sábado, 4 de junio de 2022

Más de cien mentiras — Parte I

sábado, 4 de junio de 2022


El siguiente contenido presenta material explítico, sexual y/o violento no apto para menores de 18 años o personas sensibles.
Más de cien mentiras

—Ha… Fujita —entró la mujer a la oficina, siendo interceptada por un hombre. Oficialmente, Saitou había cambiado su nombre a Fujita Goro, adoptando el apellido de la madre de Tokio y al casarse, ella también lo mantuvo. Lo cierto es que era la forma más fácil de abandonar su pasado como Shinsengumi y vivir sin las sombras que éste traería. Los enemigos no podrían hallarlo con facilidad y cuando lo hicieran, ya estaría preparado para ello.

—Los civiles no pueden entrar —la interceptó un uniformado. Tokio sostuvo su naginata y esperó a ver sus movimientos antes de hacer nada.

—Soy la esposa de Fujita Goro.

Había otro hombre más y cuando esté quiso agarrar su brazo, Tokio giró la naginata entre sus manos y golpeó en el estómago con la parte posterior del arma. Hizo un juego de manos y volteó el arma para darle en el mentón con el canto, liberándose con facilidad de los dos.

—Me vas a dejar sin hombres —dijo Saitou viéndola atacarlos con una tranquilidad muy propia de él. Kenshin y Sanosuke estaban con él, pero sólo se quedaron viendo a la mujer actuar asombrados y preocupados también.

—Hajime —la mujer se irguió esquivando a los hombres que estaban inconscientes en el suelo. Tiró su arma y corrió a examinar el brazo herido— ¿Qué te sucedió? ¿Hace cuánto estás así? ¿Te vio un médico? Esto está mal vendado —se quejó— no me digas que solo te atendiste tú mismo.

En la batalla de hacia un par de días, Saitou había quedado con el brazo herido. Tokio sabía que estaba en una misión complicada considerando los ataques que había en Hokkaido. No imaginó que él pudiera salir herido.

—Estoy bien, es tolerable.

—Siéntate —le ordenó ella y él, obediente sacó la silla detrás del escritorio y se sentó. La mujer quitó el pañuelo de su hombro y con cuidado, fue quitando la venda del brazo.

—Saitou, ¿Quién es? —preguntó Kenshin.

—Es mi esposa, Fujita Tokio.

—¡¿Ella es tu esposa?! —gritaron los dos al unísono. La mujer apenas miró a los dos y continúo quitando el vendaje.

—¿Estás casado? No puede ser que alguien como tú tenga a una mujer como ella —dijo Sanosuke sin salir de su asombro. Los rasgos finos y la delicadeza que se veía en el porte de la mujer no se comparaban en nada a lo tosco y cínico de él.

—Soy su esposa —respondió ella sin dejar de prestar atención al brazo de su esposo. Lo palpó y por lo que veía, solo tenía una fisura y no una fractura, lo que la dejaba más tranquila al respecto, pero igual, la preocupaba.

—¿Eiji fue a verte?

—No, vine por mi propia cuenta. No sabía que te encontraría así —aseguró ella. El trabajo de Saitou hacía tiempo había dejado de ser tan brutal como para temer por su vida, pero sabía que nunca dejaba de correr riesgos por su oficio. Y nunca lo dejaría hasta que se retirara y eso no lo creía posible, no al menos a corto plazo.

Ella alzó la vista y terminó de anudar la venda en su brazo y volvió a atarlo con el pañuelo. Luego, quedó de rodillas en el suelo, tal como había estado antes, con las manos en las rodillas de su esposo. Luego, dirigió la vista hacia Sanosuke y Kenshin.

—Son de confianza. El enano es Battousai, el cabeza de gallo es Sagara Sanosuke —señaló con la mirada a ambos y Tokio se relajó dispuesta a contar su razón para estar ahí.

Kenshin apenas sonrió avergonzado por esa presentación, más, Sanosuke no estaba no muy feliz por cómo lo trataba, pero sus quejas se detuvieron en cuanto ella empezó a hablar.

—La casa fue atacada —dijo ella— todos están bien. Entre la policía y los miembros de la casa, pusimos orden. He reforzado la seguridad antes de venir hasta aquí —. Él levantó el cabello que cubría su cuello y vio una herida en la piel de la mujer— no es nada —aseguró restándole importancia y continuó— no habría razón para venir aquí por algo como eso, pero… Toshi-kun estuvo ahí. Él quiere reclutarte, por las buenas o las malas.

—¿Toshi-kun? —preguntó Sanosuke confundido.

—Hijikata Toshizo, el que alguna vez fue uno de los fundadores del Shinsengumi —aclaró Tokio.

—¿Y te refieres a él de forma tan informal? —se quejó Sanosuke. Era el líder de Saitou, uno de los mejores, un maestro de la estrategia y de la espada, con ideales muy fuertes e inquebrantables.

—Éramos amigos —respondió ella con total naturalidad.

—Hasta su muerte —agregó Saitou y al ver la expresión de su esposa.

La batalla de Hakodate había sido la última del Shinsengumi. Hijikata sabía que iba a morir después de que Kondou se rindiera y fuera ejecutado. Matsumoto, el médico del escuadrón les había transmitido las últimas palabras que le dijo Toshizo a él antes de partir. Saitou y parte del Shinsengumi estaba con el clan Aizu, el resto, fue a la batalla de Hakodate dispuestos a dar todo por su país.

En aquel entonces, Saitou y Tokio abandonaron el clan Aizu temporalmente y se mudaron a Tokyo, lejos de la capital. Saitou nuevamente había cambiado su nombre y la mantenía a ella desligada de él mismo para no girar las miradas hacia ella, sólo era una simple enfermera a ojos de los demás. Hasta que se casaron. Matsudaira fue quien ofició su boda. Después de dos años de vivir en la revuelta que era el paso de la era Tokugawa a la era Meiji, ambos habían decidido sentar cabezas.

Matsudaira había adoptado a Tokio después de que su padre muriera, convirtiéndose en su protegida durante muchos años, hasta que al fin, consideró digno a Saitou para verla alejarse de su hogar.

—Hajime, podremos casarnos este mes —le dijo ella feliz cuando recibió la carta de Matsudaira Katamori y la leyó en frente de él. Podrían ir al templo el fin de semana y hacer sus votos. Él, le había escrito específicamente en la carta que sólo fueran a verlo, en el clan se iban a encargar de todos los preparativos para ello—. ¿No estás feliz por eso? Seré tu esposa —se alegró tanto abrazándolo, ya sin importarle la guerra, el clan o algo más en la vida. Tokio lucía realmente feliz y era por él. Saitou no había pensado que alguna vez podía ser el motivo de felicidad de alguien. Pero sucedió. Y era increíble sentirse así.

—Seré tu esposo —confirmó él y sólo la hizo emocionar más, pidiendo que fueran a celebrar a algún lugar bonito antes de partir hacia Tonan, lugar donde se había mudado el clan después de la batalla que les había costado todo.

Partieron al amanecer. El viaje fue realmente corto. Un poco por la emoción que vivía Tokio mientras caminaban hacia Tonan y el hecho de hacer la caminata en compañía, hacia todo más ligero. Él no se arrepentía de haber hecho esa elección. Y mientras pudiera verla así de feliz, no iba a arrepentirse de nada.

—Hajime.

—Dime.

—Un día quiero un jardín tan bello como este. Donde nos sentemos los dos a mirar las flores y tomar el té después de un largo día. Tú volverás de tu trabajo, te quitarás el uniforme y usarás una bonita yukata que yo coseré.

—¿Harás mi ropa?

—La de los dos —aseguró ella. No se lo había dicho porque siempre estaba pendiente de los heridos que de su ropa. Era una buena costurera, excelente. Su abuela le había enseñado a pesar de la ceguera y desde entonces, eso le había servido demasiado. No sólo por la ropa, sino cuando empezó a estudiar medicina, los puntos para la sutura eran mucho más delicados y poco notorios, algo de lo que ella siempre se jactaría. Ahora, que en el clan había un médico más experimentado que ella, no hacia falta. Al menos, eso le había dicho Katamori: no hacía falta que ella ensuciara sus manos con sangre, propia o ajena de nuevo. Así, la dejaba libre de todo.

—¿Y en qué trabajaré? Veo que has planificado mucho —se rio Saitou con las manos dentro de las mangas del haori.

—No lo sé. Lo que no te haga renunciar a tus ideas —le dijo ella con total soltura. Hubo algo que hizo clic en él en ese entonces. La espada lo era todo para él, pero más importante era su ideal de justicia al que no renunciaría nunca. Nunca pensó en el después, acomodarse a la nueva era de paz era algo difícil habiendo sido un samurái. Él solo sabía que no iba a renunciar a su espada y era feliz de que su esposa lo entendiera tan bien.

Fue poco tiempo más tarde que terminó con un trabajo en la policía metropolitana, estableciéndose con su esposa ya como Fujita Goro. El Shinsengumi no existía, sin embargo, en Saitou no había muerto todavía. Pero, su vida de mentiras estaba ahí, en la pendiente. Saitou ya no tendría que inventar identidad tras otra para vivir. Ahora sólo era Fujita Goro, sin embargo, su pasado y su presente no eran tan diferentes al tener que moverse entre las sombras. Más de cien mentiras le esperaban y la única verdad era aquella que tenía con aquella mujer: lo único que debía proteger siempre de todo.

—Una vez que eres un Shinsengumi, mueres siéndolo. Yo soy un lobo de Mibu y nada me hará cambiar —le dijo antes de aceptar el trabajo a su nuevo jefe. Así consiguió el permiso para portar la espada japonesa que tanto le gustaba y ejercer su cargo. Aunque estuvo mucho tiempo entre las sombras al ser uno de los mejores espías que podía tener el gobierno, jamás vendió sus principios y si tuvo que derramar sangre por aquellos que atentaban contra la paz y la justicia, a su pesar de haber combatido alguna vez juntos, nunca dudó en matarlos. Incluso, si algunos eran miembros del antiguo Shinsengumi.

Ahora, no iba a ser diferente. Tokio lo sabía y lo entendía también.

—Siempre quise luchar contra el líder —sonrió Saitou con la templanza de su rostro a flor de piel— espero que los años no le hayan jugado en contra como a Battousai.

—Agradecería que no llames así —dijo Kenshin algo incómodo con ese nombre.

—Espera, ¿estás dispuesto a matar a tu antiguo amigo? —dijo Sanosuke molesto ante aquella frialdad que emanaba en su voz.

—Es mi trabajo enfrentarlo —respondió Saitou con calma— no acepté este trabajo para que alguien deshonre todo lo que he hecho para mantener esta nueva era.

—¿No dirás nada? —le preguntó Saitou a Tokio y ella alzó la vista hacia su esposo con una sonrisa.

—Toshi-kun murió el 20 de junio. Visitamos su tumba y le rendimos nuestro respeto entonces— y dirigió la mirada hacia Sanosuke—. Lo siento, Sagara-san. Ha pasado mucho tiempo, apenas volví a verlo hoy y no puedo decir que esa persona sea la misma de hace diez años. Prefiero pensar que él murió de manera honoraria en el campo de batalla peleando por su país a que se haya corrompido por el tiempo y el odio y ahora, busque matarnos.

No hubo momento para decir más nada. Tal y como Saitou no se enceguecía por la venganza, su esposa parecía ir por el mismo camino. Aunque ella nunca había luchado al mismo grado que él. Tampoco había disfrutado de las batallas como su esposo, por el contrario, para Tokio era algo pura y estrictamente necesario para los tiempos que vivieron. Pero cuando era momento, no dudaba en desenfundar su naginata y luchar espalda con espalda con él. Ni lo haría. Si había algo que le sobraba a Tokio era valor para enfrentarse a quién hiciera falta y proteger a los suyos. Ella, en cada lucha siempre tuvo el mismo objetivo: cuidar a todo los que pudiera, aunque fuera ella quién tuviera que teñir sus manos de sangre. Quizá parecía muy complejo, pero al llegar al campo de batalla, sólo había una decisión que tomar: eran ellos o ella. Y siempre tomaba la misma decisión.

—Volveré a casa —dijo ella poniéndose de pie y acomodando su hakama.

—Te quedarás —advirtió Saitou.

—¿Por qué? —respondió ella desafiante. No tenía una razón para quedarse con él ahora que ya le había advertido de Hijikata, por el contrario, sí tenía razones para regresar a la mansión por si volvía a ese lugar.

—Has andado todo el día, luchado sin importar tu estado. Y no has comido nada. Te quedarás aquí —aseveró él preocupado por su esposa. La conocía y sabía de sus extensas jornadas sin descanso. Imaginó que así como sucedió todo, salió a su búsqueda, tal así que no se había curado la herida del cuello—. Tenemos que salir, cuando regresemos, buscaré una posada. Chou regresará enseguida, quédate con él y pídele que te traiga algo para curarte esa herida —señaló su cuello.

Saitou levantó la naginata del suelo y la dejó contra la pared. Ya había dado órdenes a todos sus hombres que cuidaran de su esposa en su ausencia, mientras tanto, Tokio quedó en la sala anexa, sola.

Ellos tres se dirigían hacia la prisión de Hokkaido. Saitou tenía trabajo qué hacer ahí y podía negociar con alguno de los reclusos por acortar su sentencia a cambio de colaborar con el gobierno. Si Hijikata era quién estaba detrás de todos los incidentes de Hokkaido, no podía cometer un solo error. Aunque si los años le habían pasado tanto como a Kenshin, no tenía mucho de qué preocuparse, pero hasta confirmarlo, no iba a dejar cabos sueltos. Los ataques iban a seguir sucediéndose y toda la estabilidad que habían conseguido podría irse a pique en un ratito. Si bien, Hokkaido no era la capital, era un punto crucial en su estrategia para expandirse y causar problemas en todo Japón. Y Saitou iba a hacer todo para impedir que siguiera escalando.

¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? Espero que de las mil maravillas. Les traigo fic nuevo de Rurouni Kenshin, con promesa de continuación en algún momento, sólo estará dividido en partes porque es larguísimo(?) En sí, por ahora es autoconclusivo, pero me gustaría relatar la batalla entre Saitou Y Hijikata, sólo tengo que armarlo bien y hacer algún dibujo bonito al respecto ;)

Este fic surge en parte por un reto del Club de Lectura donde había que escribir una historia con saltos temporales, pero sin la división de los saltos temporales (ni espacio, iconos, nada por el estilo), sino que fluyera en la misma narración todo lo relatado. Costó un Perú, pero aquí está, espero no sea confuso.

Tokio en sí, no es un personaje original. Se la menciona una vez en Rurouni Kenshin y vuelve a salir mencionada en Hokkaido, sin embargo, Watsuki jamás la dibujo. Y como jamás lo hizo, me tomé toda la libertad de hacer un dibujo de ella y meterla en la historia.

En fin, me despido, espero estén de diez.

¡Un abrazo!

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