Soñando uno de tus sueños

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Soñando uno de tus sueños

El resplandor de los relámpagos


El cielo lleno de densas nubes negras. Calma total, no había ningún sonido fuera más que el viento agitando las hojas y ramas de los árboles. De pronto, un relámpago iluminaba el cielo y el trueno agitaba el silencio. Tenía todo planeado, pero que la tormenta se hubiera desatado era un regalo divino. Sí, tenía su tormenta artificial con los ventiladores industriales encendidos a máxima potencia y la Sinfonía N° 6 en Fa Mayor, Op. 68 de Beethoven. Siete años de planeación para al fin llevarlo a cabo.

Dormía, Dorotea seguía plácida su siesta y luego de acomodar todo para hacer la perfecta escena e inicio de su vida, fue directo a su habitación. El trueno hizo eco en toda la casa cuando abrió la puerta. El cielo debía ser uno de sus grandes admiradores para darle semejante banda sonora a su mayor acto artístico. Él, se acercó a la cama con el cincel en mano y la contempló dormida. Años odiándola en secreto, sufriendo sus humillaciones, siendo menos por no llevar su sangre, por ser “el hijo de la otra”. Pero ya no podía más.

Quedaron solos en la casa y tomó la decisión final. En el piso de damero estaban sus sueños rotos, aquellos que ella había destruido. Sus juegos de naipes, sus trucos de magia, sus aspiraciones al arte, hasta sus vestimentas de bailarín. Y ahí, sin que nadie pudiera verlo, también estaba su dignidad, una que pensaba recuperar ahora mismo.

Tenía su delantal manchado de pintura puesto, la boina que ella odiaba y el cincel y martillo en mano para atravesarle el corazón. Calculó la distancia y lo clavó justo cuando el rayo iluminó el cielo. Años ella había sido la tormenta, las nubes densas, los truenos y él, era eso, un relámpago intentando hacerse notar, resplandeciendo un instante para que ella lo opacara siempre. Todo eso estaba a punto de acabar.

Ella despertó dando una bocanada de aire y martilló más fuerte. La mano de la mujer se aferró a su delantal y volvió a machacar una y otra y otra vez hasta que lo hundió y lo perdió entre su costillar.

Estaba agitado, con la adrenalina fluyendo por sus venas, con los ojos bien abiertos y las manchas de sangre por la cara, el delantal y toda la cama. La mano de ella lo había soltado hacia rato y ahora, caía por el borde de la cama sin vida. Sus ojos quedaron abiertos y su boca chorreando sangre. Nada de eso le importó. Tiró el martillo a un lado y la levantó de la cama, justo a donde había dejado todo. El piso de damero era una combinación perfecta con su camisón rojo brillante, justo a tono del color de su sombrero. La acomodó en el suelo y le sacó una foto. Tenía una polaroid, así que esperó a que saliera impresa y vio la fotografía con una sonrisa. Dejó la cámara a sus pies y la foto de pie, junto a su sombrero: era un escenario perfecto.

Subió a su habitación a cambiarse y quitarse la sangre. La satisfacción que tenía era única, vibrante: ahora comenzaba su allegro. Agarró la mochila que ya tenía preparada desde antes y salió de la casa. La tormenta ya había cesado, la calma regresaba, su vida comenzaba…

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