo y volvió a atarlo con el pañuelo. Luego, quedó de rodillas en el suelo, tal como había estado antes, con las manos en las rodillas de su esposo. Luego, dirigió la vista hacia Sanosuke y Kenshin.

—Son de confianza. El enano es Battousai, el cabeza de gallo es Sagara Sanosuke —señaló con la mirada a ambos y Tokio se relajó dispuesta a contar su razón para estar ahí.

Kenshin apenas sonrió avergonzado por esa presentación, más, Sanosuke no estaba no muy feliz por cómo lo trataba, pero sus quejas se detuvieron en cuanto ella empezó a hablar.

—La casa fue atacada —dijo ella— todos están bien. Entre la policía y los miembros de la casa, pusimos orden. He reforzado la seguridad antes de venir hasta aquí —. Él levantó el cabello que cubría su cuello y vio una herida en la piel de la mujer— no es nada —aseguró restándole importancia y continuó— no habría razón para venir aquí por algo como eso, pero… Toshi-kun estuvo ahí. Él quiere reclutarte, por las buenas o las malas.

—¿Toshi-kun? —preguntó Sanosuke confundido.

—Hijikata Toshizo, el que alguna vez fue uno de los fundadores del Shinsengumi —aclaró Tokio.

—¿Y te refieres a él de forma tan informal? —se quejó Sanosuke. Era el líder de Saitou, uno de los mejores, un maestro de la estrategia y de la espada, con ideales muy fuertes e inquebrantables.

—Éramos amigos —respondió ella con total naturalidad.

—Hasta su muerte —agregó Saitou y al ver la expresión de su esposa.

La batalla de Hakodate había sido la última del Shinsengumi. Hijikata sabía que iba a morir después de que Kondou se rindiera y fuera ejecutado. Matsumoto, el médico del escuadrón les había transmitido las últimas palabras que le dijo Toshizo a él antes de partir. Saitou y parte del Shinsengumi estaba con el clan Aizu, el resto, fue a la batalla de Hakodate dispuestos a dar todo por su país.

En aquel entonces, Saitou y Tokio abandonaron el clan Aizu temporalmente y se mudaron a Tokyo, lejos de la capital. Saitou nuevamente había cambiado su nombre y la mantenía a ella desligada de él mismo para no girar las miradas hacia ella, sólo era una simple enfermera a ojos de los demás. Hasta que se casaron. Matsudaira fue quien ofició su boda. Después de dos años de vivir en la revuelta que era el paso de la era Tokugawa a la era Meiji, ambos habían decidido sentar cabezas.

Matsudaira había adoptado a Tokio después de que su padre muriera, convirtiéndose en su protegida durante muchos años, hasta que al fin, consideró digno a Saitou para verla alejarse de su hogar.

—Hajime, podremos casarnos este mes —le dijo ella feliz cuando recibió la carta de Matsudaira Katamori y la leyó en frente de él. Podrían ir al templo el fin de semana y hacer sus votos. Él, le había escrito específicamente en la carta que sólo fueran a verlo, en el clan se iban a encargar de todos los preparativos para ello—. ¿No estás feliz por eso? Seré tu esposa —se alegró tanto abrazándolo, ya sin importarle la guerra, el clan o algo más en la vida. Tokio lucía realmente feliz y era por él. Saitou no había pensado que alguna vez podía ser el motivo de felicidad de alguien. Pero sucedió. Y era increíble sentirse así.

—Seré tu esposo —confirmó él y sólo la hizo emocionar más, pidiendo que fueran a celebrar a algún lugar bonito antes de partir hacia Tonan, lugar donde se había mudado el clan después de la batalla que les había costado todo.

Partieron al amanecer. El viaje fue realmente corto. Un poco por la emoción que vivía Tokio mientras caminaban hacia Tonan y el hecho de hacer la caminata en compañía, hacia todo más ligero. Él no se arrepentía de haber hecho esa elección. Y mientras pudiera verla así de feliz, no iba a arrepentirse de nada.

—Hajime.

—Dime.

—Un día quiero un jardín tan bello como este. Donde nos sentemos los dos a mirar las flores y tomar el té después de un largo día. Tú volverás de tu trabajo, te quitarás el uniforme y usarás una bonita yukata que yo coseré.

—¿Harás mi ropa?

—La de los dos —aseguró ella. No se lo había dicho porque siempre estaba pendiente de los heridos que de su ropa. Era una buena costurera, excelente. Su abuela le había enseñado a pesar de la ceguera y desde entonces, eso le había servido demasiado. No sólo por la ropa, sino cuando empezó a estudiar medicina, los puntos para la sutura eran mucho más delicados y poco notorios, algo de lo que ella siempre se jactaría. Ahora, que en el clan había un médico más experimentado que ella, no hacia falta. Al menos, eso le había dicho Katamori: no hacía falta que ella ensuciara sus manos con sangre, propia o ajena de nuevo. Así, la dejaba libre de todo.

—¿Y en qué trabajaré? Veo que has planificado mucho —se rio Saitou con las manos dentro de las mangas del haori.

—No lo sé. Lo que no te haga renunciar a tus ideas —le dijo ella con total soltura. Hubo algo que hizo clic en él en ese entonces. La espada lo era todo para él, pero más importante era su ideal de justicia al que no renunciaría nunca. Nunca pensó en el después, acomodarse a la nueva era de paz era algo difícil habiendo sido un samurái. Él solo sabía que no iba a renunciar a su espada y era feliz de que su esposa lo entendiera tan bien.

Fue poco tiempo más tarde que terminó con un trabajo en la policía metropolitana, estableciéndose con su esposa ya como Fujita Goro. El Shinsengumi no existía, sin embargo, en Saitou no había muerto todavía. Pero, su vida de mentiras estaba ahí, en la pendiente. Saitou ya no tendría que inventar identidad tras otra para vivir. Ahora sólo era Fujita Goro, sin embargo, su pasado y su presente no eran tan diferentes al tener que moverse entre las sombras. Más de cien mentiras le esperaban y la única verdad era aquella que tenía con aquella mujer: lo único que debía proteger siempre de todo.

—Una vez que eres un Shinsengumi, mueres siéndolo. Yo soy un lobo de Mibu y nada me hará cambiar —le dijo antes de aceptar el trabajo a su nuevo jefe. Así consiguió el permiso para portar la espada japonesa que tanto le gustaba y ejercer su cargo. Aunque estuvo mucho tiempo entre las sombras al ser uno de los mejores espías que podía tener el gobierno, jamás vendió sus principios y si tuvo que derramar sangre por aquellos que atentaban contra la paz y la justicia, a su pesar de haber combatido alguna vez juntos, nunca dudó en matarlos. Incluso, si algunos eran miembros del antiguo Shinsengumi.

Ahora, no iba a ser diferente. Tokio lo sabía y lo entendía también.

—Siempre quise luchar contra el líder —sonrió Saitou con la templanza de su rostro a flor de piel— espero que los años no le hayan jugado en contra como a Battousai.

—Agradecería que no llames así —dijo Kenshin algo incómodo con ese nombre.

—Espera, ¿estás dispuesto a matar a tu antiguo amigo? —dijo Sanosuke molesto ante aquella frialdad que emanaba en su voz.

—Es mi trabajo enfrentarlo —respondió Saitou con calma— no acepté este trabajo para que alguien deshonre todo lo que he hecho para mantener esta nueva era.

—¿No dirás nada? —le preguntó Saitou a Tokio y ella alzó la vista hacia su esposo con una sonrisa.

—Toshi-kun murió el 20 de junio. Visitamos su tumba y le rendimos nuestro respeto entonces— y dirigió la mirada hacia Sanosuke—. Lo siento, Sagara-san. Ha pasado mucho tiempo, apenas volví a verlo hoy y no puedo decir que esa persona sea la misma de hace diez años. Prefiero pensar que él murió de manera honoraria en el campo de batalla peleando por su país a que se haya corrompido por el tiempo y el odio y ahora, busque matarnos.

No hubo momento para decir más nada. Tal y como Saitou no se enceguecía por la venganza, su esposa parecía ir por el mismo camino. Aunque ella nunca había luchado al mismo grado que él. Tampoco había disfrutado de las batallas como su esposo, por el contrario, para Tokio era algo pura y estrictamente necesario para los tiempos que vivieron. Pero cuando era momento, no dudaba en desenfundar su naginata y luchar espalda con espalda con él. Ni lo haría. Si había algo que le sobraba a Tokio era valor para enfrentarse a quién hiciera falta y proteger a los suyos. Ella, en cada lucha siempre tuvo el mismo objetivo: cuidar a todo los que pudiera, aunque fuera ella quién tuviera que teñir sus manos de sangre. Quizá parecía muy complejo, pero al llegar al campo de batalla, sólo había una decisión que tomar: eran ellos o ella. Y siempre tomaba la misma decisión.

—Volveré a casa —dijo ella poniéndose de pie y acomodando su hakama.

—Te quedarás —advirtió Saitou.

—¿Por qué? —respondió ella desafiante. No tenía una razón para quedarse con él ahora que ya le había advertido de Hijikata, por el contrario, sí tenía razones para regresar a la mansión por si volvía a ese lugar.

—Has andado todo el día, luchado sin importar tu estado. Y no has comido nada. Te quedarás aquí —aseveró él preocupado por su esposa. La conocía y sabía de sus extensas jornadas sin descanso. Imaginó que así como sucedió todo, salió a su búsqueda, tal así que no se había curado la herida del cuello—. Tenemos que salir, cuando regresemos, buscaré una posada. Chou regresará enseguida, quédate con él y pídele que te traiga algo para curarte esa herida —señaló su cuello.

Saitou levantó la naginata del suelo y la dejó contra la pared. Ya había dado órdenes a todos sus hombres que cuidaran de su esposa en su ausencia, mientras tanto, Tokio quedó en la sala anexa, sola.

Ellos tres se dirigían hacia la prisión de Hokkaido. Saitou tenía trabajo qué hacer ahí y podía negociar con alguno de los reclusos por acortar su sentencia a cambio de colaborar con el gobierno. Si Hijikata era quién estaba detrás de todos los incidentes de Hokkaido, no podía cometer un solo error. Aunque si los años le habían pasado tanto como a Kenshin, no tenía mucho de qué preocuparse, pero hasta confirmarlo, no iba a dejar cabos sueltos. Los ataques iban a seguir sucediéndose y toda la estabilidad que habían conseguido podría irse a pique en un ratito. Si bien, Hokkaido no era la capital, era un punto crucial en su estrategia para expandirse y causar problemas en todo Japón. Y Saitou iba a hacer todo para impedir que siguiera escalando.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de las mil maravillas. Les traigo fic nuevo de Rurouni Kenshin, con promesa de continuación en algún momento, sólo estará dividido en partes porque es larguísimo(?) En sí, por ahora es autoconclusivo, pero me gustaría relatar la batalla entre Saitou Y Hijikata, sólo tengo que armarlo bien y hacer algún dibujo bonito al respecto ;)

Este fic surge en parte por un reto del Club de Lectura donde había que escribir una historia con saltos temporales, pero sin la división de los saltos temporales (ni espacio, iconos, nada por el estilo), sino que fluyera en la misma narración todo lo relatado. Costó un Perú, pero aquí está, espero no sea confuso.

Tokio en sí, no es un personaje original. Se la menciona una vez en Rurouni Kenshin y vuelve a salir mencionada en Hokkaido, sin embargo, Watsuki jamás la dibujo. Y como jamás lo hizo, me tomé toda la libertad de hacer un dibujo de ella y meterla en la historia.

En fin, me despido, espero estén de diez.

¡Un abrazo!

Cómo calentar su corazón

Cómo calentar su corazón

Ella llega a la casa. Ha hecho frio, el agua nieve la ha atrapado en la calle y le ha dejado el cabello y el abrigo mojado. Se lo quita, se desarma la cola de caballo, sacude su cabello y lo peina con los dedos. Enciende la chimenea y se frota las manos esperando entrar en calor. Ahí se ve el dedo anular. Se ha olvidado el anillo en el bolsillo. Vuelve, caminando casi de puntitas en el piso frío, busca en el bolsillo y lo encuentra con una sonrisa. Lo coloca en su dedo y lo mira pletórica. No quiere que la llamen mujer infiel, por eso se quita el anillo para hacer el amor con otro.

Sopla el aliento en sus manos y luego, va a la cocina. Enciende la radio y cambia de emisora hasta que deja el insípido noticiero y encuentra música con la que bailar. Su esposo está por llegar y ella no ha preparado la comida. Lo ama, pero tiene amor para alguien más. Su corazón es demasiado grande para una sola persona. Pero está segura de que él no lo entendería, así que es la esposa perfecta, la que brilla y le da vida. La que calienta su corazón después de una fría ventisca.

Escucha la puerta abrirse y corre a recibirlo. Descalza, él no escucha sus pasos en la alfombra, pero espera con ansias ver su silueta cruzar el pasillo y que sus labios tibios rocen los suyos. Él tiene las manos frías, ella las frota y sonríe.

—Enseguida estará la comida. Ve a ducharte.

Él usa el mismo perfume que su amante. Ella los fue cambiando, los fue moldeando en gustos para no levantar sospechas, para estar cómoda con los dos. Así, él siente el aroma a arce y chocolate y piensa que se quedó dormida en su lado de la cama o buscó su abrigo para no extrañarlo durante el día. No sabe que ella sale y busca más aventuras de las que es capaz de aguantar. A ella le gusta la adrenalina, el sabor de la mentira y una farsa para montar. Pero también la estabilidad de la casa y el hogar. Ama como los ojos cafés destellan al mirarla y la agarra de la cintura como si fuera de su propiedad. Le encanta saberse suya, la estabilidad de él, el temple que le da. Pero a veces, necesita un sacudón de energías, que la despierten de una cachetada y la hagan sentir diferente.

Y entonces sale.

El vigor de él no se parece en nada al de su esposo; y a veces sí. A veces hay algo de él que le recuerda a su marido y cuando eso sucede, vuelve a casa y se pone el anillo para volver a cumplir el rol del que a veces sale.

Está incompleta, pero no. Ella sabe dónde buscar las piezas que le faltan. La única constante es él, las demás cambian, el anillo se lo recuerda. Está segura de que lo eligió a él por algo más, no sólo para ser la cara visible al mundo de su felicidad. No. Hay algo más en él, que la hace bailar en la tristeza y la alegría; sabe que después de los vientos que arremolinan los sentimientos tempestuosos, él estará ahí llamándola querida como todos los días. A la noche, su aliento a café coñac la invitará a acompañarlo una vez más, él dejará el libro que leía y beberá de golpe el último trago de su vaso y el próximo beso sabrá a café coñac. Ella se emborrachará de pasión y todo lo que pasó antes no será más que la hojarasca que el viento se lleva en la mañana.

No habrá más que ellos dos esa noche.

Aunque siempre haya alguien más en su cama.

¡Buenas, mis queridos soñadores! ¿Cómo están? ¡Cuento nuevo! Cortito, rápido, no quería perderme los retos, pero tampoco me iba a quedar con las ganas de escribirlo. Estoy en el Camp del NaNo y me tiene de lleno con mi novela, espero finalmente terminar el borrador ¡Vamos por los 50 mil! Aunque espero darme tiempo para pasar por aquí y visitar blogs también.

Este reto es parte del grupo Pasión por los fanfic's - Round two de Facebook. En realidad, es una combinación de dos retos. El miércoles propusieron un reto para escribir un drabble en presente. La verdad es que tenía todo para escribirlo, pero me dormí mal y ya no terminé nada.

¡Pero aquí está! ¿Por qué dos retos? Porque está el reto Jhonny Depp en el que había que escribir una historia con infidelidad, maltrato, manipulación y bueno, todas esas cosas turbias que rodean el caso de Jhonny. Yo elegí la infidelidad y algo de manipulación. La verdad es que iba a contar un poco más, pero me parece que así quedó perfecto.

¡Quién sabe! A futuro quizá.

Espero lo hayan disfrutado.

¡Un abrazo!