Soñando uno de tus sueños

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Soñando uno de tus sueños

Big Event Xmas! — Capítulo 2

El siguiente contenido presenta material explítico, sexual y/o violento no apto para menores de 18 años o personas sensibles.

El año anterior Yukiko le enseñó qué era la Navidad y cómo celebrarla y después de todo lo que ella había hecho por él desde el primer día que lo vio, Toji quería retribuirle eso. Llevaba el dinero encima con una sonrisa. Hacía dos años había abandonado su antigua vida, hasta su vicio en las apuestas de las carreras de caballos.

No vivían con grandes lujos —aunque para Toji tener el mismo techo durante más de un día ya era un lujo indiscutible—, pero vivían bien, muy bien. Aunque con la llegada de Megumi, sabía que su economía iba a estar un poco más apretada ahora. Los pañales, la ropa, y todo lo que necesitara el pequeño Megumi. Y no es que Toji no quisiera gastar en él ¡Qué más pudiera hacer que darle con todos los gustos! Y tener a su esposa como la reina que era para él. No, el problema es que… no le alcanzaba para hacer todo lo que él quería hacer.

Una de las razones por las que siempre cobraba y entregaba el sobre sellado de manera íntegra a Yukiko era porque Toji no podía tener dinero. Pero no podía. En serio, no podía. Hasta no ver la última moneda de su sueldo irse, no estaba satisfecho. Y antes de estar casado y con un hijo, ver la última moneda desaparecer de sus manos era un aliciente para buscar otro trabajo para tener más dinero que gastar. Ahora, era diferente: él necesitaba más dinero que gastar. El problema es que lo necesitaba de forma lícita y eso era bastante complicado para él.

Yukiko lo había recomendado para el trabajo como seguridad de un bar, pero fue por ella que lo intentó porque él no sabía hacer otra cosa que no fuera pelear y matar. Hasta había estado orgulloso de eso hasta conocerla. Él, el mejor asesino de hechiceros, ahora, orgulloso de trabajar en un lugar donde no tenía que matar a nadie, a pesar de que a veces tuviera que usar sus puños para hacer que algún mocoso entrase en razón o se fuera del local. Nada del otro mundo, nada emocionante, aun así, era digno. Y él se había esforzado muchísimo en llegar a eso: a ser digno de Yukiko y ahora, de Megumi.

Y mientras tanteaba el sobre en su bolsillo, miraba la pantalla brillante del pachinko. Y no es que fuera a gastar su dinero hasta quedarse sin una moneda en el pachinko. No. Su idea era multiplicarlo en las carreras con una apuesta.

Su esposa le había enseñado que la Navidad consistía en pasar la noche juntos e intercambiar regalos. Y él quería hacer una buena fiesta para ella y para Megumi, aunque sólo tuviera dos días de nacido, quería que experimentara una genuina felicidad por la Navidad, porque era su primera Navidad con una familia: la primera Navidad con SU familia. Toji no podía estar más emocionado, tanto como niño en dulcería. Y aunque sus intenciones eran buenas, el método era de dudoso éxito. Aun así, se sentía con la suficiente suerte como para apostarlo todo y ganar.

Y tras pensarlo demasiado, decidió hacerlo. Aún cuando sabía que su suerte era peor que ver el número cuatro en el hospital. Pero tenía un palpito y un deseo que hacer realidad y después de arriesgarlo todo, se decidió a ir a la casilla y apostar al número del caballo. Toji empezó de manera paulatina, si todo salía tan bien como se imaginaba, iba a hacer un buen dinero para celebrar la Nochebuena y Navidad con su esposa. Claro que sí.

Se sentó en las gradas sintiendo las estrellas alineándose para que el ganara… y fue una decepción ver al caballo que eligió llegar en último lugar. No le importó, el deseo de volver a llenar el boleto y apostar el dinero fue más fuerte que él.

—Será la última vez —se dijo intentando tranquilizarse—. Éste sí es el ganador.

Y tras convencerse de que en esa ocasión sí iba a salir bien, volvió a las frías gradas sin tener una pizca de suerte.

Nada de eso fue suficiente para él, hasta que el sobre quedó vacío. Desesperado, volteó el sobre sin ver un solo billete en su interior: esa era la razón por la que el sobre llegaba íntegro a manos de Yukiko.

Abatido por haber perdido todo su sueldo en una sola tarde en las carreras, salió del hipódromo imaginándose mil escenarios que no iba a poder cumplir. ¿Cómo iba a recuperar el dinero? ¿Cómo iba a celebrar la Navidad con Yukiko y el pequeño Megumi? Él que ya tenía pensada las cosas que iba a comprar con el dinero de las ganancias, ahora, se había esfumado entre sus helados dedos.

Metió las manos en los bolsillos y caminó un poco más, pensando y pensando cómo hacer las cosas bien. No iba a recuperar el dinero por las buenas, mucho menos en un día. No existía forma de que él, justo él encontrara un trabajo que pagara tan bien para pasar la noche junto a su familia.

Sus ojos se iluminaron al pensar en una sola cosa que sí podría hacerlo. Toji se quedó quieto en medio de la calle, mientras las personas pasaban con sus compras y las parejas felices, él sólo tenía en su cabeza que la había cagado a lo grande y debía remediarlo de alguna manera. El problema de Toji es que el remedio sería peor que la enfermedad.

—Prometí no hacerlo —se dijo y siguió avanzando entre la gente. Aunque no lo pareciera, él había hecho todo al pie de la letra, tal y como ella le había pedido.

Yukiko tenía miedo del mundo donde se movía Toji. A pesar de que él le había demostrado que era capaz y que no existía un problema para él el verse entre peleas y asesinatos, Yukiko quería que él pudiera disfrutar de una vida normal. Sin sangre, sin maldad, sólo un hombre viviendo con su esposa sin mayores problemas que los que la rutina pudiera traerles. Él también lo deseó por estar con ella, pero Toji no conocía más vida que las peleas, la muerte y el dinero. Eso era todo lo que él era, era todo lo que su entorno le había permitido ver desde la más tierna infancia. Pero se arriesgó a hacerlo. Así como escapó del clan Zen’in y se mostró un hombre digno de enfrentarse a hechiceros, ahora, sería ese hombre digno de estar con una mujer en una relación de verdad.

O eso creyó.

Por un momento, pensó que estaba bien, pero Toji se había vuelto adicto al juego en tantos años de soledad. Era lo único que llenaba un poco de todos los vacíos que había en él. Y apenas llegar, había caído de nuevo y eso lo llevaba por caminos que prometió no volver a andar.

Y no había otra alternativa.

Lo meditó mucho, demasiado. Sacó su celular y buscó en sus contactos. Estuvo largo rato mirando el nombre en su teléfono. Luego, bajó la tapa y guardó el aparato en el bolsillo de su pantalón y caminó un poco más y al llegar al cruce de la calle y ver la juguetería con un cunero de nubes y animalitos, Toji volvió a ver el teléfono.

Y apretó la llamada.

*******

El dinero estaba en su mano y su objetivo era claro. No iba a suponerle mayores problemas, lo sabía. A pesar que llevaba dos años fuera del negocio, Toji se mantenía en forma y nadie se igualaba a él gracias a sus sentidos hiper desarrollados. Con un olfato más afilado que el de un perro y una vista más aguda que la del águila, Toji tenía la victoria en la yema de sus dedos.

Su compañero, el gusano que usaba para transportar sus armas, estaba enrollado de nuevo en su brazo y cuello, el único compañero fiel que tuvo después de salir del clan.

—No pensé volver a verte —le dijo su empleador y Toji sólo le dio la espalda.

—Yo tampoco —murmuró desapareciendo de ahí.

Toji era rápido, su velocidad era inhumana gracias a la restricción celestial y esto siempre fue un beneficio que supo aprovechar en las batallas y que no desperdiciaría ahora mismo.

En esa ocasión, no le hizo falta su habitual acecho e investigación, era uno de esos trabajos “rápidos” que él disfrutaba, pero no provocaban ningún tipo de desafío en él más que la buena paga.

—¿Cómo haremos esto? —preguntó al espíritu maldito que llevaba enrollado en su cuello. Éste, abrió la boca y expulsó un objeto que cayó en la mano de Toji sin que él volteara a ver qué era hasta sentir el acero en su mano—. Es una buena elección —sonrió viendo las cadenas y agitándolas. Sentía la adrenalina recorrer su cuerpo como sangre en sus venas. No, no podía decir que no disfrutaba la vida con su esposa, pero era otra cosa estar en un combate, donde se dejaba a la locura y ponía en práctica todo su duro entrenamiento.

Toji observó hacia el suelo. El techo estaba lo suficientemente alto para poder llegar desde ahí hasta el edificio del frente. Abrió bien los ojos y tomó impulso corriendo y tirando la cadena mientras giraba, hacia el vidrio del frente, rompiéndolo y aferrándose a las grietas para sostenerlo y saltar hacia el interior. Toji pisó fuerte y algunos vidrios se rompieron bajo sus pies mientras se erguía frente a los tres tipos que estaban en la habitación. No importaba si lo conocían o no, Toji era imponente sólo con su presencia, mucho más cuando la sonrisa que torcía la cicatriz de su boca sólo auguraba un pésimo final.

Vio a uno de ellos querer escapar y Toji corrió hacia la puerta, bloqueándola y girando la cadena en su mano, le dio un fuerte golpe antes de rodear el cuello del tipo que tenía en frente y romperlo al estrangularlo. El sonido de los huesos quebrándose era algo que nunca se olvidaba y aunque era común en su día a día, siempre le desagradaba oír, pero, era su oportunidad.

Dio un paso al frente después de tirar el cadáver y la habitación cambió.

—Vaya, un hechicero que usa ilusiones —se burló quedándose en su sitio mientras miraba el vacío a su alrededor. La ilusión, no sabía si era producto de su mente o era el hechicero que la guiaba. Toji estaba parado apenas en unos cuarenta centímetros de tierra y alrededor de él no había nada, era sólo una oscuridad total, tan densa e interminable que daría miedo a cualquiera. Pero cuando has visto a la muerte a los ojos y te has reído de ella como lo había hecho Toji, eso no era nada.

Sin dudar, el gusano escupió una daga que Toji clavó en la palma de su mano, tan profundo que casi atraviesa el otro lado. El dolor fue tan fuerte que hizo que su mente se alejara de la ilusión y pudiera volver al edificio donde terminaría su fiesta.

Una de las razones por las que rechazaba estos trabajos también era esa: Toji lo disfrutaba. Este tipo de planes, este tipo de batallas no las tenía en su día a día y aunque quisiera mentirse, el placer de matar y derramar sangre ajena era algo que sus manos ni su mente olvidarían cómo se sentía.

—Vamos, juega un poco más —lo animó, loco de emoción, sonriendo tan confiado como si pudiera ganar la batalla sin pelear. Toji sabía que podía ganar, pero necesitaba un poco más de adrenalina, tan sólo un poco más de ese deseo iracundo cuando su vida estaba a punto de ponerse en peligro. Al menos, quería fingir que lo estaba.

Estaba decidido a darle una oportunidad de defenderse cuando sintió el clic de un arma detrás de él. El oído de Toji, tan agudo como siempre, lo percibió y usó su cadena, girándola en su mano para hacer de un escudo que repelió la bala e hizo que el proyectil cambiara el rumbo dejando un agujero en la pared.

—Cambio de planes —se rio y colocó su mano a la altura de la boca del gusano sacando una espada, una espada común y corriente, no necesitaba más que eso. Él podía contra un simple revolver, por supuesto que sí. Más, acababa de distraerlo de lo que podía ser su diversión del día. Toji giró su cuello a la izquierda y la derecha, haciéndolo crujir— ¿últimas palabras? —dijo levantando la mano con la espada brillando a la luz. El hombre sólo gimió de miedo y él lo tomó como su plegaria final, cortando su cabeza. Esta rodó por el suelo mientras la sangre salpicaba hasta que el cuerpo cayó al suelo dando un fuerte golpe, tiñendo el piso de muerte. Ahora, las ropas de Toji también estaban manchadas con sangre ajena, pero era lo de menos.

Giró la cabeza hacia su último adversario, el que prometía ser el más fuerte de ellos.

—Pelea —le ordenó sin perder la sonrisa del rostro. El hechicero tembló y tragó saliva usando un nuevo ataque que Toji esquivó con facilidad. Agradecía tantos años en el clan Zen’in, después de todo, eso era lo que le daba ventaja a él sobre los hechiceros. Conocía todos sus trucos y sus movimientos, sabía cómo derrotarlos, pero nadie esperaba que un usuario maldito pudiera ser un rival para un hechicero.

Nadie.

Agitó la espada y le cortó la mano escuchando un alarido de dolor mientras el muñón ensangrentado salpicaba y dejaba ver la carne y el hueso. La mano cayó al suelo y él la pisó acortando distancias. Lo que en un principió pensó que podía haber sido un juego divertido, se convirtió en un simple asesinato, arrancando la cabeza de cuajo una vez más.

Cuando terminó, se quedó parado mirando a su alrededor. Una vez que la emoción de la batalla desaparecía de su cuerpo quedaba ese vacío que era difícil de explicar. Sacó el teléfono y marcó de nuevo el número de su empleador contándole que el trabajo estaba hecho y hasta le sacó una foto que envío y luego, borró de la memoria del teléfono. Lo único que no quería es que Yukiko viera lo que él había hecho con sus propias manos.

Y le quedaba eso: volver a casa.

Toji estaba feliz de haber conseguido todo. De hecho, hasta había ganado más que con su trabajo de seguridad. Sin embargo, había roto su promesa. En realidad, rompió dos promesas en un solo día. Se sentía decepcionado de sí mismo después de lo que había conseguido en esos dos años. Pero tenía que volver a casa.

Entró y vio las luces apagadas. Por un momento, sintió un pequeño hilo de esperanza brillar al pensar que Yukiko había salido con Megumi. Eso le daría tiempo de darse un baño y dejar de apestar a sangre.

—¿Toji? —preguntó tras de él.

Toji reconocería esa voz sin importar donde estuviera, incluso, si no volteaba a ver, sabía que era Yukiko.

Así, sus planes se arruinaron. Él, que pensaba no cargar nada de eso en ella, comprar los regalos y preparar la Navidad que había arruinado sólo para ellos, se esfumó al estar ahí con ella.

Ella reconoció el olor a sangre en la oscuridad. Trabajaba a diario en urgencias con ese olor y el de los antisépticos como para confundirlo: era sangre. Yukiko encendió la luz a pesar de que él le pidió que no lo hiciera. Dejó a Megumi en la cuna y fue con Toji horrorizada y preocupada.

—No es mía —respondió él. Y sin poder creerlo, casi vio alivio en los ojos de la mujer. Por un momento, Yukiko recordó el día que lo conoció, así, sangriento y herido, con esa actitud indiferente de la vida y de la muerte.

Su esposa lo abrazó. Toji no entendía nada.

—Lo siento —dijo él de manera instintiva. Sabía que tenía que disculparse por todo, no sólo porque lo viera de esa manera.

Yukiko tembló en sus brazos y él la rodeó con los suyos. Los brazos musculosos de Toji apretaban el tierno cuerpo de su mujer contra el suyo. Él olía a sangre y ella a fresas y limón. Y se sentía igual como si fueran incompatibles.

—¿De verdad no estás herido? —preguntó levantando la vista hacia Toji. Él sólo asintió con la cabeza y volvió a oír el suspiro de alivio de Yukiko.

Se tomó un tiempo para calmarse, pero cuando lo hizo, Toji ansiaba ir a darse un baño y quitarse la ropa sucia. Se quitó el abrigo y entonces, Yukiko lo agarró de la mano con rapidez, haciendo que frunciera el ceño por el dolor.

—Dijiste que no estabas herido —le dijo preocupada con una mirada que decía “mentiroso” por todas partes ¡era justo lo que le faltaba a Toji!

—Es sólo un rasguño.

—Tienes la palma abierta de punta a punta ¿cómo va a ser un rasguño? —dijo alterada ella mientras lo llevaba a la mesa de la cocina y lo sentaba para curarlo. Toji se sintió mal por haber causado todo eso. Si tan sólo hubiese seguido sus planes tal y como lo había pensado antes, nada, pero nada hubiese escapado de su control.

Ella se tardó un rato suturando la herida de su mano y vendándolo. Hubo silencio por parte de los dos. Ella estaba nerviosa y él se sentía demasiado mal para hablar con Yukiko. Temía decir algo que arruinara todo una vez más.

Se levantó para ir a la ducha y antes de alejarse, sacó el sobre con dinero que dejó sobre la mesa, sus dedos manchados con sangre se veían sobre el papel que antes era blanco.

—Para la Navidad —dijo él.

—No importa la Navidad —respondió ella al borde de las lágrimas.

A Toji ya no le importaba nada ni el dinero ni sus errores. Había hecho llorar a su esposa ese día y todo era pura y exclusivamente por su culpa.

Y de eso, no se perdonaría jamás.

Capítulo 3
Reto: Escribir un fanfic situado en las fiestas de fin de año en la que todo le salga mal a B.

¡Hola, soñadores! ¿Cómo están? ¡Tengo la continuación! Este surgió de un desafío semanal del CLub de Lectura de Fanfiction en Facebook. La verdad es que me he divertido mucho escribiendo de Toji haciendo las cosas mal porque puede XD

El dibujo lo terminé hoy y le venía de anillo al dedo a este capítulo, así que quedo (?). Les cuento que me queda un sólo capítulo que es otra parte del reto que espero, subir en los próximos días.

¡Preparense para ver qué otra macana hace Toji!

¡Un abrazo!

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